Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria
Durante años, millones de espectadores han visto a futbolistas profesionales quitarse la camiseta para celebrar un gol. Ahora, si lo hacen, reciben como sanción una tarjeta amarilla. Por eso, es difícil ver lo que hay debajo… salvo ocasiones especiales, como la que ocurrió el pasado 26 de abril en un partido entre el Racing de Santander y el Ceuta, donde un jugador rompió la camiseta a otro y la cámara siguió a este último para hacernos partícipes del cambio de prenda. Es entonces cuando los espectadores del encuentro se preguntan, entre la curiosidad y el meme: ¿por qué lleva debajo una especie de “sujetador deportivo”?
La respuesta corta es que no es un sujetador. La larga (y mucho más interesante, hasta el punto de dedicarle este artículo) es que se trata de un arnés o chaleco de compresión. A simple vista parece una prenda íntima deportiva. Sin embargo, es una de las mejores metáforas del deporte contemporáneo: el cuerpo de un atleta ya no se entrena solo; hoy también se mide, se traduce y se convierte en datos.
Arnés de compresión, analítica móvil
En la práctica, ese arnés que usan los futbolistas no es un mero detalle estético, sino una oficina portátil de analítica deportiva. Aloja, en la parte alta de la espalda, un pequeño dispositivo GPS y otros sensores. Su función es registrar la distancia recorrida, la velocidad máxima, el número de esprints, aceleraciones, desaceleraciones y carga de trabajo, entre otras variables. También, en algunos casos, se combina con bandas de frecuencia cardiaca u otros sistemas biométricos.
¿Y es legal? El fútbol ha integrado de forma reglada la monitorización corporal. La International Football Association Board (IFAB) permite los sistemas electrónicos de seguimiento (EPTS) en competición oficial, siempre que sean seguros, estén homologados y cuenten con la aprobación del organizador. También la UEFA los admite en el campo con autorización arbitral.
Estamos normalizando el cuerpo monitorizado. Pero en este caso, se da una paradoja: mientras en el fútbol los sensores forman parte del paisaje cotidiano, en otros deportes la tecnología sigue siendo un territorio ambiguo, sospechoso o directamente prohibido.
El ejemplo más reciente lo protagonizó Carlos Alcaraz en el Open de Australia 2026, cuando la jueza de silla le obligó a quitarse una pulsera Whoop que llevaba bajo la muñequera antes de su partido contra Tommy Paul. Alcaraz explicó después, con naturalidad, que se trataba de una herramienta para controlar descanso, carga y recuperación, pero que “son reglas del torneo” y que no pasaba nada: “se quita y a funcionar”.
El cuerpo como laboratorio
En el deporte de élite, la frontera entre competir y monitorizarse hace tiempo que se desdibujó. Así, los clubes de fútbol, especialmente en las grandes ligas europeas, llevan años usando sistemas GPS de seguimiento para saber cuánto corre un jugador, cómo corre, cuándo acelera, cuándo cae su rendimiento y cuánto tarda en recuperarse.
En este ámbito, la promesa de estos dispositivos es tan sencilla como poderosa: si el cuerpo deja huellas medibles, esos datos pueden ayudar a prevenir lesiones, dosificar esfuerzos y optimizar rendimiento. Y, en una industria en la que un desgarro muscular puede costar semanas, millones y una temporada, cualquier información es una ventaja. Sobre todo, en el fútbol.
Este deporte es, por naturaleza, un deporte de cargas repetidas y de gestión colectiva. El preparador físico necesita saber si el extremo ha hecho demasiados esprints, si el mediocentro ha acumulado demasiadas desaceleraciones o si el lateral está entrando en una zona de riesgo muscular. El dato no reemplaza al ojo experto. Pero lo complementa. O, mejor dicho, lo disciplina.
Lo que antes era intuición (apreciaciones como “hoy está cargado” u “hoy llega justo”) ahora pueden expresarse en dashboards, semáforos de fatiga y curvas de recuperación.
La tecnología aceptada y sospechosa a la vez
Pero ¿por qué nadie se escandaliza cuando un futbolista lleva un sensor en el pecho, pero sí se genera polémica cuando un tenista luce una pulsera en la muñeca? La respuesta, desde luego, no es tecnológica. Es cultural y reglamentaria.
El fútbol ha integrado estos sistemas principalmente en los entrenamientos y, cuando se usan en competición, se hace dentro de un ecosistema donde el control externo ya es parte del juego: presupuestos elevados, banquillos amplios, cuerpo técnico numeroso, análisis en tiempo real, sustituciones tácticas y una larga tradición de lectura colectiva del rendimiento.
El tenis, en cambio, conserva una narrativa mucho más individualista. El jugador aparece como una figura casi autosuficiente, encerrada en la pista, limitada en la comunicación con su equipo y sometida a normas estrictas contra el coaching encubierto. En ese contexto, cualquier dispositivo corporal plantea una sospecha inmediata: ¿solo mide? ¿Transmite? ¿Puede convertirse en una vía de información externa? ¿Y recibir información?
Eso es precisamente lo que ocurrió con la pulsera de Alcaraz. La Whoop no tiene pantalla y su función principal es registrar variables fisiológicas como frecuencia cardiaca, esfuerzo, recuperación o sueño, sin mostrar datos tácticos en directo al jugador. Aun así, la jueza de silla ordenó retirarla. La polémica fue mayor porque Alcaraz ya la había usado en rondas previas, y el propio CEO de la compañía calificó la medida de “ridícula”, defendiendo que el dispositivo no ofrecía ayuda competitiva inmediata. ¿Qué significa esto? El problema no era lo que el dispositivo hacía, sino lo que podría llegar a representar.
No son esteroides, pero tampoco son neutrales
El fundador de Whoop resumió la polémica con una frase que ha llenado titulares en los periódicos de medio mundo: “los datos no son esteroides”. La frase funciona bien como titular o como estrategia comercial. Pero, también, simplifica demasiado.
Es verdad: un sensor no dopará a nadie. Ni aumenta la masa muscular, ni acelera la recuperación química, ni altera directamente el rendimiento fisiológico, pero eso no significa que sea neutral.
Los datos son poder; es el oro del siglo XXI. Y, en el deporte de élite, el poder casi siempre se traduce en “ventaja”.
Un equipo que conoce mejor la carga interna de un jugador puede ajustar mejor sus descansos. Un tenista que monitoriza con precisión cómo responde su cuerpo al calor, al estrés o a la acumulación de partidos puede planificar mejor su recuperación. Un cuerpo técnico que detecta señales tempranas de fatiga tiene más margen para intervenir antes de la lesión.
Por eso, desde el punto de vista de la regulación, la pregunta es qué tipo de ayuda constituyen y cuándo dejan de ser aceptables estos dispositivos. ¿Es legítimo recoger datos que se analizarán después del partido? Probablemente sí. ¿Es legítimo recibir información en tiempo real desde el banquillo o desde la grada? Ahí el debate cambia. ¿Y si el dispositivo no muestra nada al jugador, pero transmite a su equipo? ¿Y si esa información modifica decisiones tácticas durante el encuentro?
Del músculo al algoritmo
Lo más interesante del arnés de los futbolistas y de la pulsera de Alcaraz no es el gadget en sí. Es lo que ambos cuentan sobre una transformación más profunda. El deportista contemporáneo no solo entrena: se cuantifica. Su sueño se puntúa; su recuperación se indexa; su estrés se convierte en un número; su capacidad de sprint se traduce en una curva… En definitiva, su cuerpo es un sistema de datos interoperables.
Esto tiene ventajas evidentes: mejor prevención, mejor individualización y menos intuición ciega. Pero, también, introduce una nueva forma de dependencia. Cuando el cuerpo se convierte en panel de control, el riesgo es olvidar que no todo lo importante se deja medir. Hay días en que un jugador está “bien” según el dispositivo y mal según sus sensaciones. Y otros en los que compite por encima de lo que la métrica aconsejaría.
La prenda más política del deporte
Sin embargo, el episodio de Alcaraz recuerda que esa lógica no está distribuida de forma homogénea. Mientras que hay deportes que han naturalizado la monitorización, algunos todavía la miran con recelo y otros la abrazan en el entrenamiento y la prohíben en competición. Pero todos, tarde o temprano, tendrán que decidir dónde trazan la línea entre el cuidado legítimo del cuerpo y la ventaja tecnológica.
El futuro del deporte quizá no se juegue solo en el gimnasio o en la pista. También se juega, literalmente, por debajo de la camiseta.
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Paula Lamo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Cuando la tecnología convierte el cuerpo del deportista en datos – https://theconversation.com/cuando-la-tecnologia-convierte-el-cuerpo-del-deportista-en-datos-281542

