Source: The Conversation – (in Spanish) – By Catalina Amadora Pomar Oliver, Profesora Tilular de Bioquímica y Biología Molecular. Grupo de Nutrigenómica, Biomarcadores y Evaluación de riesgos (NuBE). UIB, CIBEROBN, IdISBa, Universitat de les Illes Balea, Universitat de les Illes Balears

La primera vez que tuve a Nil en brazos sentí lo mismo que sienten millones de madres: una mezcla indescriptible de amor, responsabilidad y vulnerabilidad. A pesar de llevar años investigando la leche materna, en aquel momento no me hacía preguntas científicas. Me planteaba si sería capaz, si produciría suficiente leche y si todo iría bien. Sabía que la lactancia era uno de los mejores regalos que podía ofrecerle para empezar la vida, pero eso no evitaba las inseguridades que acompañan a tantas madres durante esos primeros días.
Con el tiempo comprendí que aquella preocupación tan personal estaba estrechamente relacionada con una de las preguntas que también intentamos responder desde la ciencia: ¿qué transmite realmente una madre a su hijo a través de la leche? ¿Solo nutrientes o también información capaz de influir en su desarrollo y en su salud futura?
Sabía que la leche materna era mucho más que un alimento. Además de aportar la energía y los nutrientes necesarios para crecer, contiene compuestos bioactivos que participan en el desarrollo del sistema inmunitario, del metabolismo y de otros procesos esenciales durante los primeros meses de vida.
De hecho, los primeros meses constituyen un periodo crítico para la salud del bebé en el futuro. Diversos estudios han demostrado que las trayectorias de crecimiento durante esta etapa pueden influir en el riesgo de desarrollar sobrepeso y obesidad más adelante. Por eso, la lactancia representa una ventana de oportunidad especialmente importante para la salud a lo largo de la vida.
¿Misma composición de la leche en todas las madres?
Si cada madre es diferente, ¿por qué deberíamos esperar que su leche fuera exactamente igual?
La investigación científica sugiere que no lo es. Factores como el peso corporal, el estado metabólico o los hábitos alimentarios pueden modificar algunos de los componentes presentes en la leche materna. Es decir, la leche no es una receta inmutable, sino un fluido vivo y dinámico que refleja, al menos en parte, el estilo de vida y las características de la madre.
Para comprender mejor este fenómeno, desde el grupo de Nutrigenómica, Biomarcadores y Evaluación de Riesgos (NuBE) de la Universidad de las Islas Baleares, estudiamos la composición de la leche de 52 mujeres durante el primer mes de lactancia. Mediante técnicas de metabolómica, una herramienta que permite identificar cientos de compuestos presentes en una muestra biológica, analizamos 160 metabolitos diferentes.
El objetivo era sencillo de formular, aunque complejo de responder: descubrir si determinadas características maternas dejan una huella detectable en la leche.
El sobrepeso u obesidad de la madre se refleja en la leche
Una de las primeras preguntas que nos planteamos fue si el sobrepeso o la obesidad maternos podían influir en esta composición.
La respuesta fue que sí, al menos en algunos componentes. Por ejemplo, en las madres con sobrepeso u obesidad detectamos niveles más elevados de lactosa y niveles más bajos de ácido orótico en comparación con las madres con normopeso, además de diferencias en otros componentes.
La lactosa es bien conocida: es el principal azúcar de la leche materna y una fuente esencial de energía para el bebé. El ácido orótico, en cambio, es una molécula mucho menos familiar fuera del ámbito científico. Aun así, participa en procesos metabólicos importantes y podría tener funciones relacionadas con el desarrollo y la regulación del metabolismo.
Todavía no sabemos si estas diferencias tienen consecuencias directas sobre la salud infantil. Pero sí indican que el estado materno puede influir en algunos de los mensajes biológicos que transporta la leche.
¿Puede la dieta de la madre dejar huella en el futuro del bebé?
Lo que come la madre no solo contribuye a su bienestar. También parece dejar huella en la composición de la leche.
Cuando analizamos el grado de adhesión a la dieta mediterránea de las participantes en el estudio, observamos diferencias significativas en varios metabolitos. Las mujeres que seguían más de cerca este patrón alimentario presentaban niveles más altos de ácido cítrico y de otros compuestos relacionados con el metabolismo energético.
Este resultado encaja con una idea cada vez más aceptada: la dieta mediterránea no solo protege la salud cardiovascular y metabólica de quien la sigue, sino que también podría contribuir a una composición más favorable de la leche materna. Dicho de otro modo, una alimentación saludable podría beneficiar simultáneamente a dos generaciones.
¿Puede influir en el crecimiento?
Esta era probablemente la pregunta más relevante de todas. Al fin y al cabo, lo que realmente nos interesa es saber si estas diferencias tienen consecuencias reales para los niños.
Si la leche cambia en función de la madre, ¿estos cambios tienen alguna repercusión sobre el bebé?
Para intentar responderla, estudiamos la evolución del peso de los bebés durante el primer mes de vida. Observamos que algunos metabolitos de la leche se asociaban a patrones de crecimiento diferentes. Una vez más, el ácido orótico surgió como uno de los protagonistas: los bebés que recibían leche con niveles más bajos de ácido orótico presentaban un crecimiento más acelerado durante el primer mes.
También encontramos una observación especialmente interesante desde un punto de vista práctico. Las madres de los bebés que mantenían una trayectoria de crecimiento más estable consumían más fruta. Además, una mayor ingesta de pescado se relacionaba con una menor probabilidad de desviaciones importantes en el patrón de crecimiento.
Naturalmente, esto no significa que comer una pieza de fruta o una ración de pescado determine el peso de un bebé. El crecimiento infantil es extraordinariamente complejo y depende de factores genéticos, ambientales, sociales y relacionados con el embarazo y el parto. Pero estas asociaciones nos ofrecen pistas valiosas sobre posibles mecanismos biológicos que hasta ahora desconocíamos.
Una conversación biológica sin interpretar
Nuestros resultados sugieren que características como el sobrepeso materno o la adhesión a la dieta mediterránea pueden modificar algunos de los componentes de la leche durante el primer mes de vida. También indican que determinados metabolitos podrían estar relacionados con las primeras trayectorias de crecimiento de los bebés.
Todavía necesitamos más estudios, especialmente seguimientos a más largo plazo, para confirmar estas observaciones y comprender mejor los mecanismos que hay detrás. La ciencia aún está lejos de descifrar todos los mensajes que contiene la leche materna.
Pero cada nuevo descubrimiento refuerza una idea fascinante: la lactancia no es solo una forma de alimentar a un bebé. Es también una conversación. Y apenas estamos empezando a entender cuáles son los mensajes.
Esta investigación también nos recuerda otra cosa importante: cuidar la salud de la madre durante la lactancia es, en cierto modo, una manera de cuidar la salud de su hijo o hija. Mantener unos hábitos saludables, seguir una alimentación equilibrada y rica en alimentos propios de la dieta mediterránea no solo beneficia el bienestar materno, sino que podría contribuir a configurar un entorno más favorable para el desarrollo del bebé.
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Catalina Amadora Pomar Oliver ha participado y participa como investigadora en proyectos de investigación relacionados con la nutrición, la obesidad y la salud, financiados por el Gobierno de España y por la Unión Europea.
– ref. Leche materna: cada madre es diferente e influye en el crecimiento del bebé – https://theconversation.com/leche-materna-cada-madre-es-diferente-e-influye-en-el-crecimiento-del-bebe-290563
