Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge Jiménez-Ramírez, Profesor Titular de Lingüística Aplicada y Comunicación, Universidad Europea
¿Qué relación puede haber entre los resultados de una prueba educativa internacional, como PISA, y la calidad democrática de un país?
Apenas resisten veinticinco democracias plenas en el mundo. El sistema democrático es débil porque requiere del contraste de diversos puntos de vista entre sus ciudadanos, libres e iguales. Estos están obligados a construir discursos para defender su criterio ante terceros, tolerar las diferencias y buscar un acuerdo.
El filósofo y economista británico John Stuart Mill (1806-1873) ya explicó que una sociedad libre depende de la capacidad de sus ciudadanos para cuestionar las ideas dominantes y discutir sus propias convicciones. En lo que respecta a la pedagogía, también John Dewey (1859-1952) señalaba que la democracia es una forma de vida que depende de la habilidad de sus ciudadanos para comprender problemas complejos.
La escuela no sirve solamente para adquirir conocimientos concretos, sino que es donde se deben desarrollar herramientas esenciales de una ciudadanía democrática como las capacidades de comprender al otro y el pensamiento crítico. En realidad, el informe PISA muestra las carencias de la escuela para formar a los futuros ciudadanos de las democracias. No es solo un problema educativo, sino social y político.
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Pensamiento critico y democracia
La democracia necesita al pensamiento crítico tanto como el pensamiento crítico a la democracia. El pensamiento crítico permite al estudiante, en primer término, cuestionar la información y recuperar la cohesión social, así como seleccionar, jerarquizar y justificar las ideas que estructuran una argumentación sólida. Además, fortalece la capacidad de detectar noticias falsas. La pregunta es cómo incrementar el aprendizaje del pensamiento crítico en las sociedades democráticas.
Lo esencial en una sociedad “infoxicada” que consume más “contenido” que nunca es que los ciudadanos conozcan los mecanismos en los que se basa la persuasión. Al menos desde el siglo V a. e. c., conocemos la técnica y práctica de los discursos persuasivos. Aristóteles, Cicerón o Quintiliano trazan una línea que llega hasta los populares libros de Dale Carnegie o las estrategias de los gabinetes de comunicación contemporáneos. Hablamos de la retórica.
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La retórica como superpoder
La retórica nunca fue (solo) el simple repertorio de figuras literarias y tropos que se usaban en los comentarios de textos escolares. Estudia y enseña las técnicas para que una persona pueda persuadir al público al que se dirige. Esta habilidad se convierte en esencial para navegar un panorama mediático saturado de desinformación. Por ejemplo, se emplean recursos retóricos para apelar al miedo y la polarización con la intención de generar narrativas divergentes, que el oyente común asimila fácilmente si no posee un pensamiento crítico.
Diversas experiencias y trabajos docentes están de acuerdo en que enseñar apartados de la retórica clásica, como las partes del discurso) o las falacias argumentativas –como ad hominem, aquellas en las que se ataca personalmente a quién lo dice y no los argumentos que usa, o de falsa causa, en las que la relación de dos hechos no implica que uno cause el otro–, mejora la objetividad analítica y dota a los estudiantes de herramientas para la defensa conceptual ante los discursos manipuladores.
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La retórica permite a los estudiantes pasar de un nivel de expresión escrita deficiente a una capacidad de defensa de su propia voz, protegiéndolos contra la manipulación y la fragmentación social.
Esta habilidad es transversal y útil a cualquier disciplina, desde las ciencias a las humanidades.
Defenderse de la desinformación
Pero donde la retórica muestra su “superpoder” es en el enfrentamiento contra la desinformación. Algunos estudios recientes constatan que incluso los alumnos universitarios (a los que se les supone un mayor talante crítico y entrenamiento en el mundo digital) son incapaces de discernir la veracidad de las noticias y reclaman formación específica al respecto.
La evidencia nos demuestra que, efectivamente, cuando se imparte esa formación, el pensamiento crítico aumenta exponencialmente. Aunque desarrollar el pensamiento crítico no sirve de nada si los alumnos no disponen de la voluntad, las instituciones y los lugares donde aplicarlo, como los espacios de trabajo y, especialmente, los centros educativos.
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Habilidad democrática básica
En la sociedad contemporánea, en la que la influencia de lo audiovisual ha desplazado a lo escrito, en la que las luchas culturales empantanan cualquier discusión, en la que la verdad se confunde con lo verosímil, una educación retórica práctica y continuada se hace imprescindible para formar ciudadanos resistentes a los mecanismos de persuasión y propaganda.
Dada su relación con el desarrollo del pensamiento crítico, la enseñanza de la retórica en todos los niveles formativos (incluida la universidad) no es solo un objetivo académico, sino una habilidad básica para los ciudadanos que habitan las hoy amenazadas democracias.
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Jorge Jiménez-Ramírez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Una ‘vitamina’ de pensamiento crítico: aprender retórica en la escuela – https://theconversation.com/una-vitamina-de-pensamiento-critico-aprender-retorica-en-la-escuela-292078
