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¿Cómo se enamora la generación Z? Lo que ‘Off Campus’ revela sobre la educación sentimental contemporánea

¿Cómo se enamora la generación Z? Lo que ‘Off Campus’ revela sobre la educación sentimental contemporánea

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Nila Martínez Díaz, Profesor Acreditado Contratado Doctor Filología Hispánica, Universidad Villanueva

Fotograma de _Off Campus_. Liane Hentscher/Amazon Content Services LLC

Ha incendiado las redes, disparado los likes y arrasado las pantallas con abdominales imposibles e hipnóticos ojos glaucos. El “fenómeno Off Campus” es un auténtico torbellino romántico. Librerías, plataformas de streaming y millones de conversaciones digitales nos recuerdan el extraordinario poder de la ficción romántica juvenil.

La cuestión es inevitable: ¿por qué estas historias despiertan semejante furor planetario?

Los territorios de la posibilidad

Detrás de sus exitosas líneas se encuentra la escritora canadiense Elle Kennedy, autora de la tetralogía Kiss me. Ambientadas en un imaginario campus universitario estadounidense, sus novelas combinan romance, humor y drama con la precisión de una formulación química. La eficacia del compuesto no se ha hecho esperar. Millones de visualizaciones, ventas y recomendaciones avalan el éxito de una fórmula que parece haber encontrado el camino más corto hacia el corazón de las nuevas generaciones.

La serie y adaptación del primer libro arranca cuando Garrett Graham, estrella del equipo universitario de hockey, necesita mejorar sus calificaciones. Para conseguirlo recurre a Hannah Wells, estudiante brillante que acepta ayudarle a cambio de fingir una relación que le permita acercarse al chico que realmente le interesa. Entre entrenamientos, exámenes y amistades, el relato enlaza amor y crecimiento personal mientras sus protagonistas descubren no solo a quién aman, sino también quiénes quieren llegar a ser.

A caballo entre la novela académica, la narrativa romántica y la tradición del Bildungsroman o novela de formación, Off Campus es solo el último vástago de una de las familias narrativas más exitosas de la cultura contemporánea. Las ficciones románticas juveniles son lugares narrativos diseñados para albergar los futuros no clausurados y los besos robados, pero también las promesas olvidadas. Por eso gustan, porque permiten imaginar quiénes llegaremos a ser o quiénes podríamos haber sido, parajes donde “hoy es siempre todavía”.

Un antiguo mapa del deseo

Otra de las claves de estos relatos es que, como señalaba el filósofo suizo Denis de Rougemont, “los amores felices no tienen historia”. Tristán e Isolda, Jane Eyre y Rochester, Edward y Bella… Gracias a ellos descubrimos que el deseo es un narrador mucho más interesante que la anhelada felicidad conyugal. Desde que el mundo es mundo, la literatura amorosa ha apostado siempre por la misma estrategia ganadora: retrasar el desenlace y alimentar la espera.

Esta lógica del deseo encuentra su máxima expresión en un potente catálogo de mecanismos perfeccionados durante siglos: secretos o vampiros, naufragios o malentendidos, amores imposibles o segundas oportunidades, poco importa. Son la masa madre de este género.

Estrategias que el viejo folletín decimonónico conocía bien y que ahora reaparecen en novelas, plataformas digitales y adaptaciones audiovisuales tan rozagantes como entonces. Shakespeare lo supo en su momento y la argentina Mercedes Ron lo certifica con fecha de hoy. Los seres humanos llevamos siglos habitando relatos amorosos.

Esta enorme maquinaria sentimental funciona 24/ 7 y a escala planetaria porque su combustible apela a sentimientos universales. Cambiarán los escenarios, los códigos y los soportes, pero estas historias se conservarán por siempre jamás tan lozanas como sus protagonistas.

La nueva educación sentimental

Emma Bovary aprendió a fantasear con el amor devorando novelas románticas. Hoy, la generación Z sigue haciendo exactamente eso, pero en un entorno de lectura radicalmente distinto.

Los jóvenes leen, imaginan, sueñan –si no, no serían jóvenes–, pero ahora comentan, reaccionan y producen contenidos a partir de las historias que consumen.
Las actuales formas de lectura social eran inimaginables para la pobre heroína de Flaubert. Sin embargo, bajo esa transformación tecnológica permanece una constante: la necesidad de recurrir a los relatos amorosos para interpretar y dar sentido a esa cosa llamada amor.

Quizá ahí resida una parte de la explicación del éxito de Off Campus. La novela recupera la vieja arquitectura sentimental -el deseo, la espera, los malentendidos y el enamoramiento-, pero la reconstruye con los ladrillos de un lenguaje afectivo reconocible para la generación Z. Donde otras ficciones amorosas hicieron de los celos, el sufrimiento o la dependencia emocional pruebas inequívocas del amor, las novelas de Kennedy reivindican relaciones edificadas sobre la comunicación, el consentimiento y la vulnerabilidad. Las preguntas siguen siendo las mismas; la gramática emocional es lo que ha cambiado.

Un chico y una chica se besan en un interior con una ventana cerrada de fondo.
Los protagonistas de Off Campus, Hannah (Ella Bright) y Garrett (Belmont Cameli).
Liane Hentscher/ Amazon Content Services LLC

La mayoría de estas ficciones románticas contemporáneas funcionan como simuladores emocionales. Permiten ensayar conflictos, deseos, decepciones y expectativas antes de experimentarlos en la vida real. Por eso participan tan activamente en la educación sentimental de sus lectores, porque les ofrecen escenarios donde pensar qué significa enamorarse, sufrir, confiar o construir una relación sana. Como ocurre en las batallas importantes, el combate aquí se libra más en el terreno de las preguntas que en el de las respuestas.

Las cucarachas de la Historia

Las novelas románticas llevan siglos mutando, pero para responder a las mismas preguntas. Off Campus es, en realidad, otro eslabón de una cadena sentimental mucho más larga. El bueno de Garcilaso no pudo expresarlo mejor en aquellos versos de doliente enamorado: “todo lo mudará la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre”.

Pocas narrativas han demostrado semejante capacidad de adaptación. Como las cucarachas ante una catástrofe nuclear, han sobrevivido a todos los intentos de extinción. Lo paradójico es que no sobreviven a pesar de cambiar; sobreviven porque cambian. Y seguirán mutando y existiendo mientras los seres humanos tengamos necesidad de amar.


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The Conversation

Alicia Nila Martínez Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cómo se enamora la generación Z? Lo que ‘Off Campus’ revela sobre la educación sentimental contemporánea – https://theconversation.com/como-se-enamora-la-generacion-z-lo-que-off-campus-revela-sobre-la-educacion-sentimental-contemporanea-284040

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