Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Adrover Roig, Profesor Titular de Universidad, Universitat de les Illes Balears
El horóscopo puede predecir el futuro de una persona. Los pensamientos pueden influir en el movimiento de objetos físicos. El flujo de energías mediante el contacto de las manos con el paciente puede curar enfermedades físicas y psicológicas. Si alguna de estas afirmaciones le ha parecido plausible o, simplemente, le ha hecho dudar, este artículo es para usted.
Las pseudociencias son prácticas que adoptan la apariencia de la ciencia, pero que no siguen las exigencias del método científico ni disponen de evidencias sólidas.
Al mismo tiempo, las redes sociales han multiplicado la difusión de contenidos engañosos o falsos, a menudo diseñados para captar la atención. La desinformación fomenta el negacionismo, que consiste en rechazar conocimientos consolidados, no porque las pruebas sean insuficientes, sino porque entran en conflicto con creencias, emociones o identidades. Utiliza tácticas como recurrir a ideas conspirativas, apelar a falsos expertos, seleccionar los datos que refuerzan una postura, exagerar las limitaciones de la ciencia y utilizar falacias lógicas. Este conjunto de recursos hace que mensajes poco rigurosos puedan resultar sorprendentemente convincentes.
Así, en 2020, en pleno caos informativo provocado por la pandemia de la covid-19, circuló con fuerza un mensaje: “beber lejía diluida podía ayudar a combatir el virus”. Miles de personas lo compartieron y algunas incluso lo pusieron en práctica. El problema de las pseudociencias, las noticias falsas y el negacionismo no es su existencia, sino que tenemos pocas “defensas cognitivas” frente a ellos. Simplemente, nos los creemos. ¿Por qué?
A mí eso no me pasaría. ¡Soy universitario!
Pensar que la formación académica nos hace inmunes a la desinformación es un error. Las creencias pseudocientíficas continúan presentes incluso entre estudiantes universitarios. Tanto las pseudociencias como la desinformación aprovechan los mismos mecanismos; nos llegan a través de brechas similares. A menudo no aceptamos una idea porque sea cierta, sino porque resulta intuitiva, coherente con lo que pensamos o emocionalmente atractiva.
Cada día estamos expuestos a una cantidad de información imposible de procesar de manera reflexiva. Para gestionarla, el cerebro recurre a atajos mentales, los llamados heurísticos, que nos permiten tomar decisiones rápidas con muy poca información. La mayor parte del tiempo son útiles y eficientes. Pero también pueden conducirnos a errores de razonamiento: los conocidos como sesgos cognitivos. Sencillamente, nuestra mente no evolucionó para analizar artículos científicos ni verificar fuentes.
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Por tanto, recurrir a una pseudoterapia, compartir una noticia falsa o negar el cambio climático también es tomar una decisión. Y, como todas las decisiones, no siempre se basa en un análisis objetivo.
Todos estamos influidos por sesgos cognitivos, pero no de la misma manera. Estos sesgos nos llevan a menudo a confiar más en la intuición y en las emociones que nos despierta una información que en las pruebas que la respaldan. Además, nos gustan las historias coherentes y las explicaciones simples.
Incluso percibimos relaciones causales que no existen. Por ejemplo, es fácil atribuir la curación de un resfriado a la toma de un supuesto remedio homeopático simplemente porque ambos hechos han coincidido en el tiempo. Este es un ejemplo de ilusión de causalidad: confundir una coincidencia con una relación de causa y efecto.
Estos sesgos influyen en nuestra manera de interpretar la realidad. Tendemos a dar más credibilidad a los argumentos que nos emocionan y a los casos anecdóticos como fuente de evidencia (“¡Mi padrino fumó toda la vida y se murió con 95 años!”). Además, nos cuesta aceptar la evidencia que contradice nuestras creencias, mientras que buscamos y recordamos aquello que las confirma.
Y por si fuera poco, una idea nos parece más cierta porque la hemos escuchado muchas veces, aunque sea falsa. Es lo que conocemos como verdad ilusoria.
Como seres sociales, estamos profundamente influidos por los grupos a los que pertenecemos. Nuestras creencias no solo reflejan lo que pensamos, sino también quiénes somos y con quiénes nos identificamos. Por eso, cuestionar una idea puede generar la sensación de que se está cuestionando nuestra identidad. Querer encajar a menudo es más importante que los hechos en sí.
¿Se pueden reducir estas creencias?
La buena noticia es que sí. En la Universitat de les Illes Balears hemos desarrollado un proyecto de innovación docente con más de 300 estudiantes para comprender por qué algunas personas son más proclives a aceptar creencias pseudocientíficas o afirmaciones sin base empírica y, sobre todo, para averiguar si es posible reducirlas.
Uno de los factores más estrechamente asociados a estas creencias es una menor capacidad de razonamiento lógico. También contribuye una mayor confianza en la propia institución, en aquel “tengo la sensación de que es así”. Finalmente, los factores sociales, como la necesidad de pertenecer a un grupo y la dificultad para modificar las creencias ante nuevas pruebas, desempeñan así mismo un papel relevante.
Pero la parte más interesante llegó después. Los estudiantes fueron asignados aleatoriamente a dos grupos. El grupo experimental vio vídeos sobre sesgos cognitivos, heurísticas y falacias argumentativas –la gran mayoría procedía del canal de YouTube Curiosamente–, mientras que al grupo de control se le pusieron vídeos sobre cultura general. Solo el primero redujo significativamente su adhesión a afirmaciones sin base empírica y a creencias ilusorias, como la idea de que “si pienso mucho en algo, sucederá”.
El mensaje es claro: el pensamiento crítico se puede estimular. Al igual que aprendemos matemáticas o un idioma, también podemos entrenarnos para identificar sesgos cognitivos, detectar falacias, distinguir una anécdota de una prueba y valorar la calidad de las evidencias antes de llegar a una conclusión. Por eso, cada vez es más necesario fomentar este tipo de formación en la universidad y en etapas educativas anteriores.
El mensaje sobre la lejía mencionado al principio no triunfó por ser creíble desde el punto de vista científico, sino por ser sencillo, emocional y fácil de compartir. Este patrón sigue vigente. La diferencia no la marcará la ausencia de desinformación, sino nuestra capacidad para reconocerla.
Y, quizá, la mejor herramienta de la disponemos no es acumular más conocimiento, sino desarrollar un escudo crítico: la capacidad de reconocer nuestros propios sesgos, cuestionar los argumentos débiles y, cuando las pruebas lo justifiquen, cambiar de opinión sin sentir que nuestra identidad está en juego.
Este artículo ha resultado ganador del VII Concurso de Divulgación Científica de la Universitat de les Illes Balears en la categoría General.
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Daniel Adrover Roig no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Que una mentira parezca una verdad depende de usted – https://theconversation.com/que-una-mentira-parezca-una-verdad-depende-de-usted-294908

