Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mariana F. Fernández, Catedrática de Universidad. Facultad de Medicina, Universidad Granada. Investigadora del CIBERESP y del ibs.GRANADA, Universidad de Granada

Cada vez más niñas comienzan a desarrollar sus mamas antes que las generaciones anteriores. No se trata de una impresión aislada de pediatras o endocrinólogos, sino de una tendencia observada en numerosos países durante las últimas décadas. Los estudios epidemiológicos indican que la edad de inicio de la pubertad femenina se ha adelantado progresivamente, un fenómeno que nos invita a preguntarnos en qué medida está influyendo nuestro entorno cotidiano en este cambio.
La pubertad constituye uno de los procesos biológicos más sofisticados del desarrollo humano y depende de una delicada interacción entre genes, hormonas, dieta y factores ambientales. Sabemos que las características genéticas desempeñan un papel importante y que la obesidad infantil puede adelantar su aparición. Sin embargo, estos factores no explican por completo por qué el calendario puberal se ha acelerado en las últimas décadas.
Entre las hipótesis que han despertado más interés, figura la influencia de la exposición a disruptores endocrinos, un amplio grupo de sustancias químicas presentes en el ambiente y en productos que utilizamos todos los días (como envases alimentarios, textiles, juguetes, o cosméticos y productos de cuidado personal, capaces de interferir con el funcionamiento normal del sistema hormonal.
Una exposición mucho más cotidiana de lo que parece
Perfumes, champús, geles de baño, protectores solares, cremas hidratantes, desodorantes o esmaltes de uñas forman parte de la rutina diaria de millones de personas. Algunos de estos productos contienen disruptores endocrinos como ftalatos, parabenos, benzofenonas, bisfenoles o fragancias sintéticas, que muestran actividad hormonal en estudios experimentales.
Esto significa que dichas sustancias químicas pueden comportarse como hormonas o interferir con ellas, alterando los delicados mecanismos que regulan procesos biológicos esenciales. Tanto en modelos animales como estudios de laboratorio se observa, por ejemplo, que pueden modificar la comunicación entre el cerebro y las gónadas, lo que afectaría a los mecanismos implicados en el inicio de la pubertad.
Los estudios de biomonitorización muestran que muchos de estos compuestos están presentes en las muestras biológicas humanas, desde la orina a la sangre o la placenta. La concentración suele ser mayor en personas que utilizan con más frecuencia determinados productos cosméticos. En este sentido, en una investigación reciente en la Universidad de Granada, comprobamos que las niñas que utilizan habitualmente productos de cuidado personal (skincare), cada vez a edades más tempranas, tienen niveles urinarios más elevados de algunos bisfenoles y parabenos. Algo que vienen a corroborar análisis epidemiológicos previos como el estudio Hermosa, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Berkeley (EE. UU.).
¿Es esa exposición suficiente para modificar el desarrollo puberal?
Los estudios realizados en la población infantil ofrecen resultados heterogéneos. Algunos observan asociaciones positivas entre determinados disruptores endocrinos y un inicio más temprano del desarrollo mamario, aunque otros no muestran esa relación. Las diferencias en el diseño de los estudios, la forma de medir la exposición o el tiempo de seguimiento dificultan establecer una conclusión definitiva.
Sin embargo, cuando se analizan conjuntamente los trabajos de mayor calidad metodológica, comienza a dibujarse una tendencia. Las asociaciones más consistentes aparecen con algunos ftalatos, especialmente cuando la exposición tiene lugar durante etapas tempranas de la vida, como el embarazo y la lactancia. Los resultados son menos homogéneos para otros compuestos, como bisfenoles o parabenos.
¿Y si el problema no fueran compuestos individuales?
Durante mucho tiempo, los estudios se han centrado en analizar por separado el efecto de una sustancia química (o de unas pocas): un ftalato, un parabeno o un bisfenol. Sin embargo, esa aproximación no refleja la situación real de exposición de la población. Nadie está expuesto a un único compuesto.
Nuestra vida cotidiana está marcada por exposiciones a mezclas complejas de disruptores endocrinos. Cada mañana, aplicamos sobre nuestra piel cremas, desodorante, perfume, maquillaje, protector solar, etc; además de ingerir alimentos envasados y convivir con numerosos contaminantes presentes en textiles, juguetes, polvo doméstico o productos de limpieza.
Vivimos expuestos a un auténtico cóctel químico. Por eso, estudiar cada compuesto de manera independiente no permite comprender los efectos combinados de las exposiciones ambientales sobre el desarrollo humano. Es necesario investigar si el riesgo podría depender de la suma de muchas exposiciones pequeñas. Los estudios de biomonitorización apoyan esta hipótesis, ya que habitualmente encontramos varios compuestos en las muestras biológicas analizadas.
Este concepto, conocido como exposición acumulativa o efecto mezcla, representa uno de los mayores desafíos de la toxicología moderna. Sustancias presentes en concentraciones muy bajas podrían no producir ningún efecto por separado, pero actuar de forma aditiva –o, incluso, potenciarse–. Además, la exposición no solo depende de la cantidad, sino también del momento. El sistema endocrino es especialmente vulnerable durante determinadas etapas de la vida: embarazo, lactancia y niñez constituyen auténticas “ventanas de oportunidad” para el desarrollo, donde pequeñas alteraciones hormonales pueden tener consecuencias más importantes que durante la edad adulta.
¿Conviene evitar los cosméticos en la infancia?
Aunque la evidencia científica no muestra de manera concluyente que el uso de cosméticos cause pubertad precoz, la ausencia de certeza tampoco implica que el problema pueda descartarse. En salud pública, existe un criterio ampliamente aceptado para situaciones como esta: el principio de precaución, que consiste en adoptar medidas sencillas para reducir una exposición potencialmente evitable, cuando existen indicios científicos de riesgo, aunque subsistan con incertidumbres.
Aplicar cautela, en este caso, significa evitar el uso innecesario de cosméticos y perfumes en población infantil, no introducir rutinas cosméticas a edades tempranas y, cuando sea posible, optar por productos con formulaciones sencillas y sin ingredientes potencialmente disruptores endocrinos.
Estas recomendaciones coinciden con las propuestas de las sociedades científicas de pediatría y endocrinología, que insisten en reducir la exposición global durante, al menos, la gestación, la lactancia y la infancia, etapas especialmente sensibles para el desarrollo humano.
Un cambio de perspectiva
El estudio de las causas ambientales de la pubertad precoz ilustra cómo evoluciona la ciencia. Hemos pasado de investigar si un determinado compuesto químico podía adelantar el desarrollo puberal a un objetivo más ambicioso: investigar cómo interactúan cientos de sustancias ambientales con nuestro sistema hormonal a lo largo de toda la vida.
Lograr este objetivo exige estudios de gran tamaño, capaces de seguir a niños y niñas desde el embarazo hasta la adolescencia, medir de forma repetida las exposiciones químicas y analizar conjuntamente factores como la alimentación, la obesidad, la genética y el entorno social. Solo así podremos distinguir qué parte del adelanto puberal corresponde a los cambios en nuestro estilo de vida y cuál debe atribuirse a las sustancias presentes en el ambiente.
Aunque no existen razones para demonizar los cosméticos, tampoco conviene ignorar las señales que las investigaciones ya revelan. Comprender el efecto combinado de pequeñas exposiciones que acompañan nuestra vida cotidiana desde antes de nacer constituye uno de los grandes retos de la medicina ambiental y de la endocrinología del siglo XXI. Hasta que dispongamos de respuestas más definitivas, reducir el contacto con disruptores endocrinos durante las etapas más vulnerables parece la decisión más acertada.
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Mariana F. Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Cremas, perfumes, maquillaje y ‘skincare’ pueden esconder un daño para niñas y adolescentes – https://theconversation.com/cremas-perfumes-maquillaje-y-skincare-pueden-esconder-un-dano-para-ninas-y-adolescentes-289856
