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La generación que nunca desconecta tampoco duerme

La generación que nunca desconecta tampoco duerme

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfredo Rodríguez Muñoz, Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad Complutense de Madrid

Pressmaster/Shutterstock

Son las doce y media de la noche y un adolescente está tumbado en la cama. La luz de la habitación está apagada, pero el día todavía no ha terminado. El grupo de WhatsApp sigue activo. Llegan vídeos de TikTok, alguien comenta una foto en Instagram y otro propone una partida online. Técnicamente está solo en su habitación. Socialmente, sigue rodeado de gente.

Durante siglos acostarse significaba desaparecer unas horas del mundo. La noche imponía una desconexión natural. Los amigos dejaban de estar disponibles, las conversaciones terminaban y el descanso encontraba un espacio protegido. Hoy esa frontera ha desaparecido.

Cuando hablamos del deterioro del sueño adolescente solemos señalar a las pantallas y, especialmente, a la luz azul que emiten los dispositivos electrónicos. No es una preocupación infundada. Sabemos que la exposición nocturna a este tipo de luz puede alterar la producción de melatonina y dificultar el inicio del sueño.

Sin embargo, la luz azul es solo una parte de la historia. La estimulación cognitiva, la interacción social permanente y la dificultad para desconectar parecen desempeñar también un papel fundamental en la forma en que la tecnología está transformando el descanso de los adolescentes.

El problema no está solo en las pantallas

La gran transformación no es solo tecnológica, sino social. Por primera vez en la historia, los adolescentes pueden permanecer conectados a su grupo de iguales prácticamente las veinticuatro horas del día. La tecnología ha eliminado los límites temporales de la vida social. Antes existía una separación relativamente clara entre el día y la noche; hoy el grupo “entra en la cama”.

Lo hace con una intensidad difícil de ignorar. Un estudio reciente que monitorizó objetivamente el uso del smartphone en más de seiscientos adolescentes estadounidenses encontró que los jóvenes pasaban, de media, más de 50 minutos utilizando el teléfono entre las diez de la noche y las seis de la mañana durante los días lectivos. Más llamativo aún: el 52 % utilizaba el móvil entre medianoche y las cuatro de la madrugada, una franja horaria que debería estar dedicada casi exclusivamente al sueño.

La evidencia científica reciente sugiere precisamente que el principal problema no es el uso general del móvil, sino su utilización durante la noche. En un estudio con seguimiento diario de adolescentes estadounidenses, los días en los que los jóvenes utilizaban más de lo habitual el teléfono durante la noche, se asociaban con una peor calidad de sueño y con una hora de conciliación más tardía.

No estamos simplemente ante un problema de pantallas, sino de noches invadidas. La luz de las pantallas forma parte de esa transformación, pero también las notificaciones, los mensajes, las redes sociales y la sensación de que siempre ocurre algo de lo que no conviene perderse.

Miedo a perderse cosas

A ello se suma el miedo a quedarse fuera; la sensación de que, mientras uno duerme, los demás siguen participando en conversaciones, experiencias y acontecimientos importantes. Este fenómeno es conocido en la literatura científica como FOMO (del inglés fear of missing out, “temor a perderse algo”). Y resulta especialmente relevante en una etapa de la vida en la que pertenecer al grupo ocupa un lugar central.

Las investigaciones sugieren, además, que muchos adolescentes utilizan el móvil en la cama no solo para entretenerse, sino también para gestionar emociones, combatir el aburrimiento y mantener el contacto con los demás. Aquellos que presentan patrones de uso más emocionales o compulsivos suelen mostrar también peores indicadores de sueño y bienestar psicológico.

Las consecuencias van mucho más allá del cansancio. El sueño desempeña un papel fundamental en el aprendizaje, la memoria, la regulación emocional y la salud mental. Además de afectar al rendimiento académico, dormir poco incrementa la irritabilidad, dificulta la gestión emocional y aumenta el riesgo de ansiedad y otros problemas psicológicos.

La punta del iceberg de una situación que se normaliza

Lo preocupante es que esta situación se está normalizando. Cada vez resulta más habitual encontrar adolescentes que duermen menos de lo recomendable y consideran ese agotamiento como una parte inevitable de la vida cotidiana.

Pero los adolescentes son, en realidad, la punta del iceberg. Vivimos en una cultura que ha convertido la disponibilidad permanente en una norma. Contestamos correos por la noche, revisamos mensajes al despertar y llevamos el trabajo y las redes sociales en el bolsillo a todas horas. Los jóvenes, simplemente, representan la versión más visible de un problema que afecta al conjunto de la sociedad.

Por eso, quizá ,la pregunta ya no sea solo cómo reducir el tiempo de pantalla antes de dormir. La cuestión de fondo es cómo proteger espacios reales de desconexión en un mundo diseñado para captar nuestra atención de forma permanente. Tal vez el desafío no consista únicamente en aprender a convivir con la tecnología, sino en recuperar la capacidad de desaparecer durante unas horas del mundo.

En otras palabras, descolonizar la noche y devolver al descanso un espacio propio. Porque dormir no es desconectarse de la vida, sino una condición para vivirla mejor.

The Conversation

Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La generación que nunca desconecta tampoco duerme – https://theconversation.com/la-generacion-que-nunca-desconecta-tampoco-duerme-284131

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