Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sacramento Pinazo-Hernandis, Profesora titular de Psicología Social en Universidad de Valencia, Universitat de València
La soledad lleva con nosotros toda la vida, pero durante décadas pocos se molestaron en medirla. Afortunadamente eso está cambiando y, en un contexto de investigación emergente, la inteligencia artificial (IA) aparece como una herramienta prometedora, aunque limitada, para acompañar a quienes más solos están.
Hablar de epidemia de soledad induce a error porque sugiere que el problema es reciente, creciente y urgente en un sentido de emergencia. Ninguna de las tres cosas es cierta. Las tasas de soledad han sido estables en las últimas décadas. Lo que sí es nuevo es que ahora la investigamos con rigor.
En España, no fue hasta 2001 cuando se publicó uno de los primeros trabajos científicos serios sobre la soledad en personas mayores, un tema prácticamente invisible en la academia. En 2017 dirigí una tesis doctoral que puso el foco en las mujeres mayores que viven solas, un colectivo con décadas de invisibilidad estadística. También publicamos La soledad de las personas mayores, un volumen que diferencia con claridad los conceptos de vivir solo, estar aislado y sentirse en soledad, tres realidades distintas que en el debate público se confunden con demasiada frecuencia.
Poco a poco, el campo fue construyendo un cuerpo de conocimiento propio. Es desde ahí, y no desde el pánico, desde donde tiene sentido preguntarse qué puede aportar la IA.
Cuatro tecnologías y resultados diferentes.
Nuestra revisión sistemática, publicada este año, analizó cuatro tipos de tecnologías basadas en IA aplicadas a la soledad en personas mayores:
- Robots sociales: dispositivos físicos capaces de reconocer emociones, mantener conversaciones y simular una presencia humana.
- Asistentes de voz inteligentes: permiten interacciones a través de lenguaje natural desde casa.
- Sistemas de telepresencia: conectan en tiempo real a personas distantes mediante pantallas y cámaras con control remoto.
- Agentes conversacionales como chatbots: ofrecen interacción textual o vocal continua, disponible a cualquier hora.
Todas ellas son tecnologías distintas y también lo son sus resultados. Y son los robots sociales los que muestran resultados más consistentes.
Los estudios que reportaron reducciones significativas de la soledad coincidían en un factor clave: la necesidad de interacciones frecuentes, sostenidas y personalizadas. Los que no encontraron efectos eran, en su mayoría, intervenciones cortas, con bajo contacto o protocolos estandarizados aplicados por igual a personas con historias de vida y necesidades muy distintas.
La conclusión es clara: cuanto más se centra la intervención en la persona, más funciona. Cuanto más se estandariza, menos sirve.
Hay un patrón que se repite: las mejoras aparecen mientras dura el estudio y se desvanecen cuando termina. La baja frecuencia de uso diluye el efecto hasta hacerlo insignificante. La ausencia de personalización es uno de los factores que más debilita los resultados.
La falta de acceso amplía la soledad
Uno de los hallazgos más incómodos del estudio es que la tecnología llega menos a quienes más la necesitan. Quienes viven más aislados, en zonas rurales, con menor nivel educativo y sin red de apoyo cercana, son quienes encuentran más barreras para usar estas tecnologías. Estas no son solo individuales, sino psicosociales: incluyen la confianza en uno mismo, la autoeficacia percibida, la alfabetización digital y, sobre todo, la disponibilidad de alguien que acompañe el aprendizaje.
En zonas como Campoo-Los Valles, en Cantabria, donde hemos trabajado directamente con personas mayores en situación de soledad, la barrera a veces es más básica: ni llega el wifi. La conclusión es que diseñar soluciones tecnológicas sin resolver primero el problema del acceso no reduce la soledad, la amplía.
La pregunta es ética y no retórica
¿Queremos que una máquina nos acompañe o preferimos invertir en comunidad humana? La pregunta tiene implicaciones directas de política pública y gasto sanitario. La evidencia muestra beneficios reales, pero también límites que obligan a ser prudentes.
El riesgo no es la IA en sí sino utilizarla como excusa para no invertir en los vínculos que de verdad protegen: la presencia de otro ser humano que te ve, te escucha y al que le importas y te importa.
La IA puede ser un puente, pero no debería convertirse en el destino.
Lo que aún no sabemos.
La ciencia avanza, pero quedan lagunas importantes: escasos estudios europeos, poca investigación de calidad en España, ausencia de estudios a largo plazo y una brecha digital que convierte en invisibles a quienes más solos están.
La tecnología avanza más rápido que la evidencia, y por eso conviene ser precisos. La IA no cura la soledad. Puede, en el mejor de los casos, reducirla un poco para quienes no tienen otra alternativa. Eso no es poco, pero el objetivo debe ser que no sea la única opcion.
La soledad no ha llegado de repente. Lleva con nosotros toda la vida, aunque durante décadas nadie en España se molestara en medirla ni en estudiarla en serio. El problema es que no es una epidemia, sino un desafío antiguo y persistente que, por fin, estamos aprendiendo a investigar con rigor.
La urgencia es real, pero no exige respuestas de emergencia: exige respuestas sostenidas, centradas en las personas y construidas sobre evidencia.
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Sacramento Pinazo-Hernandis no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Soledad, IA y mayores: lo que la ciencia dice y lo que aún no sabe – https://theconversation.com/soledad-ia-y-mayores-lo-que-la-ciencia-dice-y-lo-que-aun-no-sabe-282301

