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El negocio de devolverle vida a la tierra

El negocio de devolverle vida a la tierra

Source: United Nations – in Spanish 4
Headline: El negocio de devolverle vida a la tierra
En Senegal, Daniel Halman trabaja con una idea sencilla: si un agricultor logra producir más en menos espacio, puede liberar parte de su tierra para recuperarla.
Su empresa, Féro, combina invernaderos de alta productividad con sistemas agroforestales. Los cultivos que crecen dentro pueden venderse en un plazo relativamente corto, mientras parte de la finca se destina a árboles frutales y especies nativas. El modelo busca reducir la superficie necesaria para cultivar y hacer económicamente viable la recuperación del terreno.
Halman descubrió el potencial de la restauración cuando todavía era estudiante. Participó en un pequeño proyecto, vio lo que podía lograrse plantando árboles y devolviendo carbono al suelo, y decidió que quería llevarlo a una escala mayor.
“Puedes hacerlo como una ONG, pero yo específicamente elegí continuar como empresa”, explicó durante un evento en la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, en Ulan Batár, Mongolia.
“Si podemos hacer visible la demanda por una agricultura sostenible de una manera que los agricultores lo entiendan y lo apoyen, se puede escalar mucho más”.
El problema es que plantar árboles puede tardar años en generar un retorno económico, mientras una empresa necesita ingresos mucho antes. Por eso Féro combina la restauración con cultivos de invernadero que pueden cosecharse y venderse en plazos más cortos.
“En Senegal a la gente le encantan las cebollas, así que pensamos que era una excelente oportunidad”, contó Halman, explicando que no basta con identificar un problema ambiental: también hay que entender qué quiere comprar el mercado.
Tecnología para producir sin agotar el suelo
Ritkatmun Bwemana, cofundadora de Green Eden Farms, llegó a emprender desde su propia experiencia como pequeña agricultora en Nigeria. Conocía de primera mano la presión de producir cada vez más alimentos en suelos que ya no tenían la misma capacidad para responder.
Su empresa desarrolló ScareGrow, un sistema de agricultura de precisión que utiliza un dispositivo alimentado con energía solar instalado directamente en el campo. Los datos que recoge ayudan a los agricultores a tomar decisiones sobre el uso de agua e insumos y, según Bwemana, a evitar aplicar al suelo más de lo que necesita.

Green Eden Farms ScareGrow utiliza dispositivos alimentados con energía solar para recopilar datos que ayudan a los agricultores a tomar mejores decisiones sobre el uso del agua y los insumos agrícolas.

La tecnología, explica, solo tiene sentido si produce cambios concretos en la finca. Para Green Eden Farms, el éxito no se mide únicamente por cuántos agricultores utilizan sus dispositivos o cuántos equipos venden.
“Queremos saber si realmente están ahorrando agua, si están utilizando menos insumos, si están usando los recursos en el momento y el lugar adecuados”, explicó. “No se trata solo de vender; nos importa cuál es el resultado de lo que vendemos”.
Para Bwemana, ahí está también la clave para que la restauración pueda extenderse: tiene que ofrecer un beneficio concreto a quien vive de la tierra.
“Si vas donde un agricultor y le dices: ‘esto es restauración de tierras’, si no tiene sentido económicamente para él, no lo compra”.
De residuos agrícolas a una herramienta para recuperar la tierra
En Ecuador, Carlos Alfredo González Vargas encontró una oportunidad mirando dos problemas al mismo tiempo. Mientras veía tierras agrícolas perder productividad después de años de uso intensivo, en el sector forestal observaba grandes cantidades de residuos que terminaban quemados, abandonados o descomponiéndose en el campo.
Pacchar, la empresa que fundó en 2021, utiliza esos restos de madera, cultivos y otras biomasas para producir biochar, un tipo de carbón vegetal que después se incorpora nuevamente al terreno. Su estructura porosa ayuda al suelo a retener agua y nutrientes y puede reducir la necesidad de fertilizantes, mientras el carbono queda almacenado durante largos periodos.
El modelo puede empezar en la propia finca: los agricultores reúnen y preparan sus residuos, reciben equipos y capacitación para transformarlos en biochar y luego aplican el material nuevamente en sus cultivos. 

Pacchar El equipo de Pacchar muestra biochar recién producido. El biochar se produce calentando residuos orgánicos con poco o nada de oxígeno.

Pacchar trabaja actualmente con productores de cacao, banano, rosas, hortalizas y otros cultivos en varias provincias de Ecuador. Según cifras proporcionadas por la empresa, ya ha trabajado con más de 100 comunidades de agricultores y aplicado prácticas de recuperación de suelos en más de 500 hectáreas.
“Fue realmente doloroso ver lugares que antes eran productivos, tierras agrícolas y ecosistemas, convertirse en desiertos”, recordó González. “Sentía la urgencia de poner en marcha el negocio, porque recuperar la tierra es realmente urgente”.
Tras varios años de trabajo, asegura que sus pruebas han mostrado mejoras en los rendimientos y ahorros en agua y fertilizantes.
Pero llegar al mercado exigió algo más. Algunos agricultores desconfiaban porque era la misma empresa que vendía la solución la que presentaba las pruebas.
“Estás haciendo la investigación, pero también me estás vendiendo el producto. No te creo”, recuerda González que le dijeron.
Pacchar comenzó entonces a trabajar con universidades y centros de investigación independientes para comprobar los resultados en distintos suelos y cultivos. La experiencia le dejó una lección que ahora considera esencial para cualquier nueva tecnología agrícola.
“Las innovaciones tienen que ir de la mano de la investigación para que podamos construir credibilidad”, dijo.
Datos que ayudan a sembrar y también a conseguir financiación
La desconfianza también la vivió Mashrur H. Shurid en Bangladesh, donde el cambio climático está haciendo más impredecibles las lluvias y agravando problemas como las inundaciones, las sequías y la salinidad. Tuvo que convencer a agricultores y otros actores de que los sensores que vende podían medir con suficiente precisión las condiciones del suelo y servir realmente para tomar decisiones en el campo.
Aunkur, su empresa, combina dispositivos que analizan variables como el pH, los nutrientes y la conductividad del suelo con datos meteorológicos e inteligencia artificial. A partir de esa información genera recomendaciones específicas para cada finca. Según Shurid, el sistema apoya ya a más de 33.000 explotaciones agrícolas en Bangladesh y está comenzando a probarse en otros países.
Para el agricultor, una lectura técnica sirve de poco si no puede traducirse en una decisión concreta.
“Esta es la semilla que debes seleccionar, este es el fertilizante que debes aplicar y esta es la dosis”, explicó Shurid.

Aunkur En Bangladesh, el equipo de Aunkur presenta a los agricultores la tarjeta Sufola, diseñada para facilitar el acceso a datos sobre sus fincas, asesoramiento agrícola y servicios financieros.

Una vez que esos datos demuestran su utilidad en la finca, pueden abrir otras puertas. Aunkur los utiliza también para conectar a pequeños productores con compradores e instituciones financieras que muchas veces cuentan con poca información para evaluar su producción.
“Cuando vemos que los agricultores están obteniendo un valor tangible, tenemos que medirlo”, explicó Shurid. Esa evidencia, añadió, puede presentarse después a bancos e inversionistas.
Una economía alrededor de la restauración
Los cuatro emprendedores hacen parte de una iniciativa del Centro de Comercio Internacional y la Iniciativa Mundial sobre la Tierra del G20 de la Convención de la ONU contra la Desertificación que ayuda a jóvenes con negocios ambientales a desarrollar sus empresas y prepararlas para atraer inversión.
En su última edición, el programa Youth Ecopreneur (YECO) apoyó a 225 emprendedores de distintos países y 25 fueron seleccionados para una fase más avanzada, con apoyo en áreas como modelos de negocio y propiedad intelectual.
Detrás está una apuesta más amplia por desarrollar una economía de la restauración: que recuperar tierras no dependa únicamente de proyectos públicos o donaciones, sino que también pueda activar mercados y mejorar los medios de vida.
“Necesitamos las soluciones que están surgiendo de las comunidades y que también están activando mercados, para que el cambio y la restauración sean sostenibles”, explicó Fabiola Nava, de la Iniciativa Mundial sobre la Tierra del G20.

Pacchar Inspirado en parte en los antiguos suelos amazónicos conocidos como terra preta, el biochar puede mejorar la capacidad del suelo para retener agua y nutrientes.

Para algunos de los emprendedores, el programa ha permitido cubrir necesidades muy concretas. Shurid recibió asesoría sobre propiedad intelectual y apoyo jurídico que habría resultado costoso conseguir por su cuenta, mientras González destacó la preparación para acercarse a inversionistas y las conexiones con investigadores y posibles socios.
El reto ahora es llevar estas ideas más allá de los proyectos piloto y demostrar que pueden crecer en contextos muy distintos.
Para la iniciativa de Naciones Unidas, ahí está parte del futuro de la restauración: conseguir que gobiernos, inversionistas y mercados acompañen soluciones que ya están surgiendo desde las propias comunidades.
Si logran escalar, estas ideas podrían cambiar la forma en que se entiende la restauración: no como un gasto que hay que financiar una y otra vez, sino como una actividad económica capaz de sostenerse, crecer y devolverle valor a la tierra.
MIL OSI