Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Vargas Guerrero, Director y Docente del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias, Universidad Europea

Imagine una pareja que siempre está disponible cuando necesita hablar. Recuerda lo que le contó hace semanas, se interesa por cómo se siente, responde con atención y rara vez parece cansarse de escucharle. No se enfada porque haya tardado demasiado en contestar, no tiene un mal día cuando usted necesita apoyo y puede adaptar progresivamente sus conversaciones a sus gustos, necesidades y preferencias. Algunas personas ya encuentran parte de todo esto en una inteligencia artificial.
La IA generativa ha hecho que los chatbots dejen de utilizarse únicamente para resolver dudas o realizar tareas. Algunas personas también recurren a ellos para buscar compañía, apoyo emocional e incluso establecer relaciones románticas o mantener interacciones de carácter sexual, como conversaciones eróticas, intercambio de fantasías o juegos de rol eróticos.
Como ejemplo de hasta donde pueden llegar esos vínculos afectivos, la artista española Alicia Framis celebró, en 2024, una ceremonia simbólica de matrimonio con Ailex, un holograma creado mediante inteligencia artificial.
Esto plantea una pregunta que trasciende la ciencia ficción: ¿puede una inteligencia artificial convertirse realmente en nuestra pareja?
Cuando una conversación empieza a parecer una relación
Las personas tenemos una extraordinaria capacidad para atribuir características humanas a entidades que no lo son, un fenómeno conocido como antropomorfización.
Las nuevas inteligencias artificiales añaden algo especialmente poderoso: conversan con nosotros, recuerdan información, emplean nuestro nombre y generan respuestas que podemos percibir como empáticas. Esto puede favorecer la llamada autorrevelación y hacer menos clara la frontera entre utilizar una herramienta y relacionarnos con ella.
Una IA no experimenta enamoramiento porque diga “te quiero”, ni preocupación porque pregunte cómo nos encontramos. Pero eso no convierte en ficticia la experiencia de quien interactúa con ella. La investigación comienza a documentar vínculos que sus usuarios y usuarias describen como emocionalmente significativos e incluso reacciones de tristeza, miedo o ira cuando el agente artificial cambia o desaparece.
El atractivo (y la paradoja) de una pareja diseñada para el ser humano
Compartir algo íntimo con otra persona de carne y hueso implica cierto riesgo: puede no comprendernos, responder de manera diferente a la esperada o no estar disponible cuando la necesitamos. Algunas personas valoran precisamente de los chatbots la ausencia de juicio, la posibilidad de expresarse sin sentir que cargan emocionalmente a otra persona y su disponibilidad.
Una pareja humana, en cambio, tiene necesidades propias: puede querer hablar cuando nosotros no, necesitar espacio cuando buscamos cercanía o establecer límites. Esa alteridad –la existencia de otra persona con deseos y necesidades independientes de los nuestros– forma parte inevitablemente de cualquier relación interpersonal. El desafío consiste en qué hacemos cuando aquello que necesita o desea la otra persona no coincide con lo que necesitamos o deseamos nosotros.
Los compañeros artificiales introducen una lógica diferente. No solo pueden aprender nuestras preferencias y ajustar sus respuestas, sino que algunos sistemas permiten que el usuario o la usuaria participe en la configuración de características del agente, como su apariencia, personalidad o el tipo de relación que se desea mantener con el modelo de IA. Detrás de esa interacción no existe otra persona con deseos, necesidades y límites propios cuyo bienestar tengamos que considerar del mismo modo.
Ahí aparece una paradoja importante: cuanto más capaz sea una IA de adaptarse a nuestras preferencias, más atractiva puede resultar como compañera y, al mismo tiempo, más diferente puede ser de una relación basada en la reciprocidad entre dos personas.
¿Puede existir intimidad sin reciprocidad?
La intimidad no consiste únicamente en sentirnos escuchados, comprendidos, aceptados o deseados. También implica comprender y responder a otra persona, reconociendo que sus sentimientos, decisiones y límites importan incluso cuando no coinciden con los nuestros.
Esta diferencia resulta especialmente visible en la sexualidad. En una pareja, el deseo no siempre aparece al mismo tiempo, con la misma intensidad ni se dirige hacia las mismas prácticas. Por eso, comunicar lo que deseamos, establecer límites y respetar el consentimiento forman parte de cualquier encuentro sexual compartido.
Una pareja artificial diseñada para adaptarse a nuestras preferencias introduce una lógica distinta: reduce la necesidad de negociar con un deseo independiente del nuestro. Compartir la sexualidad implica, en cambio, encontrarnos también con lo que la otra persona desea —o no desea—, no únicamente con lo que deseamos nosotros.
¿Compañía o sustitución?
Conversar con una IA o recibir apoyo puntual no implica necesariamente abandonar las relaciones humanas. La cuestión es qué ocurre cuando comienza a ocupar un espacio creciente en nuestra vida afectiva.
La relación entre aislamiento y compañía artificial parece compleja. Sentirse socialmente desconectado puede favorecer el uso posterior de esos sistemas, mientras que una utilización más intensa también se ha relacionado con mayor dependencia emocional, uso problemático o aislamiento. Sin embargo, estos resultados no permiten establecer relaciones causales claras y probablemente dependan del contexto y de cómo se utilicen.
Por eso resulta tan precipitado afirmar que las inteligencias artificiales destruirán nuestras relaciones como asumir que resolverán el problema de la soledad. Quizá lo relevante sea qué lugar terminan ocupando dentro de nuestra vida afectiva.
Cuando la intimidad también pertenece a una empresa
Existe otra diferencia menos evidente. Cuando contamos una fantasía, una inseguridad, un conflicto de pareja o una experiencia sexual a un chatbot, esa intimidad ocurre también dentro de una infraestructura tecnológica gestionada por una organización. Algunas personas pueden llegar a percibir al sistema como un confidente mientras revelan información especialmente sensible.
Además, aquello que el sistema recuerda sobre nosotros puede convertirse en parte de la historia compartida que sostiene la sensación de continuidad del vínculo. Nuestros recuerdos y conversaciones íntimas quedan así condicionados por servidores, actualizaciones, políticas empresariales o decisiones sobre el funcionamiento de un producto.
Entonces, ¿puede una IA sustituir a nuestra pareja?
La investigación sobre estas relaciones es todavía reciente y no permite responder con certeza a esa pregunta.
Una IA puede reproducir algunas de las experiencias que asociamos a la intimidad: escucharnos, recordar lo que contamos, mostrarse disponible, responder con aparente empatía o adaptarse a nuestras preferencias. Y las emociones que esas interacciones despiertan en una persona pueden ser auténticas.
Sin embargo, una relación humana contiene un elemento difícil de reproducir: la existencia de otro sujeto que no ha sido diseñado para nosotros. Alguien con deseos propios, límites, contradicciones y necesidades que pueden no coincidir con las nuestras. Alguien a quien no solo queremos que nos comprenda, sino a quien también debemos intentar comprender.
Esa diferencia nos obliga a negociar, cuidar, ceder en ocasiones y afrontar conflictos y frustraciones. No son necesariamente imperfecciones de una relación: forman parte de relacionarnos con alguien que existe independientemente de nuestros deseos.
Quizá el verdadero desafío de las parejas artificiales no sea averiguar si algún día conseguirán parecerse suficientemente a las personas, sino qué podría ocurrir si nos acostumbramos a relaciones cada vez mejor adaptadas a nuestras preferencias y luego tenemos que relacionarnos con personas que no lo están.
Antes deberíamos preguntarnos qué esperamos exactamente de una relación para que alguien diseñado para nosotros pueda parecernos una alternativa a alguien que no lo está.
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Alberto Vargas Guerrero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Qué ocurre cuando nuestra pareja está diseñada para complacernos? El auge de las relaciones con inteligencias artificiales – https://theconversation.com/que-ocurre-cuando-nuestra-pareja-esta-disenada-para-complacernos-el-auge-de-las-relaciones-con-inteligencias-artificiales-291787
