Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Alcalá Verdugo, Doctorando en Oceanografía y Cambio Global, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC); Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Imagínese que vive en un edificio del que nunca puede salir. No puede siquiera ir al supermercado para buscar comida. Su única esperanza es que alguien llegue con el reparto del día.
En el océano, para muchos organismos marinos, esta situación no es una metáfora, sino una realidad. Los seres que componen el plancton viven inmersos en un mar de constante movimiento, donde los alimentos no siempre están disponibles y donde la circulación oceánica puede decidir cuándo llega el siguiente “pedido”.
Entre los grandes repartidores del océano, hay protagonistas poco conocidos, como son las ondas de Rossby. A diferencia de las olas, que son ondas que vemos fácilmente, estas son enormes perturbaciones del océano que desplazan energía lentamente hacia el oeste debido a la rotación de la Tierra. Son tan grandes que pueden extenderse cientos o miles de kilómetros, pero tan lentas que pueden tardar meses, incluso años, en recorrer una cuenca oceánica. Su movimiento, apenas perceptible desde la superficie, desplaza lentamente las masas de agua en sentido vertical, levantándolas y hundiéndolas.
Un océano con muchos barrios diferentes
Aunque desde la costa el mar parezca inmensamente uniforme, en realidad está formado por distintas masas de agua con propiedades muy diferentes. Algunas son ricas en nutrientes, otras contienen más o menos oxígeno. Hay masas de agua que han tenido contacto reciente con la atmósfera y otras que llevan siglos sin haber estado siquiera cerca de la superficie, con lo que han ido acumulando carbono y empobreciéndose en oxígeno.
Estas masas de agua no están distribuidas al azar, sino organizadas en una compleja estructura tridimensional en continuo movimiento.
Y no todos los organismos pueden vivir en cualquier profundidad. Cada especie está adaptada a unas condiciones concretas de presión, temperatura, luz y disponibilidad de oxígeno. El plancton ilustra muy bien esta dependencia del entorno, ya que su capacidad de desplazamiento es limitada en comparación con la fuerza de la dinámica oceánica.
Cuando llega el pedido
Las ondas de Rossby alteran la profundidad de la termoclina –capa dentro de un cuerpo de agua o aire donde la temperatura cambia rápidamente con la profundidad o altura– y de otras capas internas del océano. En algunas regiones, hacen ascender aguas profundas, ricas en nutrientes como nitratos y fosfatos, mientras que en otras provocan el efecto contrario. Puede parecer un cambio insignificante, pero para el fitoplancton supone una enorme diferencia.
Estos microorganismos necesitan luz para la fotosíntesis, pero también dependen de los nutrientes, que son abundantes en las aguas profundas. Cuando una onda de Rossby acerca esas aguas a la zona donde llega la luz, el fitoplancton encuentra las condiciones ideales para crecer. Y donde crece el fitoplancton aparece el resto de la cadena trófica. El zooplancton encuentra más alimento, los pequeños peces encuentran más zooplancton y los grandes peces encuentran más presas. Incluso las aves marinas y mamíferos pueden beneficiarse de un proceso físico que comenzó cientos de kilómetros atrás y varios meses antes.
Las ondas de Rossby no transportan peces ni plancton como si fuese una cinta transportadora, pero sí hacen posibles las condiciones necesarias para que la vida prospere.
Alberto Alcalá.
Un repartidor silencioso
Como es normal, la mayor parte del tiempo ignoramos que las ondas existen. No son nada espectaculares, ni generan tsunamis ni tormentas gigantes. De hecho, es muy difícil poder verlas: el método más común para estudiarlas es utilizar satélites capaces de detectar variaciones de apenas unos centímetros en la superficie libre del mar.
Para seguir la pista de estas ondas, los oceanógrafos recurren a un tipo de gráfico llamado diagrama de Hovmöller. En un eje se representa la longitud y en el otro el tiempo. Cada línea horizontal es, en realidad, una fotografía del océano en un instante concreto y, al apilarlas todas, se obtiene una película condensada en una sola imagen. Así se pueden ver las huellas de las ondas de Rossby viajando hacia el oeste.
Copernicus Marine Environment Monitoring Service (CMEMS)., CC BY
Cómo influye el aumento global de temperaturas
Además de transportar nutrientes de los que dependen innumerables ecosistemas marinos, estas ondas regulan la distribución de calor en los océanos y participan en la circulación oceánica a gran escala. Comprenderlas también es importante en un contexto de cambio climático.
En este escenario, a medida que los océanos se calientan y se estratifican, la forma en que estos grandes movimientos redistribuyen calor y nutrientes puede cambiar, con consecuencias aún difíciles de predecir para la productividad marina y para las especies que dependen de ella.
Las ondas de Rossby seguirán recorriendo las cuencas oceánicas como lo han hecho siempre, pero el océano que atraviesan no será el mismo. Con una estratificación más marcada y una termoclina más somera, el mismo desplazamiento vertical puede tener efectos muy distintos sobre el aporte de nutrientes. Por eso resulta necesario seguir estudiándolas en profundidad.
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Alberto Alcalá Verdugo está contratado por el Centro Oceanográfico de Canarias (COC) IEO-CSIC y está adscrito al programa de Doctorado en Oceanografía y Cambio Global (DOYCAG) perteneciente a la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).
María Dolores Pérez Hernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Ondas de Rossby, el ‘Uber Eats’ del océano – https://theconversation.com/ondas-de-rossby-el-uber-eats-del-oceano-287731
