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Letras saladas: las diferentes imágenes del mar en la literatura

Letras saladas: las diferentes imágenes del mar en la literatura

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Márquez Montes, Profesora Titular de Literatura española, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

_Paseo por el acantilado de Pourville_ (1882), de Claude Monet. Instituto de Arte de Chicago

La literatura comenzó a hablar del mar mucho antes de que la humanidad pudiera medirlo. Donde el conocimiento encontraba un límite, la imaginación construía universos. No existe un único mar literario, sino una sucesión: el abismo inaugural, la morada de los dioses, la ruta del regreso, la frontera que separa mundos, el escenario del castigo y la promesa de una vida distinta.

Antes de los mapas: origen, abismo, tránsito y castigo

En las tradiciones mesopotámicas, el agua precede al mundo ordenado. La Epopeya de Gilgamesh conserva el relato de un diluvio que destruye la vida y obliga a recomenzarla. En el Génesis bíblico la creación exige separar y reunir las aguas para que surja la tierra firme.

Odiseo resistiéndose al canto de las sirenas atado al mástil del barco, en una antigua vasija griega.
Odiseo resistiéndose al canto de las sirenas atado al mástil del barco, en una vasija del siglo V a.e.c.
Wikimedia Commons

La literatura griega convirtió el Mediterráneo en espacio
épico. En la Odisea, el mar es la fuerza que retrasa el regreso de Odiseo y propicia su transformación. Llegar a Ítaca significa haber atravesado el miedo, la pérdida, el deseo y la tentación. La tradición latina heredó y reformuló esa visión en la Eneida, donde el mar separa al héroe de la tierra que debe fundar.

La literatura medieval y renacentista mantuvo esa doble condición. En las Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique convirtió el mar en término de la existencia:

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir.

En la novela bizantina, las travesías, piratas, cautiverios y naufragios separan a los amantes y prueban su tenacidad. Así llega a la cervantina Los trabajos de Persiles y Sigismunda, donde sus protagonistas cruzan mares septentrionales, islas y espacios inciertos hasta llegar a Roma.

El mar de la modernidad: descubrir, medir, conquistar

A finales del XV, el océano dejó de ser el borde del mundo conocido y se convirtió en el centro de una nueva experiencia histórica. Las navegaciones atlánticas modificaron los mapas, las economías, las lenguas y los relatos. Desde entonces, el mar fue también espacio de descubrimiento, conquista, comercio, violencia y circulación cultural.

Comienza la transformación con El Diario del Descubrimiento de Colón. Las crónicas de Indias desplazaron el interés a los territorios americanos, con el mar como umbral imprescindible. Los naufragios, las tormentas, la escasez de agua, las enfermedades y los motines recordaban que la expansión europea dependía de una naturaleza que no se dejaba gobernar por completo, como lo prueba Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

En siglos siguientes, los relatos de navegación alimentaron un imaginario en el que experiencia documentada y fantasía se mezclaban: monstruos, islas fabulosas, tesoros, barcos fantasmas, piratas y supervivientes. Robinson Crusoe convirtió el naufragio en prueba de reconstrucción.

Pintura de un barco siendo arrastrado por otro barco.
El último viaje del ‘Temerario’, de J. M. W. Turner.
Wikimedia Commons

En el Romanticismo, la superficie oceánica adquirió el prestigio de lo sublime. La balada del anciano marinero de S. T. Coleridge, enlaza la transgresión contra un ser vivo con una condena marítima y espiritual. La canción del pirata, de Espronceda, transforma el barco en territorio de libertad.

La novela marítima del XIX consolidó esa tradición: Moby Dick, de H. Melville, reúne aventura, reflexión metafísica y crítica de la obsesión. Julio Verne imaginó en Veinte mil leguas de viaje submarino un océano explorado por la ciencia y la tecnología. Robert L. Stevenson hizo de La isla del tesoro (1883) una narración de iniciación, Joseph Conrad trasladó el conflicto al terreno de la conciencia, en Lord Jim (1900) y Tifón (1902).

Mar contemporáneo: descanso y mirada interior

Aunque en el siglo XX el mar continuó alojando peligro y aventura, también devino en espacio de contemplación, descanso, memoria e introspección. La costa moderna –con sus playas, balnearios, paseos y temporadas estivales– modificó la experiencia del litoral. El océano empezó a ser contemplado desde la seguridad de la orilla.

Pintura de una mujer en la playa, sentada en una silla en la arena y sujetando una sombrilla.
Mujer en la playa, de Cecilio Pla y Gallardo.
Museo del Prado

Este cambio se percibe en la poesía. El cementerio marino de Paul Valéry contempla el Mediterráneo desde Sète y emite luz, movimiento, vida y muerte. Marinero en tierra de Rafael Alberti convierte el mar perdido en materia de nostalgia. En la narrativa El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, presenta la lucha entre Santiago y el pez no como combate, sino como relación de admiración y respeto. En Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, el mar es sol, sed, hambre, tiburones y tiempo inmóvil. El mar, el mar de Iris Murdoch transforma la costa en lugar de retiro y autoengaño: el paisaje que parece prometer serenidad devuelve al personaje sus obsesiones.

A inicios del siglo XXI se produce un nuevo cambio. En La vida de Pi, de Yann Martel, el océano es escenario de supervivencia, imaginación y convivencia con los animales. Este mar moderno y contemporáneo es plural. El grato espacio de las vacaciones convive con el del trabajo pesquero, el de las rutas migratorias, las tormentas y las especies amenazadas.

Un ecosistema vivo, vulnerable y amenazado

El océano deja de ser decorado azul para convertirse en comunidad de vida, regulador climático, inmensa red de relaciones físicas y biológicas y motor de nuestra propia existencia. Cubre más del 70 % de la superficie terrestre y constituye la mayor biosfera del planeta. Absorbe una parte muy relevante del dióxido de carbono emitido por las actividades humanas y ha captado la mayor parte del exceso de calor acumulado en el sistema climático.

Desde mitad del siglo XX, la literatura ecológica ha comenzado a mostrar esa realidad. Rachel Carson combinó en Bajo el viento oceánico conocimiento científico y narración para seguir la vida de aves, peces y otras criaturas marinas. El ser humano aparece como una fuerza más, a menudo peligrosa, dentro de una trama de migraciones, depredación, reproducción, mareas y estaciones. Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar de Luis Sepúlveda, convierte la contaminación en experiencia concreta; la catástrofe deja de ser una cifra y adquiere rostro, movimiento y fragilidad.

Pintura de una gran ola azul con un monte al fondo.
La gran ola de Kanagawa, de Hokusai.
Museo Metropolitano de Arte

Philip Hoare mezcla memoria, viaje, historia cultural, ciencia y fascinación por las ballenas en El mar interior. Su escritura recuerda que el conocimiento del océano no es solo acumulación de datos, sino transformación de la sensibilidad.

Las palabras saladas del presente deben añadir el cuidado a los antiguos significados del océano. Al abismo, el castigo, la aventura, la libertad y la contemplación se incorpora una conciencia nueva: la de estar ante un ser vivo, un sistema poblado por innumerables vidas y relaciones. La literatura puede enseñarnos a admirarlo sin apropiárnoslo, a disfrutarlo sin degradarlo y a comprender que su futuro no está separado del nuestro.


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The Conversation

Carmen Márquez Montes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Letras saladas: las diferentes imágenes del mar en la literatura – https://theconversation.com/letras-saladas-las-diferentes-imagenes-del-mar-en-la-literatura-287993

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