Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jessica Cabezas Alarcón, Dra. Educación y Sociedad. Professora Departament de Mètodes d’Investigació i Diagnòstic en Educació, Universitat de Barcelona

Cuando se habla de altas capacidades, el debate suele quedarse en dar respuesta a dos cuestiones: cómo detectarlas y por qué no siempre se traducen en buenas notas. Ambas son importantes, pero no son suficientes. Hay una pregunta que viene después: ¿qué hace la escuela cuando sabe que el estudiante necesita aprender de otra manera?
Porque, incluso cuando las altas capacidades se identifican, la respuesta educativa sigue siendo a menudo rutinaria. Se les envía más trabajo o más ejercicios del mismo tipo, como si aprender significara simplemente hacer más. Este es precisamente uno de los errores más habituales. No se trata de aumentar la carga, sino de modificar el nivel del reto.
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No más cantidad, sino más sentido
Durante mucho tiempo, parte de la respuesta escolar a este alumnado se ha movido entre dos extremos: la inacción o la sobrecarga. Pero una adaptación educativa de calidad no consiste en dar diez ejercicios donde otros hacen cinco. Eso transforma el aprendizaje en algo repetitivo y poco estimulante.
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Tener altas capacidades no significa sacar buenas notas (aunque debería)
Si un estudiante ya ha adquirido parte de los contenidos previstos, el profesorado puede reorganizar su recorrido de aprendizaje y evitar repeticiones innecesarias. Esto permite liberar tiempo escolar que no debería llenarse con más tareas del mismo tipo, sino con propuestas de enriquecimiento y ampliación curricular.
Esto significa, por ejemplo, plantear problemas abiertos, proyectos de investigación, conexiones entre disciplinas, tareas con diversas vías de resolución, análisis crítico de la información y creación de productos propios.
Javier Tourón, experto español reconocido internacionalmente en este ámbito, recuerda además que el enriquecimiento puede adoptar formas diversas: agrupamientos flexibles dentro del aula, salidas temporales para actividades específicas, aulas de recursos o programas complementarios. Siempre en función de las necesidades reales del alumnado y no como una medida uniforme para todos.
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En vez de sobrecarga, adaptación
La cuestión no es si este alumnado necesita “actividades especiales”, sino qué decisiones curriculares y metodológicas permiten que aprenda con sentido. Esto obliga a revisar varias cuestiones:
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Objetivos: no todos los estudiantes deben recorrer el currículum al mismo ritmo. Por ejemplo, en lengua, si el grupo trabaja la estructura de un texto narrativo, un estudiante con altas capacidades puede tener un objetivo ampliado: experimentar con distintos narradores, jugar con la estructura temporal del relato o analizar cómo cambia el sentido de un texto según el punto de vista.
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Tareas: una tarea cerrada y repetitiva puede servir en algunos momentos, pero no puede ser la única forma de enseñar. Este alumnado necesita desafíos intelectuales reales. Por ejemplo, en lugar de diez operaciones iguales, se le puede pedir diseñar un problema.
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Evaluación: resulta útil saber de antemano qué sabe un estudiante. Conviene utilizar pruebas iniciales para no obligar a repetir aprendizajes ya adquiridos y liberar tiempo para proyectos de mayor complejidad.
Por ejemplo, en matemáticas, además del resultado final, puede evaluarse la estrategia utilizada, la capacidad de justificar el procedimiento y la comparación entre distintos caminos de resolución.
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Organización del aprendizaje: la buena adaptación curricular no siempre exige sacar al estudiante del aula ni construir un itinerario completamente aparte. Muchas veces puede hacerse dentro de la clase ordinaria, si el centro dispone de flexibilidad para agrupar, diversificar, enriquecer y personalizar.
Por ejemplo, en lengua o ciencias sociales, mientras la clase desarrolla un tema común, algunos estudiantes pueden asumir un papel distinto, como buscar conexiones con otros temas, formular preguntas de nivel superior, comparar fuentes o preparar una miniexposición para el grupo.
Necesidades, no privilegios
A veces se habla de estas medidas como si fueran privilegios, pero no lo son. Son una forma de responder a una necesidad educativa concreta.
La inclusión no consiste solo en ayudar a quien tiene dificultades visibles. También implica reconocer que la diversidad adopta formas distintas y que una escuela no puede responder igual a quienes aprenden de manera diferente. Ignorar las necesidades del alumnado con altas capacidades también genera exclusión y, a largo plazo, puede provocar aburrimiento, desconexión y desmotivación.
Un diseño universal
El marco pedagógico del diseño universal para el aprendizaje resulta especialmente pertinente para el alumnado con altas capacidades, porque parte de una idea central de la educación inclusiva: no todos los estudiantes aprenden de la misma manera ni necesitan las mismas condiciones para participar, progresar y desarrollar su potencial; sería como pensar que todos utilizamos la misma talla de ropa.
El diseño universal para el aprendizaje permite precisamente eso: diversificar las formas de “compromiso”, es decir, cómo el estudiante conecta con el aprendizaje (por ejemplo, ofreciendo opciones distintas de proyectos según sus intereses o retos de distinta complejidad); de representación (por ejemplo, presentando un mismo contenido mediante texto, esquemas visuales, vídeos o explicaciones orales); y de acción y expresión (por ejemplo, permitiendo que el alumnado demuestre lo aprendido a través de una exposición oral, un texto escrito, una infografía, una maqueta o un proyecto de investigación).
Desde la perspectiva de la educación inclusiva, tal como plantean algunos autores, la cuestión no consiste en adaptar al estudiante a una enseñanza uniforme, sino en transformar el diseño educativo para reducir barreras y ampliar oportunidades de aprendizaje para todos.
Este acercamiento no solo beneficia a quienes presentan más dificultades visibles, sino también a quienes necesitan mayor reto intelectual, apertura metodológica y oportunidades de enriquecimiento para desarrollar plenamente sus capacidades.
Beneficios para toda el aula
La buena noticia es que transformar de esta manera la manera de enseñar no beneficia solo a este alumnado. Cuando una escuela deja de confundir adaptación con sobrecarga y apuesta por retos más abiertos, mejora la experiencia educativa de toda la clase.
¿Por qué, entonces, seguimos sosteniendo un modelo de enseñanza tan uniforme en aulas, si sabemos que la diversidad es la norma? Las altas capacidades nos enfrentan a esta pregunta incómoda.
Atender las altas capacidades nos obliga a diseñar mejor la experiencia en las aulas. Pero esto no resulta fácil: requiere mayor inversión en formación de todo el entorno educativo y una mirada abierta que abrace la diversidad como algo inherente al ser humano.
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Jessica Cabezas Alarcón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Altas capacidades: la respuesta no es solo “dar más trabajo” – https://theconversation.com/altas-capacidades-la-respuesta-no-es-solo-dar-mas-trabajo-281929
