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El lugar donde vivimos marca cómo envejecemos

El lugar donde vivimos marca cómo envejecemos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Álvarez Gálvez, Profesor Titular de Universidad, Salud Poblacional y Ciencia de Datos Sociales/Sanitarios, Universidad de Cádiz

Imagine dos personas de la misma edad. Ambas acaban de cumplir sesenta años y, sobre el papel, comparten un mismo diagnóstico de hipertensión. Sin embargo, una década después sus vidas son muy distintas: una convive con esa una única dolencia, bien controlada. La otra ha sumado a la lista diabetes, una enfermedad cardiovascular, lumbalgia crónica y depresión. ¿Por qué dos caminos tan diferentes desde un inicio tan parecido? Muchas veces atribuimos a la genética estas diferencias, pero buena parte de la respuesta está en algo que solemos pasar por alto: el lugar donde vivimos.

Las enfermedades no vienen solas

Estamos acostumbrados a pensar en la hipertensión, la diabetes y la depresión como si fueran condiciones separadas, cada una con su especialista y su tratamiento. Sin embargo, a medida que envejecemos, rara vez aparecen de una en una. Lo habitual es que, desde una condición inicial, se acumulen y evolucionen de forma conjunta.

A esa coexistencia de dos o más enfermedades crónicas en una persona la llamamos “multimorbilidad”. Detrás de este concepto se encuentra uno de los grandes retos de los sistemas sanitarios, diseñados para tratar dolencias aisladas –brotes agudos– más que a pacientes con varias enfermedades a la vez.

Lo interesante es que esa acumulación no es caótica. En un estudio con más de un millón de historiales clínicos de la provincia de Cádiz identificamos 25 patrones distintos de multimorbilidad. Se trata de combinaciones que se repiten, como el grupo cardiometabólico (hipertensión, diabetes, colesterol), el musculoesquelético y el de salud mental.

Las enfermedades, en definitiva, tienden a viajar juntas y a hacerlo siguiendo rutas reconocibles.

De fotografías a películas

Durante mucho tiempo la investigación se limitó a hacer una fotografía –qué enfermedades tenía una persona en un momento dado–, pero nuestra salud se parece más a una película. Con grandes bases de datos y técnicas capaces de seguir a las personas en el tiempo hemos empezado a reconstruir esos caminos de la enfermedad. Hoy buscamos entender cómo se transita de un estado de salud a otro y por qué algunas personas acaban con perfiles complejos en los que se combinan varios sistemas del cuerpo.

En ese recorrido hay dolencias que actúan como puentes: patologías que conectan los patrones más sencillos con otros mucho más graves. Según nuestros datos, la disfunción hepática en los hombres y la depresión en las mujeres actúan como puntos de inflexión que aceleran la caída hacia una multimorbilidad más compleja y con mayor riesgo de mortalidad y de uso de servicios sanitarios.

El código postal, bajo la piel

Aquí es donde el entorno entra en juego. Cuando cruzamos esas trayectorias con las condiciones socioeconómicas del área de residencia, el patrón es nítido: en los barrios con menos recursos las combinaciones de enfermedades son más complejas, más graves y aparecen antes.

Nuestra revisión de la literatura científica internacional apunta en la misma dirección. La multimorbilidad puede adelantarse entre 10 y 15 años en las poblaciones con menos recursos. Dicho de otro modo: no solo enfermamos de forma distinta según dónde vivamos, sino que también lo hacemos antes.

No se trata únicamente del dinero. El entorno social moldea la alimentación, la vivienda, el empleo, las relaciones sociales y el acceso tanto a productos nocivos como a la propia atención sanitaria. Todos esos factores se embeben bajo la piel y van trazando el camino que seguirá nuestra salud.

Más que un problema clínico

Detrás de cada trayectoria hay una persona. En un estudio con pacientes y profesionales sanitarios la multimorbilidad se describía como un ciclo de deterioro físico, vulnerabilidad emocional y, con demasiada frecuencia, desatención de un sistema fragmentado. Estos pacientes experimentan largas esperas y tratamientos difíciles de coordinar. Los cuidados recaen, sobre todo, en las mujeres de la familia. Las enfermedades no solo se suman, sino que interactúan y se refuerzan con las condiciones sociales que las rodean.

Esto se aprecia con especial claridad en la salud mental. Cuando una enfermedad mental se combina con dolencias físicas los caminos se vuelven más enrevesados y el uso de los servicios sanitarios, más intenso. Esto revela hasta qué punto cuerpo y mente recorren juntos el mismo trayecto.

Mirar el mapa, no solo el diagnóstico

¿Por qué importa todo esto? Porque si las enfermedades siguen caminos, y esos caminos dependen en parte de dónde vivimos, también podemos intentar cambiarlos.

Comprender las trayectorias de multimorbilidad permite anticiparse. Por ejemplo, identificar antes a quién está en riesgo de dar un salto hacia perfiles más graves, actuar sobre esas enfermedades puente y adaptar la prevención a cada territorio en lugar de aplicar la misma receta para todos.

La idea de fondo es sencilla, pero cambiar la forma de mirar no lo es tanto. Para entender cómo envejecemos y enfermamos no basta con leer nuestra lista de diagnósticos. También hay que mirar el mapa. Porque la salud, más que un destino escrito en los genes, es un camino que recorremos, y ese camino empieza, en buena medida, por el lugar donde vivimos.

The Conversation

Javier Álvarez Gálvez ha recibido fondos públicos de la convocatoria ITI (Inversión Territorial Integrada), desarrollada por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía. El proyecto de investigación DEMMOCAD (ITI-0028-2019) ha sido cofinanciado en un 80% con fondos del Programa Operativo FEDER de Andalucía 2014–2020.

ref. El lugar donde vivimos marca cómo envejecemos – https://theconversation.com/el-lugar-donde-vivimos-marca-como-envejecemos-290088

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