Source: The Conversation – (in Spanish) – By Christian Domínguez Expósito, Profesor Ayudante Doctor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Universidad de Alicante
Los satélites se han convertido en una infraestructura invisible, pero indispensable para el mundo tal y como lo conocemos. Los sistemas de navegación por satélite, los mismos que ubican nuestro coche o nuestro móvil en un mapa, sincronizan también las redes eléctricas, las transacciones bancarias y buena parte de las telecomunicaciones mundiales.
Los satélites meteorológicos permiten anticipar huracanes y olas de calor. Los de observación de la Tierra vigilan cultivos, incendios o el deshielo de los polos.
Otros sostienen las comunicaciones de emergencia cuando un terremoto o una inundación destruyen las infraestructuras terrestres o permiten a los servicios de seguridad coordinar operaciones y vigilar fronteras.
En definitiva, prácticamente todas las infraestructuras que consideramos críticas –energía, transporte, sanidad, sistema financiero, seguridad– dependen hoy, en mayor o menor medida, de los servicios que prestan los satélites.
Sin embargo, mucho ha cambiado el mundo desde 1957, cuando la URSS inauguró la era espacial con el lanzamiento del Sputnik 1. Durante casi seis décadas, el espacio fue un lugar relativamente ordenado, pues poner un satélite en órbita exigía tantos recursos que solo unos cuantos Estados podían hacerlo.
Hoy, sin embargo, las órbitas terrestres, sobre todo la más baja, acumulan satélites a un ritmo sin precedentes.
Buena parte de ese crecimiento se explica por un fenómeno relativamente nuevo: desde 2015, los reguladores nacionales empezaron a autorizar lo que se conoce como “grandes constelaciones” y “megaconstelaciones”: grupos de decenas, cientos o miles de satélites lanzados de forma coordinada.
El caso más conocido es Starlink, de la empresa estadounidense SpaceX, que con más de 9 000 satélites operativos en órbita, brinda servicios de internet satelital.
La dimensión que puede llegar a alcanzar este fenómeno queda reflejada en la solicitud presentada por SpaceX ante la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), el regulador de telecomunicaciones de Estados Unidos, para sumar hasta 100 000 satélites más a su red Starlink. Si bien la solicitud ha sido recientemente aceptada para su trámite, no es una autorización, y la propia agencia podría aprobar solo una parte, o ninguna. Pero la magnitud de la petición resume bien un problema que lleva años gestándose.
A este se suman proyectos de la británica OneWeb, de China, de Rusia y de la propia Unión Europea. Si se atiende a todas las solicitudes ya presentadas a nivel internacional, el número de satélites en órbita podría llegar a superar el millón.
Permisividad del marco jurídico
El derecho espacial se apoya principalmente en el Tratado del Espacio de 1967. Este garantiza a todos los Estados la libertad para explorar y utilizar el espacio ultraterrestre (artículo I) y deja en manos de cada Estado la autorización y fiscalización de las actividades espaciales, incluidas las de sus empresas (artículo VI).
Dicho instrumento incluye disposiciones que teóricamente podrían servir para limitar la saturación orbital, aunque en la práctica han resultado insuficientes dada su marcada indeterminación. Destaca especialmente el artículo IX, que exige a los Estados realizar sus actividades espaciales teniendo debidamente en cuenta los intereses correspondientes de los demás Estados Partes en el Tratado.
Por su parte, la Unión Internacional de Telecomunicaciones es la organización internacional encargada de coordinar el uso de las órbitas, las cuales califica en el artículo 44.2 de su Constitución como recursos naturales limitados, que deben utilizarse de forma racional, eficaz y económica.
Sin embargo, su labor es de mera coordinación, centrada principalmente en evitar interferencias perjudiciales, sin facultades para valorar cuántos satélites puede o debe soportar cada órbita.
Al mismo tiempo, aunque todas las órbitas son consideradas recursos limitados, no todas reciben el mismo tratamiento. La órbita geoestacionaria, especialmente escasa, cuenta con mecanismos de planificación destinados a garantizar que los distintos Estados puedan acceder a ella, independientemente de sus capacidades actuales.
El resto, precisamente aquellas en las que se concentra buena parte del crecimiento actual de la actividad espacial y hacia las que se dirigen las megaconstelaciones, no disponen de un sistema equivalente de reparto o reserva de capacidad, y se encuentran regidas por un simple “primero en llegar, primero en ser atendido”.

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Los desafíos para la seguridad internacional
El aumento de objetos en órbita ya comienza a plantear graves desafíos para la seguridad internacional. El primero es el aumento del brillo del cielo nocturno. Se estima que con 65 000 satélites en órbita, el brillo del cielo en las zonas más oscuras del planeta podría aumentar un 10 %.
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Esta alteración de las condiciones de observación astronómica no constituye únicamente un problema para la investigación científica, sino que también puede afectar a la capacidad de detectar y monitorizar objetos próximos a la Tierra potencialmente peligrosos.
El riesgo no es menor, como nos recuerda el conocido evento de Tunguska, ocurrido en 1908, cuando un cuerpo celeste de unos 100 metros de diámetro explotó sobre Siberia y arrasó 2 150 km² de bosque.
El segundo es la basura espacial. Según el último informe de la Agencia Espacial Europea (ESA) sobre el estado del entorno espacial, a 1 de febrero de 2026 existían 68 450 objetos mayores a 10 cm, de los que solo unos 11 300 son satélites activos, además de 1,5 millones de fragmentos de entre 1 y 10 cm y 230 millones de partículas más pequeñas.
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Ante esta situación, se advierte el peligro de sufrir colisiones en cascada –el denominado síndrome de Kessler–, que podría provocar que ciertas órbitas clave se vuelvan demasiado peligrosas para desarrollar actividades espaciales en el futuro.
A su vez, esta situación pone en riesgo la propia integridad de los satélites que, como mencionamos, prestan servicios esenciales para nuestro día a día.
También comienza a contemplarse el riesgo para la población en tierra. Los cálculos más recientes de los expertos indican que existe un 10 % de probabilidad de que los restos de objetos espaciales que reingresan a la Tierra causen heridas graves o incluso la muerte de una persona en los próximos diez años, sin contemplar otros escenarios, como la colisión de un fragmento con un avión en vuelo, que incrementaría dicho porcentaje.
El tercero es menos conocido. Al entrar en la atmósfera para desintegrarse, la solución que suele exigirse a los operadores de satélites al final de la vida útil, estos liberan aluminio, cobre y litio. Cuantos más satélites hay en órbita, más metal acaba en la atmósfera. La contaminación por óxido de aluminio ya se ha multiplicado por ocho entre 2016 y 2022, con posibles riesgos para la capa de ozono.
Algunos estudios, aún debatidos en la comunidad científica, sugieren que estas partículas podrían alterar incluso la ionosfera y la magnetosfera.
Qué debería cambiar
Nada de esto significa que haya que renunciar al uso del espacio. De hecho, el espacio ultraterrestre es vital para nuestra vida cotidiana y se ha consolidado como la infraestructura de las infraestructuras.
En cambio, es necesario explorar alternativas más sostenibles para ofrecer los mismos servicios, sobre todo ante el fenómeno de las megaconstelaciones de satélites. Esto exige avanzar hacia una verdadera gobernanza internacional de las órbitas terrestres, basada en rigurosas evaluaciones de impacto ambiental antes de nuevos lanzamientos y en una mayor coordinación entre los Estados.
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Es necesario que estos avancen hacia una agenda común que permita afrontar conjuntamente las consecuencias derivadas del uso cada vez mayor de las órbitas y adoptar medidas para mitigar sus efectos.
El objetivo no debería ser impedir el acceso al espacio, sino asegurar que su utilización pueda mantenerse en el tiempo sin comprometer la seguridad de las actividades espaciales ni las infraestructuras terrestres que dependen de ellas, garantizando que esta nueva era espacial sirva al progreso de la humanidad y no se convierta en una fuente de riesgos y amenazas para la paz y la seguridad internacionales.
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El artículo forma parte de las actividades desarrolladas en el marco del Proyecto de Investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades sobre «Las empresas transnacionales y la debida diligencia en materia de derechos humanos y medio ambiente: la normativa de la Unión Europea y su cumplimiento por España» (PID2023-149643NB-I00).
– ref. Atasco en órbita: por qué es necesario regular las megaconstelaciones de satélites – https://theconversation.com/atasco-en-orbita-por-que-es-necesario-regular-las-megaconstelaciones-de-satelites-292546

