Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Martínez-Corcuera, Lecturer in Communication Studies. Researcher on hate speech: racism, sexism, LGTBIphobia… in the news media, sports, advertising…, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy (PP) ha generado una intensa polémica al afirmar que la selección masculina de Francia juega “a un gran nivel”, pero “sin franceses”.
La respuesta del ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, fue inmediata: “Francia no tiene color de piel. Cualquier afirmación en sentido contrario es una estupidez, racismo o una combinación de ambas cosas”.
Este episodio se enmarca en relatos que acompañan el deporte internacional desde hace décadas. Reaparece cuando las selecciones nacionales reflejan la creciente diversidad de las sociedades contemporáneas.
El deporte del más alto nivel se utiliza para establecer fronteras simbólicas: ¿quién puede ser considerado verdaderamente francés, español, alemán o italiano?
Las selecciones y la comunidad imaginada
El profesor de ciencias sociales en la Loughborough University (Reino Unido) Michael Billig acuñó el concepto “nacionalismo banal”. La nación se construye mediante grandes discursos patrióticos, pero también con pequeños gestos simbólicos y rituales cotidianos, como el uso de banderas, el canto de himnos, ceremonias públicas o competiciones deportivas.
Por su parte, el experto en política internacional Benedict Anderson definía las naciones como comunidades imaginadas. Supone colectivos cuyos miembros se perciben como parte de una misma comunidad política pese a no conocerse personalmente.
Las selecciones nacionales son un escenario privilegiado de esa comunidad imaginada representada por sus mejores futbolistas. En consecuencia, cuando cambia la composición social de una selección, también cambian los debates sobre la propia nación.
Francia como escenario de la realidad diversa
La profesora de Estudios Europeos y de Sociología de la Universidad de Harvard Michèle Lamont desarrolló el concepto de fronteras simbólicas. Determinan quién es reconocido como “auténtico” miembro de la comunidad nacional y quién, con la misma ciudadania, permanece bajo sospecha. Y estas fronteras de la identidad nacional evolucionan.
La victoria en el Mundial de fútbol masculino de 1998 convirtió a la selección francesa en símbolo de una república diversa y plural, más allá del modelo blanco y de cultura cristiana. La expresión black-blanc-beur resumía la celebración de una Francia negra, blanca y de origen magrebí representada por Zidane, Thuram, Desailly o Karembeu.
También aparecieron voces discrepantes. Para el líder del xenófobo Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, no representaban a la auténtica Francia. Eran jugadores negros y de origen inmigrante. También criticó a Zidane por no cantar el himno nacional.
Racismo y clasismo
Para el lingüista, Teun A. van Dijk, las formas contemporáneas de exclusión rara vez utilizan un lenguaje biológico explícito. No afirman la superioridad racial, pero construyen diferencias culturales aparentemente legítimas.
No se considera inferior la alteridad, pero se cuestiona si representan realmente al país. Se afirma que no comparten sus valores, que no sienten el himno, que no respetan las tradiciones nacionales, se pone en cuestión la sinceridad de sus sentimientos hacia el país. Sencillamente, se piensa que no son verdaderamente franceses.
Las derrotas en la Eurocopa 2000 o el Mundial 2010 desplazaron estas fronteras simbólicas. Eran la demostración del fracaso de la integración social francesa. Los discursos transformaron a los internacionales franceses en “raperos, cabecillas de las banlieues –barriadas–” o jóvenes incapaces de compartir los valores republicanos. Esta perspectiva intersecciona el racismo y el clasismo. El origen familiar devino en rasgo principal de la identidad pública y afirmación de la no pertenencia.
Las declaraciones de Rajoy reproducen esta lógica. Al afirmar que Francia juega “sin franceses”, la condición jurídica de ciudadanía deja de ser suficiente. Definir quién puede ser francés o español supone una idea etnocéntrica y racista de la nación.
En este punto, cabe mencionar que esas palabras fueron interpretades por dirigentes del Partido Popular como una expresión “sarcástica” y “sin mala intención”. Debe apuntarse que son estrategias de negación o atenuación del racismo y pretenden cuestionar la legitimidad de interpretarlas como excluyentes y racistas.
El racismo en el deporte trasciende el caso francés. Brasil, en el Mundial 1950, responsabilizó del “maracanazo” a los futbolistas negros. Sin embargo, cuando Brasil ganó los Mundiales de 1958, 1962 y 1970, la diversidad multicultural se celebró como símbolo del éxito nacional.
Décadas después, el futbolista alemán de ascendencia turca Mesut Özil resumía esa misma experiencia: “Soy alemán cuando ganamos, pero inmigrante cuando perdemos”. En esta línea, la voleibolista italiana Paola Egonu confesó estar cansada de tener que justificar continuamente por qué era italiana. Nacida en Italia, representaba a la selección nacional y era una de las mejores jugadoras del mundo. Sin embargo, seguía siendo tratada por algunos sectores como una extranjera.
Reflejan un mismo patrón. La pertenencia nacional deja de ser incondicional y está constantemente sometida a examen.
¿Y “nuestros” deportistas?
Estos discursos sobre la selección francesa proyectan una interpretación excluyente de la nación. Aplicada de forma coherente, alcanza inevitablemente a la propia selección española.
Lamine Yamal, Nico Williams, Dean Huijsen, Aymeric Laporte o Robin Le Normand representan trayectorias familiares, culturales o religiosas diferentes.
Hemos escuchado gritos de “musulmán el que no bote” en un partido de la selección. En plazas públicas y redes sociales se escuchan también insultos contra Lamine Yamal cuando se anuncia la alineación de la selección. Numerosos mensajes afirman que “no representa” a España. La opinión de Rajoy incide en esta perspectiva.
Más que un debate futbolístico
Cada megaevento deportivo reactiva preguntas que trascienden el deporte. ¿Quién puede representar al país? ¿Quién es miembro legítimo del “nosotros”? La camiseta de una selección simboliza el rendimiento deportivo, pero también el reconocimiento de una pertenencia colectiva, de una identidad imaginada.
En este contexto, las palabras de Mariano Rajoy trascienden una puntual polémica política. No son ocurrencias aisladas. Suponen un nuevo episodio de una larga tradición de discursos que cuestionan la pertenencia nacional de ciudadanía racializada, especialmente cuando ocupan espacios de máxima visibilidad pública.
El problema nunca ha sido el deporte. Está en juego definir quién tiene derecho a ser reconocido como parte de la nación y quién decide quien puede pertenecer a ella.
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Raúl Martínez-Corcuera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. La polémica de Rajoy revela un viejo debate: ¿quién tiene derecho a representar a un país? – https://theconversation.com/la-polemica-de-rajoy-revela-un-viejo-debate-quien-tiene-derecho-a-representar-a-un-pais-287505
