Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Nisa Cáceres, Profesor Titular de Filología Inglesa, Departamento de Filología y Traducción, Universidad Pablo de Olavide

Imaginemos las siguientes escenas. En la oficina alguien dice que “la reunión de ayer fue surrealista”. Leemos en el periódico lo “grotesca” que es la vida pública española. El informativo adjetiva como “kafkiana” la situación de los afectados por un fallo administrativo. Y unos amigos denominan “esperpéntico” o “absurdo” el último escándalo político o judicial.
El problema del desgaste semántico
Todos entendemos, a grandes rasgos, qué quieren decir. Y, sin embargo, han empleado –quizás sin saberlo– cinco términos extraordinarios como si fueran sinónimos de “raro”, “incomprensible” o “muy malo”.
No es exactamente un error, sino el resultado de un proceso de desgaste semántico. En él, las palabras pierden algunos rasgos específicos y se vuelven más abstractas o generales. Cuando un término da a entender algo que el idioma cotidiano no puede expresar solo, los hablantes lo adoptan de manera instintiva, aunque desconozcan su origen.
Y aunque en ese instinto hay muy buen olfato lingüístico, a menudo se olvida el rico universo de significados que estas expresiones esconden. Conocer el lenguaje del caos es aprovechar las mejores herramientas que el arte y la literatura han dado al idioma, ¿las descubrimos?
Surrealista
El surrealismo, según la Real Academia, es un movimiento artístico que intenta sobrepasar lo real mediante lo irracional, simbólico y onírico. Sirva de ejemplo la obra de, entre otros, Dalí, Buñuel y Leonora Carrington.
Hoy en día, la actualidad es una competencia feroz de relatos descontextualizados, con sesgos y noticias falsas. A ello contribuye la irrupción de la IA, pues recrea y supera lo real con una facilidad pasmosa. Estas imágenes nos inquietan y provocan extrañeza porque nos hacen dudar de qué es auténtico y qué no lo es. Por eso las llamamos surrealistas, ya que están “por encima” de la realidad. Y no son nada inocentes, pues la manipulan ética y estéticamente. Surrealistas serían, entre otros calificativos, las fotografías generadas por IA que el presidente de los EE. UU. cuelga en sus redes.

Truth
Kafkiano
¿A quién no se le ha pasado una fecha tope para realizar un trámite, mientras que la administración, con frecuencia, incumple sus propios plazos? O ¿quién, para dar de baja un contrato, no ha lidiado con la pesadilla de un servicio de atención al cliente automatizado?
Si nos sentimos atrapados e indefensos ante leyes arbitrarias o de una lógica circular e irrefutable, tal vez “kafkiano” sea nuestra mejor opción. A los personajes de las novelas de Franz Kafka les alienan las instituciones y los laberintos burocráticos. Igual que dickensiano, dantesco, orwelliano o berlanguiano, remite a rasgos concretos del autor (Dickens, Dante, Orwell o Luis García Berlanga respectivamente). A estos adjetivos se les denomina “epónimos”.
Absurdo
En latín, “surdus” significaba ‘sordo’, y “absurdus” era ‘disonante, que suena mal’. Ahora lo absurdo brota cuando chocan la lógica, la realidad y nuestra propia capacidad para entender qué ocurre. En Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll imaginó un mundo en el que el acto mismo de comunicarse es inestable, como se plasma en la célebre “merienda de locos” en la que Alicia tiene que hacer frente a una conversación confusa e ilógica en la que ella no comprende nada.
¿Quién no ha sentido un desconcierto parecido leyendo cientos de mensajes acumulados de un grupo de WhatsApp?
Hoy en día, abandonados al entorno digital y sin ver muchas veces a nuestros interlocutores, renunciamos al tono y contexto emocional, fundamentales para saber, entre otras cosas, si nos están mintiendo. En este mismo vacío de multitudes ausentes, las redes sociales diseminan reacciones. Luego estas recirculan y se fragmentan hasta que el significado desaparece.
Curiosamente, en Esperando a Godot (1952) –la pieza teatral de Samuel Beckett definida como “teatro del absurdo”– no ocurre nada. El tiempo se detiene. Los personajes hablan sin cesar hasta que el significante se disocia del significado. Mientras tanto, la tensión por entender qué ocurre nunca se resuelve y la respuesta nunca llega.
Grotesco
Acuñado para describir la mezcla de plantas, humanos y animales en la Domus Aurea de Nerón, el adjetivo “grotesco” permite identificar algo muy complejo. Rara vez la realidad es estable o comedida, ni tampoco blanca o negra. De ahí que fusione opuestos o incompatibles, como el humor y la muerte. Por consiguiente, nuestra respuesta emocional ante la atracción y la repulsión es híbrida e incómoda.
Lo grotesco aglutina una estética, una retórica y una longeva tradición artística. Autores como Quevedo, Swift, Dickens, Joyce o Margaret Atwood lo usan, entre otros menesteres, para enaltecer nuestros sentidos entumecidos. Esto explica que el escritor Salman Rushdie compare lúcidamente las obras (grotescas) del Bosco y Goya con la situación internacional actual.
Esperpéntico
Es un término tan profundamente español que “esperpento” ya existía en el diccionario de la RAE de 1914 como sinónimo coloquial de “persona ridícula” o “cosa de mal aspecto” antes de que Ramón del Valle-Inclán lo convirtiera en un concepto estético literario.
El origen de la metáfora era real: en la calle Álvarez Gato de Madrid había una ferretería cuya fachada exhibía un espejo cóncavo y otro convexo que deformaban a quien pasaba por delante. Para Valle-Inclán simbolizaban la realidad española, una tragedia ridícula con héroes caricaturescos. Con acierto, hoy denominamos así desde exageradas tendencias de moda e instituciones disfuncionales a decisiones judiciales incomprensibles, pasando por situaciones en las que la realidad parece superar a la ficción.
El mundo al revés
De las tradiciones literarias y festivas adoptamos el motivo y la frase “el mundo al revés”. Durante el carnaval se invertían las jerarquías –ricos y pobres– y se relajaban las normas religiosas. Eso tenía lógica, pues liberaba tensión social.
Hoy nos causan desazón hechos y actitudes que contradicen la lógica, como que las fuerzas del orden cometan delitos y los representantes políticos no den la imagen de ejemplaridad que se les presupone. O que compartamos nuestra intimidad, pero luego temamos ser vigilados por empresas o gobiernos.
Las palabras como diagnóstico
Resulta significativo que estos términos sean casi intercambiables, fruto del desgaste semántico. Parece que el mundo actual, tan saturado de impresiones contradictorias e incomprensibles, los valida y precisa todos al mismo tiempo. Necesitamos el diccionario completo del caos.
Y hay una ironía que Kafka, Dalí y Valle-Inclán habrían apreciado: las palabras que inventaron, nutrieron o transformaron para describir situaciones e individuos insoportables se han vuelto tan cotidianas que casi no las sentimos. Como si el idioma mismo se hubiera acostumbrado a lo extraordinario. Eso, quizás, es lo más absurdo de todo.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. ‘Kafkiano’, ‘esperpéntico’, ‘surrealista’: guía de urgencia para describir un mundo que se ha vuelto loco – https://theconversation.com/kafkiano-esperpentico-surrealista-guia-de-urgencia-para-describir-un-mundo-que-se-ha-vuelto-loco-280659
