Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandro Martínez, Personal de investigación en el grupo Neuro-colab, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Imagine que se coloca un casco con pequeños sensores, ve una película y, al terminar, alguien “adivina” cuánto miedo, alegría o sorpresa ha sentido. Puede parecer ciencia ficción, pero la neurociencia lleva años investigando hasta qué punto podemos estudiar nuestras respuestas emocionales a través de la actividad cerebral.
Una de las técnicas utilizadas para ello es la electroencefalografía (EEG). Mediante sensores colocados sobre la cabeza, permite observar cómo la actividad eléctrica del cerebro cambia ante distintas situaciones. Pero hay una diferencia importante: registrar la actividad cerebral no significa saber exactamente qué siente una persona.
El cerebro no deja de cambiar cuando sentimos
Las emociones influyen en cómo interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor, a qué prestamos atención y cómo reaccionamos ante distintas situaciones. Sin embargo, no existe una señal cerebral única que permita identificar con certeza cada emoción.
Cuando sentimos miedo, alegría o sorpresa, intervienen distintos procesos cerebrales y respuestas del cuerpo. Además, no todos reaccionamos igual ante una misma situación: nuestras experiencias y el contexto particular también influyen.
Pensemos en una película de terror: una escena puede asustar a una persona y hacer reír a otra. Incluso, alguien que siente miedo puede disfrutar de la tensión. Las emociones son complejas y no siempre encajan en categorías bien definidas.
Por eso, estudiarlas requiere algo más que buscar una señal cerebral para cada sentimiento.
¿Qué mide realmente un electroencefalograma?
Un EEG es, en cierto modo, parecido a un pulsómetro: ambos permiten registrar señales del cuerpo sin necesidad de una intervención invasiva. La diferencia es que, mientras el pulsómetro mide el ritmo cardíaco, el EEG registra la actividad eléctrica del cerebro mediante pequeños sensores colocados sobre la cabeza.
Una de sus ventajas es que permite detectar cambios en la actividad cerebral en cuestión de milisegundos. Esto nos ayuda a estudiar cómo responde el cerebro cuando vemos una imagen, escuchamos un sonido o realizamos una tarea.
Tradicionalmente, estos registros se han realizado en entornos controlados, como laboratorios de investigación y contextos clínicos. Hoy, los dispositivos EEG portátiles permiten estudiar la actividad cerebral en situaciones más cercanas a la vida cotidiana. Por ejemplo, podemos investigar cómo respondemos a estímulos audiovisuales, cómo mantenemos la atención en un aula o cómo se relacionan las características de un espacio arquitectónico con nuestra actividad cerebral.
Pero conviene recordar algo: el EEG no registra emociones directamente, sino actividad eléctrica cerebral que los investigadores deben interpretar.
Además, no todas las señales que recoge proceden de la actividad cerebral que queremos estudiar. Los movimientos oculares, los parpadeos, la tensión muscular o un mal contacto de los sensores pueden alterar los registros. Por eso, antes de extraer conclusiones, es necesario comprobar la calidad de las señales y analizarlas cuidadosamente.
¿Podemos reconocer una emoción a partir de esas señales?
En los experimentos, los investigadores pueden mostrar imágenes, sonidos o vídeos y después analizar las señales cerebrales. Para interpretarlas, suelen compararlas con otras medidas, como las respuestas de los participantes cuando se les pregunta cómo se han sentido.
En este escenario, algunos estudios han obtenido resultados prometedores. Sin embargo, la precisión depende del diseño del estudio, del análisis de las señales y de las características de las personas participantes.
Así, una revisión publicada en 2024 en la revista Frontiers in Psychology señala las dificultades para generalizar los resultados entre distintos dispositivos y conjuntos de datos. También cuestiona hasta qué punto los resultados obtenidos en condiciones controladas representan las experiencias emocionales de la vida cotidiana. Es decir, distinguir entre dos condiciones en un experimento no significa que un sistema pueda identificar con fiabilidad las emociones de cualquier persona y en cualquier situación.
Cada cerebro tiene su propia historia
La actividad cerebral puede variar de una persona a otra e incluso en una misma persona según el momento en que se realiza el registro. Por eso, un sistema que funciona bien con los datos de una persona puede ser menos preciso con otra. Del mismo modo, lo que ocurre durante una tarea breve en un laboratorio no tiene por qué reflejar lo que sentimos en una situación real y compleja.
También importa cómo sabemos qué emoción está experimentando una persona. ¿Pueden decidir los investigadores que es “alegría” porque el participante ha visto un vídeo que se considera alegre? ¿Porque él mismo dice haberse sentido alegre? ¿O porque se han registrado determinados cambios en su cuerpo?
Estas medidas no son equivalentes. Un vídeo diseñado para provocar alegría no garantiza que todo el mundo sienta esa emoción. De igual manera, una respuesta fisiológica por sí sola tampoco permite saber con certeza qué está sintiendo alguien.
Por lo tanto, estudiar las emociones requiere combinar distintas fuentes de información, tener en cuenta la experiencia de los participantes y reconocer las limitaciones de cada medida.
Del laboratorio a la vida cotidiana
Los dispositivos portátiles permiten investigar cómo respondemos a nuestro entorno, cómo cambia nuestra atención durante una tarea o qué diferencias aparecen ante distintas condiciones ambientales. Por ejemplo, podemos estudiar si la iluminación de un espacio se relaciona con cambios en la actividad cerebral mientras una persona realiza una tarea. Pero atribuir esos cambios a una emoción concreta requiere más evidencias: una variación en el EEG puede estar relacionada con distintos procesos y no tiene una interpretación única.
Esta distinción es importante cuando se utilizan tecnologías neurofisiológicas para estudiar entornos educativos, espacios de trabajo o establecimientos comerciales. Las mediciones pueden aportar información valiosa, pero no son una ventana directa e infalible a los sentimientos de las personas.
Y también debemos tener en cuenta la privacidad y el consentimiento. Es importante explicar con qué finalidad se recogen los datos, qué conclusiones pueden extraerse y cuáles son las limitaciones de estas técnicas.
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Alejandro Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Hasta qué punto puede un electroencefalograma ‘adivinar’ nuestras emociones? – https://theconversation.com/hasta-que-punto-puede-un-electroencefalograma-adivinar-nuestras-emociones-294605
