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Todo está clavado en la memoria

Todo está clavado en la memoria

Source: People’s Republic of China – State Council News in Spanish

.china.org.cn | 24. 06. 2026

Nota del editor 

El 3 de mayo de 2026 se cumplió el 80.º aniversario de la apertura del Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente (IMTFE), conocido como el Juicio de Tokio. Entre mayo de 1946 y noviembre de 1948, el tribunal juzgó a 28 acusados japoneses de crímenes de guerra de clase A, contribuyendo al restablecimiento del orden internacional y a la defensa de la justicia. 

En septiembre de 2025, la editorial Foreign Languages Press publicó la edición inglesa de Tokyo Trial: Evidence and Judgment of the Nanjing Massacre. Compilado por expertos del Memorial de las Víctimas de la Masacre de Nanjing por los Invasores Japoneses y del Instituto para la Memoria Nacional y los Estudios de Paz Internacional, el libro reúne materiales de archivo del IMTFE sobre la Masacre de Nanjing, incluidos el Estatuto del Tribunal, testimonios de testigos, pruebas documentales, transcripciones de las audiencias y resúmenes. 

Felipe Solá, exministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República Argentina, compartió sus comentarios sobre este libro de la siguiente manera. 

Portada de Tokyo Trial: Evidence and Judgment of the Nanjing Massacre  Archivo 

¿Por qué en Occidente volvemos una y otra vez al Holocausto judío, pero no recordamos con la misma fuerza la Masacre de Nanjing? ¿Por qué nos desespera, como debe ser, la matanza de la población palestina en Gaza, que todavía continúa, y sin embargo sabemos tan poco de Nanjing? 

Creo que hubo una decisión política internacional: resaltar algunos hechos estremecedores del siglo XX y olvidar deliberadamente otros. El caso de la Masacre de Nanjing fue uno de esos hechos condenados al olvido. 

El 13 de diciembre de 1937, el ejército japonés invadió a Nanjing. Durante las seis semanas siguientes, ignorando por completo el derecho internacional, masacró a más de 300.000 civiles y soldados que habían depuesto las armas. El 15 de diciembre de 1937, el Chicago Daily News publicó en primera plana, con un gran titular, “La noticia de la tragedia que se estaba produciendo en Nanjing”. The New York Times también informó en repetidas ocasiones sobre las atrocidades cometidas por las tropas japonesas. 

A partir de marzo de 1938, comenzaron a circular en Estados Unidos las películas filmadas por el misionero estadounidense John G. Magee, testigo directo de la Masacre de Nanjing. El Gobierno norteamericano, aún cuando varios legisladores habían podido ver las filmaciones de Magee, y estaba informado por sus representantes diplomáticos en Shanghai, no hizo ninguna declaración ni tomó decisión alguna para intervenir usando su influencia.  

Durante la masacre hubo extranjeros que actuaron con coraje para proteger a los chinos. La misionera Minnie Vautrin, valerosa testigo, que protegió en su escuela a cerca de diez mil muchachas jóvenes cuando los soldados japoneses las buscaban para violarlas, regresó a su país natal y enfermó psíquicamente hasta suicidarse en Indianápolis en 1941. John Rabe, el empresario alemán que usó su brazalete con la cruz esvástica nazi para frenar a los oficiales asesinos, protegió a numerosas personas mediante la Zona de Seguridad de Nanjing, de la que era presidente. Tras la guerra, cayó en la pobreza en Alemania; el alcalde de Nanjing y la población le brindaron ayuda para que pasara sus últimos años de vida. 

¿Por qué el ejército invasor japonés pudo cometer una tragedia como la Masacre de Nanjing? Creo que el expansionismo japonés se parecía mucho al de los nazis, que eran sus aliados de Occidente. Ambos estaban alimentados por un odio hacia las demás naciones y ambos eran supremacistas; creían que pertenecían a una raza superior. Solo el odio y el supremacismo pueden explicar que los soldados japoneses mataran a la población china en general, incluyendo a los niños. En algunos testimonios, soldados participantes de la matanza refieren que “sentían que estaban matando cerdos”. La crueldad patológica que hay detrás de la masacre es resultado de años de desdén por aquellos a los que consideran una raza más débil a la que hay que eliminar para constituir un mundo de seres superiores.  

En la década de 1930, Japón era una potencia industrial orgullosa y restringida por la extensión de su isla. Tenía portaaviones, acorazados y ferrocarriles y un ejército poderoso. La influencia de los militares se había expandido y solo respetaban al emperador y a las ideas imperialistas. Muchos oficiales conocían esa historia y la reivindicaban. Se había extendido la idea de que ese poderío debía incorporar territorio invadiendo las naciones vecinas. Existía una frase que sintetizaba esos deseos expansionistas: “los ocho rincones del mundo bajo un solo techo”.  Estaba asociada a la pretensión de que Tokio fuera la capital de un gran imperio asiático. 

Ya en 1894, Japón había lanzado una guerra de agresión contra China y Corea, y al año siguiente ocupó Taiwan de China. En 1931, el Ejército de Kwantung, estacionado en Manchuria, hoy el nordeste de China, provocó deliberadamente el Incidente del 18 de Septiembre y culpó de ello a las fuerzas chinas para usarlo como pretexto de una nueva invasión. Los japoneses ocuparon Manchuria y crearon allí un Estado títere llamado Manchukuo. La Sociedad de las Naciones envió una inspección a la zona y condenó la invasión. Posteriormente Japón respondió retirándose de la Sociedad. 

Durante los catorce años siguientes, las tropas invasoras japonesas cometieron en China toda clase de atrocidades, quemando, saqueando y asesinando, causando 35 millones de bajas entre militares y civiles chinos. Gracias a la tenaz y prolongada resistencia del pueblo chino, sumada a los golpes conjuntos de las fuerzas aliadas antifascistas, el 15 de agosto de 1945 Japón anunció su rendición incondicional. 

En el invierno de 1945, el Comité para la Disposición de los Criminales de Guerra fue establecido por el Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek. Hizo un trabajo minucioso que no fue fácil. Buscó y recopiló gran cantidad de pruebas y evidencias y debió convencer a quienes testificaron sufriendo todavía el estrés postraumático que habían arrastrado durante 14 años. 

El 19 de enero de 1946 se constituyó formalmente el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, conocido también como el Juicio de Tokio, en el que intervinieron las naciones aliadas en su conjunto, que nombró a jueces y fiscales procedentes de Estados Unidos, China, Reino Unido, Francia, la Unión Soviética, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Países Bajos, India y Filipinas. Los fiscales se reunieron con 31 testigos y redactaron un “Informe desde China: atrocidades contra civiles”. En el juicio, prevalecieron las atrocidades comprobadas por encima de la disputa sobre la cifra exacta de muertos. Las pruebas del Tribunal de Tokio sobre las atrocidades cometidas por el ejército japonés en Nanjing fueron amplias, exhaustivas y disiparon toda duda. La evidencia fue abrumadora. 

Sin embargo, durante los últimos 80 años, sectores de la derecha japonesa han seguido afirmando que el Juicio de Tokio fue una “justicia de los vencedores”, con el propósito de negar su legitimidad. En realidad, durante el proceso el tribunal garantizó plenamente el derecho de defensa de los acusados. Incluso, dado que muchos abogados japoneses no estaban familiarizados con el sistema jurídico angloamericano, se coordinó la participación de abogados estadounidenses. Los 28 acusados japoneses de crímenes de guerra de clase A contaron con 130 abogados defensores, de los cuales 20 eran estadounidenses. 

Hasta hoy, el espíritu negacionista persiste entre muchos japoneses. Perdura a pesar de los años y de las pruebas sobre la terrible crueldad de sus soldados y oficiales. La evidencia no ha cambiado la actitud del Gobierno de Japón. Hay allí un nacionalismo expansivo basado en una supuesta superioridad racial que atraviesa la historia japonesa. 

¿Cuál es el sentido histórico de los juicios? Recuperar las palabras que son fundamentales para que una sociedad permanezca en estado de derecho y pueda vivir el duelo ante lo inimaginable, ante el horror que descalifica lo humano. Esas palabras son MEMORIA, VERDAD y JUSTICIA. 

Sin Verdad no existirá la seguridad de haber hecho lo que se debía. Sin Justicia será imposible que los pueblos vivan en paz. Y sin Memoria, desaparecerá lo vivido y la conciencia humana perderá su sentido. Como dijo Xia Shuqin, sobreviviente de la Masacre de Nanjing que perdió a siete familiares en aquella tragedia: “No quiero perdón; quiero que no se olvide”. 

*Felipe Solá es exministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República Argentina. 

Fuente: China Hoy

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