Source: Republic of Argentina
Muy buenos días.
Quiero agradecer especialmente a Susan Segal, Presidente del Council of the Americas, por esta invitación y por el trabajo sostenido de una institución que, desde hace tantos años, contribuye a promover una reflexión de fondo sobre la Argentina, sus oportunidades y su lugar en el mundo.
Mi agradecimiento también a Mario Grinman, Presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, y a todos los empresarios, autoridades y amigos que hoy nos acompañan.
Veintitrés ediciones consecutivas convierten a este encuentro en una verdadera bisagra anual. Aquí se mide el pulso del país y, sobre todo, la coherencia entre el rumbo que trazamos y los resultados que hoy podemos mostrar.
Hace un año, en este mismo Consejo, el Presidente Javier Milei dejó una frase que vale la pena recordar. “Todos ellos no veían más allá del presente inmediato y de sus intereses, mientras nosotros pensamos en el futuro”.
Jorge Luis Borges escribió, con otra música, una línea que dialoga íntimamente con esa idea. “Ahora quiero acordarme del porvenir y no del pasado”.
Entre esas dos frases hay una definición de época. El futuro ocupa nuevamente el centro de nuestra acción.
La Argentina volvió a pensarse en grande. Nos devolvimos un horizonte de prosperidad.
Y pensar el porvenir en grande exige algo más que imaginarlo. Nos demanda crear las condiciones para que ocurra, sostener un rumbo y convertir cada decisión en resultados capaces de acumularse en el tiempo.
Durante esta mañana escucharon a José Luís y a Fede Sturzenegger explicar las variables que ordenan nuestra economía y los cimientos sobre los que vuelve a apoyarse el crecimiento del país.
Mi responsabilidad comienza justo allí. Proyectar esas condiciones más allá de nuestras fronteras y convertirlas en comercio, inversión y riqueza para los argentinos.
Desde la Cancillería, nos toca hacer que esa transformación encuentre escala y correlato en el mundo.
El equilibrio fiscal ordenó la base. La estabilidad recompuso la previsibilidad. La desregulación liberó capacidad empresaria. Y la estabilidad jurídica volvió a hacer posible que ustedes tomen decisiones a diez, veinte o treinta años.
Ese orden fortaleció nuestra capacidad de comerciar, atraer capital y acceder a oportunidades que durante años estuvieron fuera del radio de acción de la Argentina.
En ese escenario, la Cancillería se convirtió en el multiplicador estratégico del nuevo dinamismo argentino.
El punto de partida muestra la dimensión del desafío que asumimos. Recibimos una red de acuerdos comerciales que cubría aproximadamente el diez por ciento del PBI mundial.
Ese número retrataba una Argentina con enormes capacidades productivas sometida a una geografía comercial raquítica.
En menos de tres años, ese mapa se encuentra completamente reconfigurado.
Con la Unión Europea abrimos para nuestra producción una zona comercial de 700 millones de personas, con más del 95 por ciento de las líneas arancelarias europeas en proceso de liberalización.
Con EFTA mejoramos el acceso para más del 97 por ciento de nuestras exportaciones. El acuerdo se encuentra en trámite de aprobación en el Senado.
Al mismo tiempo, Singapur completa un puente hacia uno de los grandes nodos comerciales, financieros y logísticos de Asia. El Senado lo aprobó por unanimidad y el 12 de agosto obtuvo dictamen favorable para su tratamiento en Diputados.
El mandato que recibimos de las urnas se proyecta en el Congreso. Nos da la fuerza para convertir estos acuerdos en realidad y llevar la apertura argentina mucho más lejos.
Y nuestra ambición no descansa. Presentamos la solicitud de adhesión al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), un bloque de doce economías que reúne cerca de 580 millones de consumidores y alrededor del 15 por ciento del PBI mundial.
Con Estados Unidos alcanzamos el Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos, que elimina aranceles para 1.675 productos y profundiza el comercio digital. Firmamos el memorándum sobre minerales críticos y consolidamos nuestra incorporación a Pax Silica, lo que nos posiciona como actor clave en las cadenas de suministro para la inteligencia artificial y las tecnologías avanzadas que definirán la economía del futuro.
Dos décadas atrás, el kirchnerismo celebraba en Mar del Plata el cántico “ALCA, ALCA, al carajo”. Hoy cerramos acuerdos con Estados Unidos y decimos “Viva la libertad, carajo”.
El cambio de paradigma es elocuente.
Avanzamos con India, Vietnam, Japón, Canadá y Emiratos Árabes Unidos. Con Corea ampliamos la relación en minerales críticos y servicios basados en el conocimiento, y trabajamos para sumar ese mercado a las exportaciones de energía argentina. Así conectamos nuestra producción con los principales centros de consumo, capital y tecnología globales.
La reciente visita del Presidente Milei a Ecuador volvió a mostrar esa lógica en movimiento.
Firmamos seis instrumentos que amplían nuestra vinculación bilateral. El acuerdo automotor abre nuevas oportunidades para un sector en el que nuestro país ocupa el cuarto lugar mundial en la producción de pick-ups.
Aspiramos a más que duplicar nuestras ventas, pasar de tres a siete modelos argentinos exportados y acceder a arancel cero para más de 140 posiciones de autopartes.
No tenemos tiempo que perder. Necesitamos más socios. Queremos hacerlo con el MERCOSUR. Ahora, si el bloque no acompaña la velocidad que necesitamos, avanzaremos bilateralmente. La urgencia marca nuestro ritmo.
Con los instrumentos ya concluidos nos acercamos al treinta por ciento del producto mundial. La agenda en curso puede llevarnos hacia el cincuenta por ciento en el corto plazo. Y nuestro objetivo es avanzar, en los próximos años, hacia una cobertura cercana al ochenta por ciento.
En criollo, la apertura comercial que impulsamos tiene una magnitud que la Argentina pujante aquí representada nunca conoció.
Europa, América del Norte y Asia-Pacífico forman parte de una misma arquitectura de proyección internacional. Cuantos más mercados tenga a su alcance una empresa argentina, mayor será su capacidad para elegir, competir, invertir y crecer.
Durante demasiado tiempo convivimos con una paradoja difícil de justificar. El mundo necesita a la Argentina y demanda precisamente aquello que nuestro país puede ofrecer en abundancia.
Sin embargo, nuestro propio desorden macroeconómico y nuestra obstinación proteccionista redujeron el espacio en el que esas ventajas podían desplegarse y ganar volumen.
Esa paradoja empezó a quebrarse. Y la mejor prueba está en los números.
Durante el primer semestre, las exportaciones de bienes alcanzaron un récord de 50.000 millones de dólares y crecieron 24,4 por ciento interanual. El superávit comercial llegó casi 14mil millones.
Las ventas a Estados Unidos aumentaron más de 42 por ciento, a la Unión Europea 22 por ciento, a India casi 30 y a Vietnam más de 20.
La geografía de nuestra agenda empieza a mapearse en nuestro desempeño exportador.
También cambia la composición de lo que vendemos y quiénes lo venden. La minería alcanzó un récord de 4.742 millones de dólares en el primer semestre y los servicios basados en el conocimiento marcaron un máximo histórico cercano a los 10.000 millones en 2025.
Las PyMEs ensanchan nuestra base exportadora. En los primeros siete meses del año exportaron 6.446 millones de dólares, un 26 por ciento más que en 2025 y el mayor valor de los últimos trece años.
Vendemos más. Llegamos más lejos. Y una parte sustantiva de esa canasta incorpora industria, tecnología, conocimiento y trabajo argentino.
Cuando aparecen las condiciones, el músculo exportador argentino responde instintivamente.
En lo que va del año, concretamos 24 nuevas aperturas y 268 reaperturas de mercados para productos agroindustriales.
La miel argentina sintetiza este trabajo. Pagaba 17,3 por ciento para ingresar a la Unión Europea. El nuevo esquema comercial abrió una cuota con arancel cero y el primer embarque desde Concordia ocupó todo el cupo disponible. Al mismo tiempo, completamos el cupo de huevos y, junto con Uruguay, el de arroz.
Las economías regionales encontraron una puerta y no titubearon en cruzar el umbral hacia mercados más amplios.
El mismo espíritu guía nuestra defensa comercial. El 20 de enero, días después de la firma del Acuerdo MERCOSUR–UE, la Comisión Europea avanzó para clasificar la soja como materia prima de alto riesgo ILUC. El 10 de abril formalizó una medida que amenazaba las exportaciones argentinas de soja para biocombustibles y el acceso del biodiésel al régimen europeo de energías renovables.
Desde la Cancillería reunimos a las provincias y al sector privado en torno a una misma estrategia y defendimos nuestros intereses con ciencia, evidencia y rigor. Esa defensa obtuvo un resultado decisivo el 8 de julio, cuando el Parlamento Europeo rechazó la medida. La posición argentina prevaleció.
Abrir un mercado es tan importante como defenderlo. Allí radican nuestro mandato y nuestra convicción.
Por eso, nuestra diplomacia económica se articula en una misma lógica de expansión. Abre mercados, los defiende donde se fijan las reglas del comercio mundial y ubica al país como destino de capital de largo plazo.
Las tres dimensiones se refuerzan entre sí. Un país que gana mercados necesita inversión para responder a esa nueva demanda.
Y ahí el RIGI se vuelve una pieza indispensable en nuestra proyección económica. Es el catalizador que convierte las condiciones que reconstruimos en decisiones de inversión. Ya tenemos 24 proyectos aprobados, con más de 55.000 millones de dólares comprometidos. Si incorporamos las iniciativas que todavía están en evaluación, el universo vinculado al régimen se acerca a los 150.000 millones de dólares.
Ese volumen de capital va a redibujar la matriz productiva de nuestro país.
Energía, minería, infraestructura e industria comienzan a movilizar inversiones capaces de multiplicar nuestra capacidad exportadora e integrar a la Argentina en las cadenas de abastecimiento que el mundo necesita asegurar.
Nuestra meta es convertir a la Argentina en uno de los pilares de la seguridad económica global.
Una posición de esa naturaleza también se construye en los circuitos donde se decide la inversión mundial. Los grandes inversores comparan países, evalúan proyectos y definen dónde radicarán la próxima planta, la próxima mina o la próxima infraestructura crítica.
Tenemos que llegar a esa instancia con un país capaz de competir por esas decisiones.
Por ese motivo, la atracción de flujos de capital ocupa un lugar central en la diplomacia económica. Nuestra red de embajadas tiene que saber dónde están los jugadores, qué priorizan y qué emprendimientos argentinos pueden responder a esa búsqueda.
Salimos a encontrarlos, acercamos el país a quienes asignan recursos y trabajamos para que ese interés se traduzca en producción.
Luego de una exitosa Argentina Week en Nueva York, la próxima edición en París reforzará esa estrategia. Vamos a llevar la Argentina allí donde se definen inversiones de escala mundial, a mostrar la dimensión de lo que nuestro país puede ofrecer y a construir relaciones que abran paso a nuevos proyectos.
Y todo ese esfuerzo ocurre en un mundo donde los activos estratégicos volvieron al centro de la geopolítica.
La crisis en torno al Estrecho de Ormuz volvió visible el costo económico de una disrupción en un punto neurálgico del comercio mundial. La seguridad de abastecimiento, la diversidad de proveedores y la resiliencia de las rutas entraron de lleno en la ecuación empresaria.
La economía más digital de la historia será también una de las más intensivas en energía. La inteligencia artificial necesita electricidad. Los centros de datos requieren infraestructura. La transición tecnológica no es posible sin cobre, litio y otros minerales críticos. Una población mundial más numerosa y urbana exigirá alimentos seguros y cadenas confiables.
La Argentina reúne recursos en una escala y diversidad difíciles de replicar para posicionarse como una respuesta ineludible a las demandas del siglo XXI.
Vaca Muerta ya transforma nuestra balanza energética. La minería acelera con cifras récord. La agroindustria alcanzó 63 millones de toneladas exportadas en el primer semestre. Nuestro talento suma ingeniería, software, ciencia y servicios a cada una de esas cadenas.
Y todo eso se ofrece al mundo desde una democracia occidental, con acceso directo al Atlántico y un tejido de relaciones económicas cada vez más diversificado.
Ese es el patrimonio de ventajas excepcionales que queremos activar y convertir en prosperidad.
Esa ambición también puede medirse en cifras.
El Presidente lo explicó hace pocas semanas ante el IAEF. Con tasas de crecimiento sostenidas del siete u ocho por ciento, la Argentina puede duplicar su PBI aproximadamente en una década. Si el frente externo acompaña ese crecimiento, podemos aspirar a vender al mundo cerca de 200.000 millones de dólares en bienes por año.
Extendamos esa mirada.
Un país que sostiene ese rumbo durante una generación puede multiplicar su economía, ampliar de manera extraordinaria su base productiva y recuperar un lugar protagónico entre las naciones que crean riqueza, tecnología y seguridad para otros.
Esa es la vara que nos debemos imponer.
Quiero terminar donde comencé, con Borges.
En su “Oda escrita en 1966” forjó una frase inmensa. “La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo”.
Un acto perpetuo supone continuidad y una vocación que trasciende nuestro propio tiempo. Cada época recibe una obra en marcha y tiene el deber de llevarla más allá.
Ese es el mandato que hoy guía a la Cancillería.
La Argentina próspera que queremos exige imaginación, constancia y trabajo para volverla realidad.
Esa tarea se renueva cada día y adquiere sentido en las posibilidades que dejamos a quienes vienen después.
Nuestra responsabilidad es estar a la altura del país que podemos construir.
Porque la Argentina grande del futuro adquiere forma en las decisiones que tomamos hoy.
Y a ese acto perpetuo, amigos, nos convoca el Presidente Milei.
Muchas gracias
