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De la fosa común de Pico Reja al laboratorio: biología molecular contra la desmemoria histórica

De la fosa común de Pico Reja al laboratorio: biología molecular contra la desmemoria histórica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcial Escudero, Catedrático del Departamento de Biología Vegetal y Ecología, Universidad de Sevilla

Instalación en recuerdo de las personas asesinadas y sepultadas en la fosa común de Pico Reja, en 1936, en Sevilla. Sociedad Aranzadi.

Todo el mundo comprende la inmensa tragedia del Holocausto gracias a El diario de Ana Frank. A través de las palabras de una niña escondida en una casa de Ámsterdam, la macrohistoria del terror adquirió un rostro humano y universal. En España, al hablar de la represión en aquellos tiempos, el imaginario evoca a figuras inmortales como Federico García Lorca.

Sin embargo, para comprender la verdadera capilaridad de la maquinaria de exterminio sistemático tras el golpe de Estado de 1936, del que este pasado verano acabamos de conmemorar su noventa aniversario, necesitamos conocer el relato de los represaliados más anónimos. Para ello, desde la ciencia, nos hemos asomado a la historia de familias como la del militante del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Marcial Delgado Rouquier.

Diario de un republicano sevillano

La vida de Marcial quedó registrada en los archivos de la Sevilla republicana. En las elecciones municipales de 1931, había integrado las listas electorales del PSOE, aunque no llegó a obtener el acta de concejal, por no alcanzar el partido los ediles necesarios. Más tarde, en noviembre de 1935, fue elegido vocal de la Comisión Ejecutiva de la Federación Provincial del PSOE.

Cuando el golpe militar triunfó en Sevilla, consciente del peligro inminente, Marcial logró ocultarse en un sótano en los primeros compases de la represión. Llegaron a ofrecerle una vía de escape para exiliarse a México, pero el miedo a que los golpistas tomaran represalias contra su mujer y sus hijos le obligó a tomar una decisión agónica: rechazar la huida y regresar al domicilio familiar, donde poco después fue arrestado.

En ese momento de angustia, la mayor de sus hijas, de apenas 13 años, se enfrentó a los guardias que se lo llevaban. Aquel acto de coraje hizo que, días después, la buscaran en el domicilio familiar para someterla a los castigos de humillación fascista reservados a las mujeres republicanas: el rapado público y la purga con aceite de ricino. Afortunadamente, logró mantenerse escondida en casa de unos familiares.

Mientras tanto, la esposa y hermanas de Marcial le siguieron la pista desesperadamente durante su cautiverio. Primero estuvo recluido en la prisión provisional habilitada en la plaza de las Mercedarias en el centro de Sevilla y, más tarde, en los siniestros sótanos de la plaza de España. Durante aquellas visitas, la familia entregaba a Marcial alguna manta y ropa además de alimento. Pero un día de agosto acudieron a la plaza de España y él ya no estaba. No hubo explicaciones. Los guardias se limitaron a entregarle aquella manta a una de sus hermanas. Fue la prueba material y silenciosa de que ya no estaba en este mundo.

El 12 de agosto de 1936, bajo el “bando de guerra”, sin juicio, ni siquiera sumarísimo, Marcial fue fusilado y arrojado a la fosa común de Pico Reja, en el cementerio de San Fernando de Sevilla. Dejaba atrás a dos hijos, tres hijas y una esposa embarazada. Lo más triste de esta historia es que es una más de cientos de miles en aquel verano de 1936 y los años venideros. De hecho, de los siete miembros de aquella ejecutiva provincial del PSOE, solo tenemos certeza de que uno se salvó y, al menos, cinco fueron asesinados.

En la actualidad, la historia sitúa a Marcial entre “las personas destacadas de la ciudad” asesinadas en las primeras sacas. Su nombre figura escrito en la piedra del monolito erigido en el cementerio sevillano en honor a las víctimas, junto a otros miles de represaliados.

Excavación de los restos óseos en la fosa de Pico Reja, Sevilla.
Juan Miguel Barquero / cortesía Sociedad Aranzadi.

El turno de la ciencia forense

Es en este punto donde la historia cede el testigo a la ciencia. La apertura de la fosa de Pico Reja (2020-2023) supuso uno de los mayores retos forenses de Europa, un camino allanado por el asesoramiento de referentes de la medicina forense como Francisco Etxeberria, profesor de la Universidad del País Vasco y varias veces presidente de la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

La estratigrafía de la fosa desveló rápidamente la saña del exterminio: los registros antropológicos confirmaron que los cuerpos fueron arrojados sistemáticamente boca abajo, como un último acto de castigo y humillación. La inmensa mayoría presentaba el inconfundible estigma forense del tiro de gracia.

A pie de fosa, bajo la dirección del antropólogo Juan Manuel Guijo y el arqueólogo Jesús Román, parte del equipo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, se extrajeron muestras óseas específicas, principalmente piezas dentales y fragmentos del hueso petroso, que fueron enviados al departamento de Medicina Legal de la Universidad de Granada. Los demás restos de los esqueletos recuperados aguardan hoy en cajas individualizadas en el cementerio.

Detectores del ADN humano

Quienes trabajamos en el ámbito de la biología molecular somos conscientes del desafío formidable que supone extraer material genético de restos sometidos durante nueve décadas a la humedad y cambios térmicos del suelo sevillano. Después de tanto tiempo, el ADN humano ya no es un manual de instrucciones intacto, sino un libro triturado en minúsculos fragmentos y mezclado con la contaminación de microorganismos de la tierra.

Aquí es donde la tecnología actual marca la diferencia. La clásica reacción en cadena de la polimerasa (PCR según sus siglas en inglés), que actúa como una fotocopiadora molecular, ya no basta por sí sola, porque las secuencias largas de ADN están rotas. Por ello, los genetistas recurren hoy a técnicas de secuenciación masiva, que actúan como un potente escáner capaz de leer millones de esos pequeños fragmentos simultáneamente.

Atascos en las pruebas

El objetivo es buscar polimorfismos de nucleótido único (SNP, por sus siglas en inglés): variaciones de una sola “letra” en pequeños fragmentos del genoma que han sobrevivido al paso del tiempo. Al analizar miles de estos SNP, los algoritmos logran reconstruir un código de barras genético único. Esta tecnología es vital porque permite superar la ceguera parcial de los marcadores de linaje clásicos (como el cromosoma Y o el mitocondrial), que resultan inútiles cuando las muestras con las que se pueden comparar los genes son de las hijas o nietos por vía materna de un represaliado varón.

En vez de eso, buscamos esas mutaciones específicas a lo largo del genoma, pequeñas variaciones biológicas que actúan como una firma familiar inconfundible y que permiten trazar el parentesco directo e inequívoco con los familiares vivos que aún los buscan.

Pero la realidad de los laboratorios es dura: tal y como denunciaban recientemente los familiares de José León Trejo, edil republicano, el primer represaliado de Pico Reja que ha logrado ser identificado este mismo verano de 2026 gracias a estas complejas técnicas de genómica, existe un enorme atasco en las pruebas. Sin recursos suficientes, el ritmo científico no puede competir con el reloj biológico de los familiares vivos.

Llave genética contra el olvido

A principios de esta década, cuando los trabajos de exhumación apenas comenzaban en Pico Reja, los familiares empezaron a donar muestras de saliva y así lo hizo una de las hijas de Marcial, la última superviviente de los seis hermanos. Al tratarse de una consanguinidad de primer grado, su perfil funciona como una llave genética maestra y proporciona un patrón de cotejo de valor incalculable.

Sin embargo, la hija de Marcial falleció este pasado mes de julio a los 98 años de edad, sin poder enterrar a su padre. Ninguno de los hijos de Marcial Delgado Rouquier vivió para recuperar sus huesos.

Algún día, cuando los secuenciadores en Granada logren sortear el atasco del laboratorio, aislar el perfil adecuado y confirmar la coincidencia, la ciencia habrá ganado a la desmemoria histórica. Y es que la memoria de Marcial Delgado Rouquier no está escrita solo con tinta en documentos históricos o en el recuerdo, ya indirecto, de sus familiares. Está cifrada en las cajas que aguardan en el cementerio, en los fragmentos óseos custodiados en Granada y en el ADN que su hija legó. Es esa secuencia biológica la que logrará devolver su identidad a sus restos óseos, para que las generaciones futuras conozcan su verdadera historia, quizás por fin libres de la sombra de las fosas comunes.

The Conversation

Marcial Escudero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. De la fosa común de Pico Reja al laboratorio: biología molecular contra la desmemoria histórica – https://theconversation.com/de-la-fosa-comun-de-pico-reja-al-laboratorio-biologia-molecular-contra-la-desmemoria-historica-294130

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