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El regreso silencioso del déficit de yodo: ¿tiene la culpa el tipo de sal que consumimos?

El regreso silencioso del déficit de yodo: ¿tiene la culpa el tipo de sal que consumimos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

9dream studio/Shutterstock

El déficit de yodo parece un problema del pasado, pero no lo es del todo, tal y como ponía de relieve la periodista científica Alice Klein en un artículo reciente de la revista New Scientist . Durante el siglo XX, la yodación de la sal se convirtió en una de las intervenciones de salud pública más eficaces para prevenir trastornos por deficiencia de ese mineral, incluidos el bocio (agrandamiento de la glándula tiroides) y daños evitables en el desarrollo neurológico.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) sigue considerándola una estrategia segura y eficaz, y UNICEF señala que continúa siendo la herramienta más utilizada para mejorar la ingesta de yodo en el mundo.

Ese éxito, sin embargo, ha generado una paradoja: precisamente porque funcionó tan bien, el yodo desapareció del debate público. Hoy, en varios países, vuelven a detectarse señales de ingesta insuficiente en determinados grupos, sobre todo en embarazadas, mujeres lactantes y personas con dietas restrictivas o mal planificadas. No se trata de un retorno dramático de los cuadros más graves en todas partes, sino de un riesgo silencioso de carencia en contextos donde se ha relajado la atención.

Qué hace el yodo en el cuerpo

El yodo es un micronutriente esencial para la síntesis de tiroxina (T4) y triyodotironina (T3), hormonas que regulan el metabolismo, el crecimiento y múltiples procesos fisiológicos. Su disponibilidad adecuada durante la gestación y la primera infancia resulta especialmente importante para el desarrollo normal del sistema nervioso central y para la maduración cerebral temprana.

Además, los requerimientos aumentan durante el embarazo y la lactancia debido al incremento de la producción materna de hormonas tiroideas, la mayor eliminación renal de yodo y la transferencia de ese mineral al feto y al lactante.

Por qué podría estar reapareciendo el problema

La cuestión no es que la población haya dejado de consumir sal, sino que ha cambiado qué tipo de sal consume y de dónde procede el sodio de la dieta. En los últimos años, la sal yodada ha sido desplazada en muchos hogares por sales “gourmet” o “naturales”, como la sal marina, la sal rosa del Himalaya, las escamas o la sal kosher, que a menudo se perciben como más saludables o sofisticadas, aunque no siempre estén yodadas.

La enriquecida tiene, en cierto modo, un problema de imagen: frente al prestigio culinario de sus rivales de moda, ha quedado asociada a un producto corriente, casi anticuado.

A ello se suma que una gran proporción del sodio ingerido procede hoy de alimentos procesados y ultraprocesados, en los que la presencia de sal yodada no está garantizada. La OMS ha insistido en que las políticas de reducción de sodio y de yodación de la sal deben coordinarse precisamente por esta razón.

También ha cambiado la composición de muchas dietas. El yodo se encuentra de forma natural sobre todo en alimentos marinos, en algunos lácteos y en huevos, aunque su contenido puede variar mucho según el entorno y el sistema alimentario. Cuando una persona reduce o elimina varias de esas fuentes a la vez, y además no utiliza sal yodada o alimentos fortificados, el riesgo de ingesta insuficiente aumenta.

El resultado es una paradoja: un micronutriente básico, barato y eficaz ha perdido visibilidad justo cuando ciertos grupos vuelven a correr riesgo de no consumir suficiente yodo.

El caso de las dietas basadas en plantas

Las dietas vegetarianas y veganas pueden ser saludables, pero nuestro protagonista es uno de los nutrientes que requieren más atención en su planificación. Una revisión reciente publicada en British Journal of Nutrition concluyó que quienes siguen patrones nutricionales estrictamente vegetales, especialmente veganos, pueden tener dificultades para alcanzar las recomendaciones de yodo solo a partir de los alimentos.

Esto no significa que una dieta vegetal sea deficiente por definición. Supone algo más simple: igual que ya se habla con naturalidad de la vitamina B12, el yodo debería incorporarse a la conversación nutricional cuando se reduce el consumo de pescado o lácteos, o cuando se sustituyen productos convencionales por alternativas vegetales no fortificadas.

Embarazo y lactancia: el punto más sensible

Si hay un momento en el que el yodo merece especial atención, es el embarazo. La evidencia es robusta respecto a que el déficit grave del micronutriente puede afectar al desarrollo fetal y a la función tiroidea, y por eso los organismos internacionales utilizan puntos de corte específicos para valorar el estado de yodo en embarazadas. El Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos recoge que una concentración urinaria de 150–249 microgramos por litro 150 (μg/L) en gestantes se considera adecuada a nivel poblacional.

Ahora bien, conviene matizar el debate. La preocupación por la insuficiencia leve o moderada es legítima, pero la evidencia sobre los beneficios cognitivos de suplementar a todas las gestantes en contextos de déficit leve no siempre resulta concluyente. Revisiones y ensayos han señalado que, aunque existe preocupación biológica plausible y algunos estudios sugieren una asociación con peores resultados infantiles, los ensayos controlados no han mostrado de forma uniforme mejoras claras en el neurodesarrollo.

Aun así, varias sociedades científicas han optado por una postura prudente. Por ejemplo, la Asociación Americana de Tiroides recomienda que las mujeres en preconcepción, embarazo y lactancia reciban 150 μg diarios de yodo en suplementos prenatales o multivitamínicos, normalmente en forma de yoduro potásico, para ayudar a cubrir unas necesidades aumentadas.

El error más común: pensar que la solución es “tomar más sal”

Aquí hace falta hacer una precisión importante. Defender la sal yodada no equivale a aconsejar un mayor consumo de sal. La OMS mantiene la recomendación de reducir la ingesta de sodio por su relación con hipertensión y enfermedad cardiovascular. La clave de salud pública no es “más sal”, sino menos, pero yodada. De hecho, la misma OMS ha subrayado que la reducción de este condimento y la fortificación con yodo son políticas compatibles si se ajusta adecuadamente la concentración del mineral y si la fortificación abarca también la sal utilizada por la industria alimentaria.

Este punto es central porque evita dos errores frecuentes: convertir el asunto en una defensa nostálgica de la sal de mesa o, en el extremo opuesto, asumir que cualquier reducción del sodio resolverá automáticamente todos los problemas de salud sin consecuencias nutricionales. El equilibrio correcto es combinar prevención cardiovascular y prevención de la deficiencia de yodo.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El regreso silencioso del déficit de yodo: ¿tiene la culpa el tipo de sal que consumimos? – https://theconversation.com/el-regreso-silencioso-del-deficit-de-yodo-tiene-la-culpa-el-tipo-de-sal-que-consumimos-281363

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