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Nuevo estudio con grandes simios: ¿es la risa el origen del lenguaje humano?

Nuevo estudio con grandes simios: ¿es la risa el origen del lenguaje humano?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miquel Llorente Espino, Psicología comparada y comportamiento animal, Universitat de Girona

Gorila riendo en el juego. W Calvin / Wikimedia Commons, CC BY-SA

Todos reconocemos ese sonido. El “ja, ja, ja” que se nos escapa con un chiste, con las cosquillas o cuando un bebé juega a esconderse tras las manos. Nos parece un gesto íntimamente humano, un código exclusivo de nuestra especie o nuestra cultura. Y, sin embargo, si nos topáramos en un bosque tropical con un grupo de crías de chimpancé o gorilas jugando, oiríamos algo inquietantemente familiar. La risa no es un invento humano.

Ratas, perros y delfines también

Incluso más allá de los primates, algo parecido a la risa asoma por medio reino animal, casi siempre con la misma intención: avisar de que lo que viene es juego, no pelea. Los etólogos lo llaman “metacomunicación”, que es una palabra aparatosa para una idea muy simple: comunicar sobre la propia comunicación, soltar un “tranquilo, que voy de broma”. Les ocurre hasta a las ratas, como descubrió el neurocientífico Jaak Panksepp: si se les hacen cosquillas, sueltan unos chisporroteos vocales a 50 kilohercios, tan agudos que nuestro oído ni los capta. Llamarlo “risa” quizá sea generoso, pero tiene exactamente la misma función: mantener el juego dentro de unos límites para que no acabe en mordisco.

Los perros tienen su propia versión, un jadeo entrecortado –el “jadeo de juego”– que hasta es usado para calmar a los animales en las protectoras. Y los delfines, mientras se persiguen jugando, emiten unos chasquidos a toda velocidad, un sonido que avisa de que la persecución no va en serio.

Golpes de voz acompasados

Pero para rastrear cómo un simple “voy de broma” pudo acabar moldeando algo tan nuestro como el habla, hay que mirar de cerca a nuestros primos evolutivos: los grandes simios. Y aquí no descubrimos nada nuevo. Ya el propio Darwin, observando a un chimpancé al que le hacían cosquillas, anotó que aquello se parecía sospechosamente a la risa humana. Chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes se ríen, y lo sabemos desde hace siglo y medio.

Un un estudio reciente publicado en Nature se ha planteado una pregunta distinta: en lugar de comprobar si los grandes simios se ríen, los autores se fijaron en cómo lo hacen. Es decir, en el ritmo de la risa y la cadencia del sonido: el tiempo exacto que tarda un “golpe de voz” en dar paso al siguiente. ¿El resultado? La risa de los grandes simios es “isócrona”: sus golpes caen a intervalos regulares, con un pulso constante. No es un jadeo caótico; tiene compás.

Aunque ojo, tampoco es que llevar el ritmo sea tan raro en la naturaleza. Hay muchos animales que emiten sonidos acompasados, y ese mismo pulso ya se conocía en los cantos de los lémures, los gibones o algunos monos. Por sí sola, la isocronía no distingue a los grandes simios de otros animales. Lo relevante de esta investigación es asumir que si orangutanes, gorilas, chimpancés, bonobos y nosotros nos reímos con el mismo compás, lo más probable es que ya lo hiciera el antepasado que todos compartimos, hace unos quince millones de años. Reíamos así mucho antes de ser humanos.

Fósiles sonoros

El sonido no deja fósiles. No hay forma de hacer arqueología de la risa de un antepasado que vivió hace millones de años, así que la única manera de asomarse a ese pasado es la etología comparada. Y ahí la risa se convierte en una especie de fósil sonoro: escuchándola en nuestros parientes evolutivos podemos inferir cómo aprendieron a controlar el aire y la voz nuestros ancestros, mucho antes de que existiera la primera palabra.

La citada investigación intenta descifrar cómo el contexto físico esculpe la fonación. En pleno juego de pelea y persecución, los sonidos que emiten los simios se fragmentan y se vuelven caóticos. Sin embargo, cuando el estímulo son las cosquillas, el ritmo se vuelve predecible. La razón es puramente mecánica: el ejercicio físico deforma la caja torácica y altera la respiración, mientras que las cosquillas, al recibirse en una postura pasiva, revela la estructura acústica pura del animal.

A partir de ahí, los autores proponen cuál pudo ser su historia evolutiva: generación tras generación, la risa de nuestros antepasados se fue haciendo más rápida y más flexible, hasta llegar a la nuestra. Y aquí está la pieza clave. Nosotros somos los únicos que cambiamos el ritmo de la risa a voluntad: no nos reímos igual ante un chiste que ante unas cosquillas. Los demás simios mantienen su compás pase lo que pase; nosotros lo estiramos, lo aceleramos, lo frenamos. Esa capacidad de gobernar el aire y afinar el sonido a nuestro antojo es justo la que hace falta para hablar.

¿La risa vino antes que el habla?

Los autores sitúan la risa y el lenguaje en una línea de continuidad casi directa, como si una fuera la madre del otro. Y es que el control vocal que desvela la risa es una pieza clave del puzle lingüístico, desde luego, pero es solo una pieza.

El lenguaje humano no es solo sonido articulado. Pensemos en cuánto comunicamos con las manos, con la postura o con la mirada. Buena parte de nuestras raíces comunicativas más profundas están firmemente ancladas en el gesto y el cuadro completo de la comunicación homínida es mucho más rico y polifónico.

Hoja de ruta para futuras investigaciones

Con todo, cualquier reconstrucción del pasado basada en unos pocos datos de unos pocos individuos requiere cierta cautela a la hora de generalizar los resultados. Estas limitaciones en los tamaños de las muestras, tristemente habitual en primatología, impiden trazar conclusiones categóricas que pretendan resumir quince millones de años de historia evolutiva.

En biología, factores como la mecánica respiratoria ligada al tamaño del cuerpo (alometría) o los cambios propios del crecimiento del individuo (ontogenia) pueden empañar los análisis e interactuar con las tendencias filogenéticas globales. Por eso, más que un mapa definitivo sobre la evolución de la voz (y del habla), este valioso estudio nos ofrece una sugerente y brillante hoja de ruta que futuras investigaciones deberán calibrar.

Eso sí, la próxima vez que sufra un ataque de risa incontrolable en mitad de una cena con amigos, recuerde que no está emitiendo un sonido cualquiera. Está haciendo sonar un instrumento biológico afinado nota a nota durante millones de años de historia evolutiva. El mismo instrumento que, con otra cadencia pero con la misma función social, hace vibrar el pecho de un gorila cuando le buscan las cosquillas. Al fin y al cabo, reímos en familia.

The Conversation

Miquel Llorente Espino no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Nuevo estudio con grandes simios: ¿es la risa el origen del lenguaje humano? – https://theconversation.com/nuevo-estudio-con-grandes-simios-es-la-risa-el-origen-del-lenguaje-humano-286980

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