Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Rojo Martínez, Profesor del Departamento de Ciencia Política, Universidad de Murcia
Con frecuencia escuchamos en nuestras conversaciones que “oír hablar de política me pone enfermo”. Más allá de esta frase hecha, ya hay investigaciones que apuntan a que el ambiente de crispación política pasa factura a la salud de las personas y a sus relaciones sociales.
Por ejemplo, una encuesta asoció la percepción de mayor polarización partidista con hasta un 57 % más de probabilidades de depresión y ansiedad, y un trabajo posterior del mismo grupo encontró que quienes perciben más polarización acumulan hasta dos días más de mala salud física y mental al mes.
Otro interesante hallazgo viene de la mano del equipo de la profesora de Psicología Brett Ford, de la Universidad de Toronto. Estos investigadores solicitaron a unos voluntarios que anotaran cada noche cómo les hacía sentir la política. En el 81 % de los días, solo pensar en un acontecimiento político bastaba para desencadenar fatiga, insatisfacción vital o síntomas depresivos.
Sobre la consolidación de la política como potencial estresor ya advirtió la American Psychological Association. Su informe de 2017 Stress in America: Coping with Change detectó un aumento de las conversaciones sobre política en las sesiones clínicas tras la primera victoria de Donald Trump. Algo más de la mitad de sus asociados indicaron que el clima político se había convertido en un disparador de ansiedad y malestar. Pero este malestar no se queda solo en la mente: algunos trabajos han documentado incluso consecuencias fisiológicas.
La mayor parte de estos hallazgos provienen de Estados Unidos; en España apenas hay pruebas que confirmen esta relación.
Para comenzar a explorarla pusimos en marcha el proyecto europeo POLEMO (Managing Political Emotions), financiado por la alianza de universidades EUniWell (Universidad Europea del Bienestar), en el que participaron 2 446 estudiantes de las universidades de Murcia y Santiago de Compostela.
Hostilidad y ansiedad para los universitarios
Les preguntamos a los participantes qué emociones sienten cuando leen noticias o escuchan hablar de política y con qué intensidad las experimentan, en una escala de 1 a 5. El resultado está claramente inclinado hacia lo negativo: más de tres de cada cuatro (77 %) dice sentir bastante o mucha (4-5) preocupación; dos de cada tres (67 %), vergüenza, y un 63 %, enfado. Más de la mitad (53 %) reconoce experimentar desprecio con esa misma intensidad y casi uno de cada dos (47 %), miedo. Las emociones positivas, en cambio, casi no aparecen: solo un 8 % dice sentir esperanza u orgullo con intensidad; un 7 %, entusiasmo, y un 5 %, tranquilidad.
El odio merece una mención aparte: un tercio de los estudiantes (34 %) afirma sentirlo con intensidad al pensar en política. Y este dato es especialmente relevante porque es la antesala de comportamientos intolerantes o de exclusión más preocupantes que los creados por el simple desacuerdo.
Estas siete emociones pueden agruparse en tres bloques diferenciados: uno de hostilidad (odio, enfado, desprecio, vergüenza), otro de ansiedad (miedo, preocupación, ansiedad) y uno positivo (orgullo, entusiasmo, esperanza, tranquilidad).
Con esta muestra exploratoria queda claro que para los estudiantes entrevistados la política es, sobre todo, una actividad que genera hostilidad y ansiedad. Este cóctel emocional puede resolverse de dos maneras, y ninguna es especialmente buena para la convivencia democrática. Por un lado está la desafección, dejar de participar y desengancharse de la política al ser fuente de vivencias negativas. Y por otro, la radicalización, culpar al rival del malestar que provoca la actualidad política e incrementar la hostilidad para tratar de derrotarlo y superar el estado emocional desagradable.
El impacto emocional de la derrota electoral
Una forma de calibrar cuánto puede llegar a pesar la política en el bienestar emocional de alguien pasa por plantearle un escenario concreto de máxima tensión: ¿qué pasaría si mañana mismo tu partido perdiera las elecciones con claridad y gobernara uno con ideas muy distintas a las tuyas? Formulamos esta pregunta a los estudiantes y los resultados nos sorprendieron. Más de la mitad (51 %) anticipa que esa derrota tendría un impacto alto en su bienestar emocional (7 o más sobre 10).
Esto sugiere que las elecciones, el momento político por excelencia, se viven cada vez más como escenarios de alta activación emocional. Eventos que la gente vive de forma visceral y personal, donde no solo están en juego unos escaños, también la felicidad de los simpatizantes de cada grupo.
Cuando la victoria de los nuestros se siente así de importante para el propio bienestar, cuando existe una fuerte percepción de amenaza para los propios intereses, el riesgo es que crezca la disposición a que nuestro grupo gane, cueste lo que cueste.
En definitiva, estos resultados nos animan a pensar que una política menos tóxica, es decir, una confrontación partidista más saludable y con menos dinámicas que no aportan nada, no solo será buena para las instituciones, sino también para el bienestar emocional de la ciudadanía.
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Los autores de este artículo reciben fondos de la alianza EUniWell para el desarrollo del proyecto de investigación POLEMO.
Alejandro Soler Contreras recibe fondos del Plan Propio de la Universidad de Murcia para el desarrollo de su Contrato Predoctoral FPU.
Los autores de este artículo reciben fondos de la alianza EUniWell para el desarrollo del proyecto de investigación POLEMO.
María Isabel López Palazón recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (Gobierno de España) a través de la Universidad de Murcia, en el marco del programa FPU, así como de la alianza EUniWell para el desarrollo del proyecto de investigación POLEMO.
– ref. La crispación política también enferma: así afecta al bienestar emocional de los jóvenes – https://theconversation.com/la-crispacion-politica-tambien-enferma-asi-afecta-al-bienestar-emocional-de-los-jovenes-285310

