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Dormir para no olvidar

Dormir para no olvidar

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Inés Moreno González, Profesora Titular UMA, CIBERNED, IBIMA, Universidad de Málaga

SVStocker/Shutterstock

Desde tiempos inmemoriales, el sueño se ha considerado uno de los grandes pilares de la salud. Ya en el año 1607, William Vaughan lo describía como una cura para fortalecer el espíritu y aliviar la tristeza. En paralelo, la humanidad siempre ha buscado en este fenómeno un significado más allá de la pura fisiología, como vemos en El sueño, de Pablo Picasso, y en otras obras de arte. Pero ¿conocemos realmente los mecanismos del sueño y qué relación guarda con la memoria y el olvido?

¿Por qué dormimos?

Pese a los numerosos avances científicos, hoy en día no podemos afirmar con certeza cuál es el verdadero motivo por el que surgió el sueño a lo largo de la evolución. No obstante, considerando que el acto de dormir consume cerca de un tercio de nuestra vida, resulta lógico pensar que desempeña funciones clave, entre las que destacan la consolidación de la memoria y la limpieza metabólica del cerebro.

El sueño se divide en dos fases principales: el sueño sin movimientos oculares rápidos y el sueño de movimientos oculares rápidos (REM, del inglés Rapid Eye Movement). El primero de ellos transcurre durante la primera mitad de la noche y se divide en tres subetapas: N1, N2 y, el más profundo, el sueño N3 o sueño de ondas lentas (SWS, del inglés Slow Wave Sleep). Por su parte, el sueño REM predomina en la segunda mitad de la noche.

La memoria se fija mientras dormimos

El cerebro no se detiene durante la noche. Precisamente mientras dormimos es cuando tiene lugar una de sus principales funciones: la consolidación de la memoria. Durante el sueño, el cerebro activa un complejo circuito que permite fijar recuerdos recientes y predispone a determinadas neuronas a estar preparadas para aprender cosas nuevas. Esto sucede, sobre todo, durante el sueño SWS.

Limpieza nocturna

Durante el día, nuestro cerebro, un órgano que tan solo ocupa un 2 % de la masa corporal, consume cerca del 20 % de la energía diaria total. Este intenso ritmo metabólico genera una gran cantidad de residuos que deben ser eliminados, una función de la que se ocupa el sistema glinfático. El líquido intersticial que fluye a través de él arrastra los desechos de las neuronas hacia los vasos sanguíneos. Este proceso, al igual que la consolidación de la memoria, se produce fundamentalmente durante el sueño SWS.

Dormir para no olvidar

La privación del sueño cuadriplica el riesgo de padecer la enfermedad de Alzheimer, el tipo de demencia más frecuente del mundo. De hecho, se estima que cerca del 50 % de los pacientes con esta patología sufren problemas para dormir o tienen modificaciones de su patrón de sueño .

Esta relación se debe, en gran medida, al deterioro de las funciones realizadas durante el sueño. Por un lado, un área clave para la consolidación de la memoria es el hipocampo, que es, precisamente, una de las primeras regiones afectadas por el alzhéimer. Si a esto se le suma que con las enfermedades neurodegenerativas disminuye la calidad del sueño (sueño fragmentado o con menos de 6 horas de duración), el fallo en el procesamiento de los recuerdos se acentúa, lo que acelera el deterioro cognitivo.

Por otro lado, la proteína tau y el péptido β-amiloide, implicados directamente en la patología del alzhéimer, se comportan como desechos metabólicos. Si no se eliminan de nuestro cerebro cada noche de forma correcta a través del sistema glinfático, se acumulan y resultan tóxicos para el cerebro, contribuyendo así al desarrollo de la enfermedad.

¿Podemos modificar nuestro sueño?

En la actualidad disponemos de múltiples terapias, tanto farmacológicas como no farmacológicas.

En el ámbito farmacológico, los somníferos más tradicionales son las benzodiacepinas. Sin embargo, su uso altera y empobrece las fases profundas del descanso, por lo que comprometen los procesos de plasticidad sináptica y la consolidación de la memoria. Su consumo continuado está asociado al deterioro cognitivo y al desarrollo de demencia. Por otra parte, destaca el papel de la melatonina, la hormona que regula fisiológicamente nuestro reloj biológico, ya que su producción durante las primeras horas de oscuridad induce el sueño.

A nivel terapéutico, el uso de melatonina de liberación prolongada ha demostrado una notable mejoría en la calidad del sueño. Además, la melatonina está ligada a efectos antioxidantes y antiinflamatorios.

Finalmente, destacan también los antagonistas duales de los receptores de orexina, fármacos de reciente generación que actúan bloqueando a la orexina, un neuropéptido encargado de promover la vigilia y mantenernos despiertos y alerta durante el día.

En el ámbito no farmacológico, la terapia cognitivo-conductual para el insomnio permite un abordaje médico de primera línea que reeduca los hábitos de sueño con eficacia. Estudios recientes en pacientes de alzhéimer indican que las pautas de sueño dirigidas a aumentar la actividad del SWS reduciría los niveles de β-amiloide en sangre y mejoraría la consolidación de la memoria durante la noche.

Más allá de las herramientas clínicas, a día de hoy seguimos desentrañando cómo funciona exactamente un proceso como el sueño al que le dedicamos un tercio de nuestra vida. Lo único indiscutible es que reclama tiempo. Y solo durmiendo las horas suficientes lograremos proteger nuestra capacidad de recordar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Dormir para no olvidar – https://theconversation.com/dormir-para-no-olvidar-292826

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