Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª del Sol Fortea Sevilla, Profesora Psicología Evolutiva y de la Educación, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Jacob es un joven autista aficionado al fútbol. Siempre ha mostrado muchos problemas de coordinación motora (no sabe correr, no tiene buena coordinación entre el ojo y la mano), pero aprendió a jugar muy bien. ¿Cómo lo consiguió? Pasa mucho tiempo viendo jugadas de futbolistas famosos en videojuegos que después practica una y otra vez hasta reproducirlas de manera idéntica.
Lluís, otro joven autista, es un apasionado de los bailes de Michael Jackson. Tiene grandes dificultades para escribir un texto en línea recta y escribe en mayúsculas porque su letra es ilegible. Tampoco sabe saltar, pero se ha convertido en un imitador excepcional del cantante. ¿Cómo lo hizo? Al igual que Jacob, ve muchos vídeos y los repite paso a paso hasta reproducirlos exactamente.
Son solo dos ejemplos ilustrativos de los problemas que manifiestan muchas de las personas en el espectro del autismo. Sin embargo, no se tienen en cuenta a la hora de hacer el diagnóstico clínico. Hagamos un poco de historia.
El olvido histórico de la “torpeza”
El psiquiatra austriaco Leo Kanner observó en 1943 que varios niños autistas de su estudio eran “algo torpes” en la marcha y en las actividades motoras gruesas.
Un año después, Hans Asperger también observó que muchos niños diagnosticados con autismo presentaban problemas de coordinación motora. Esto afectaba al equilibrio y a la ejecución de diversas tareas motoras.
Sin embargo, ni Kanner ni Asperger consideraron estas características lo suficientemente importantes como para ser síntomas nucleares del autismo.
Cuatro décadas después, en 1989, I. Carina Gillbert contempló la torpeza motora como criterio diagnóstico del antiguo “síndrome de Asperger”. La definía como “retraso temprano en el área motriz o alteraciones sen pruebas de neurodesarrollo”.
A pesar de estar presentes desde los comienzos del estudio del autismo, las dificultades motoras siguen sin considerarse entre los criterios diagnósticos en las clasificaciones internacionales.
Estas clasificaciones solo contemplan el movimiento como alteración cuando se habla de movimientos estereotipados. Pero no se hace hincapié en el movimiento, sino en el comportamiento repetitivo.
Las alteraciones motoras tienen un gran impacto
Aunque no se consideren rasgos nucleares de la condición del espectro autista, clínicos y terapeutas siempre han observado y tratado estas dificultades motoras por las consecuencias que tienen sobre las personas autistas. Afectan al desarrollo de la motricidad fina y gruesa, traduciéndose en problemas de coordinación en la marcha y la escritura, en la práctica de deportes o en actividades cotidianas (por ejemplo, uso de cubiertos, abrochar botones y cremalleras, aseo…).
En los últimos años, la investigación ha confirmado la presencia de estas alteraciones. Se pueden resumir como problemas de coordinación motora, planificación del movimiento, equilibrio y control postural, velocidad y suavidad del movimiento, coordinación bimanual, escritura y motricidad fina en general.
Son numerosos los estudios de análisis cinemáticos que muestran diferencias en parámetros como la velocidad, la aceleración, la variabilidad del movimiento y la coordinación temporal. Estas diferencias con el desarrollo típico (y con otras poblaciones) pueden detectarse desde edades muy tempranas y se investigan como posibles biomarcadores para identificar el autismo.
Las alteraciones motoras siguen olvidadas
Sin embargo, las evidencias aportadas por la investigación aún no se han implementado ni en la evaluación diagnóstica ni en la práctica terapéutica. Mientras que los manuales de diagnóstico clínico siguen considerándolos solo marcadores conductuales (DSM-5-TR y CIE-11), los programas terapéuticos continúan tratándolos superficialmente.
Se interviene sobre lo que se ve a simple vista: si la persona con autismo tiene mala letra, intentamos que mejore la escritura con entrenamiento basado en repetición de modelos; si no camina correctamente, se corrigen posturas; si no sabe atarse los cordones, se entrena en una secuencia de pasos a copiar correctamente hasta automatizarlo; y si no sabe correr, se ensayan movimientos encadenados hasta que sea capaz de reproducirlos.
En definitiva, se copian modelos hasta imitarlos correctamente. Tal y como Jacob y Lluís han hecho para mejorar en la práctica de sus intereses.
El potencial de relojes y tabletas
Para poder medir estas dificultades en el aprendizaje del movimiento, es necesario desarrollar nuevas aplicaciones inteligentes que monitoricen y analicen el movimiento humano. Estas nos aportarán más información de la que es observable a simple vista.
En la última década se están desarrollando herramientas para identificar señales que nos permiten identificar aquello que no se ve. Por ejemplo, nos dan información sobre parámetros como velocidad, aceleración, precisión, presión… parámetros directamente relacionados con marcadores neurobiológicos.
Pensemos qué ocurre cuando nos ponemos un reloj inteligente. Este gesto tan sencillo y cotidiano nos permite obtener datos sobre la velocidad a la que corremos, saber si nuestro corazón se acelera o no, si aumenta nuestra temperatura corporal, presión arterial o nivel de oxígeno en sangre e, incluso, analiza nuestro sueño. ¡Y toda esa información está en nuestra muñeca!
Herramientas de uso cotidiano como relojes y tabletas digitales ya se están usando como instrumentos de investigación para identificar marcadores. Se trata de señales cinemáticas que aportan información muy valiosa sobre el movimiento de las personas autistas.
Por ejemplo, en nuestro estudio piloto pudimos comprobar cómo personas autistas (1 y 2) dibujaban perfectamente cuadrados (figura 1), igual o mejor que la población con desarrollo típico (11 y 12).
Sin embargo, es muy llamativa la información aportada por las señales de velocidad obtenidas desde las trayectorias registradas con un iPad (figura 2). Estas indican las alteraciones motoras no observables a simple vista y que discriminan entre menores autistas y no autistas. Se trata de un hecho confirmado posteriormente en un artículo todavía pendiente de revisión por pares.
Por último, existe un interés creciente en la incorporación de esos aspectos que históricamente han recibido poca atención en la próxima revisión del DSM. Se prevé que se incluyan factores socioeconómicos, culturales, ambientales, trayectorias de desarrollo, comorbilidades médicas, calidad de vida y experiencias subjetivas, así como los aspectos motores en la conceptualización y diagnóstico de los trastornos del espectro autista. Estamos ante una vía prometedora y oportuna.
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Mª del Sol Fortea Sevilla y Mª Cristina Carmona Duarte reciben fondos de 1) Proyecto AEI: PID2021-122687OA-IOO / AEI / 10.13039 / 501100011033 / FEDER, UE. 2) Proyecto 2024POB26 financiado por Fundación CajaCanarias y Fundación Caixa
Cristina Carmona Duarte recibe fondos de 1) Proyecto AEI: PID2021-122687OA-IOO / AEI / 10.13039 / 501100011033 / FEDER, UE. 2) Proyecto 2024POB26 financiado por Fundación CajaCanarias y Fundación Caixa 3) proyecto PID2024-155753OB-I00 / MICIU/AEI/10.13039/501100011033 / FEDER, UE.
– ref. Más allá de la conducta: las alteraciones del movimiento son las grandes olvidadas en el autismo – https://theconversation.com/mas-alla-de-la-conducta-las-alteraciones-del-movimiento-son-las-grandes-olvidadas-en-el-autismo-289089
