Source: The Conversation – (in Spanish) – By Manuel Alejandro Guerrero, Professor of Political Communication / President of ORBICOM – UNESCO Chairs in Communication, Universidad Iberoamericana, Mexico City/Tijuana

Nos hemos acostumbrado demasiado rápido a que cuando apenas empezamos a entender un escándalo político, otro ya ocupa su lugar. Al tiempo que una indignación sustituye a la anterior, una crisis desplaza a la siguiente. Mientras tanto, algunos de los mayores desafíos de nuestro tiempo –el cambio climático, el envejecimiento poblacional o las desigualdades– desaparecen rápidamente de la conversación pública, por determinantes que resulten.
Pero ¿es esta simplemente la velocidad del mundo actual? Quizá no. En realidad, sucede que la democracia tiene un problema con el tiempo, pues nunca habíamos hablado tanto del presente ni nos había costado tanto imaginar el futuro.
Hoy en día, nos parece muy normal explicar la crisis de nuestras democracias a partir de fenómenos como la polarización, la desinformación, las cámaras de eco, las noticias falsas o, más recientemente, la inteligencia artificial. Todos ellos, cómo negarlo, son problemas reales y merecen la atención que han recibido. Pero quizá, al concentrarnos en aquello que circula por las plataformas, hemos pasado por alto algo aún más importante: la manera en que estas transforman el tiempo de la política.
Vértigo democrático
Este cambio no afecta únicamente a la información que consumimos, sino también al ritmo en que se desarrolla la política democrática. Antes, se competía por convencer o, al menos, se hacía algún esfuerzo. Los partidos y los gobiernos buscaban persuadir a la ciudadanía mediante programas, argumentos y proyectos capaces de sostenerse en el tiempo. Ahora se compite, sobre todo, para no desaparecer del algoritmo.
Y esto afecta mucho más que nuestra forma de informarnos. Altera la propia comunicación y, sobre todo, trastoca la manera en que la democracia experimenta el tiempo. En las plataformas digitales, la visibilidad depende menos de la solidez de una propuesta que de su capacidad para captar la atención. Numerosos estudios muestran que los mensajes que sorprenden, indignan, emocionan o confrontan tienen más probabilidades de circular que aquellos que requieren contexto o reflexión.
La lógica deja de ser únicamente política y pasa a ser también algorítmica, pues lo importante ya no es sólo convencer, sino mantenerse visible. Poco a poco, la política se adapta a esa dinámica de las plataformas. Los debates se acortan, las promesas se simplifican y las reacciones sustituyen a las explicaciones. Sin darnos cuenta, dejamos de exigir las mejores ideas y esperamos, impacientes, el siguiente momento de atención. Y es aquí, en el momento en que esa atención se convierte tanto en el objetivo como en el recurso más valioso, cuando el futuro deja de orientar la brújula de la política.
Sin contexo ni visión de futuro
Pero ¿qué ocurre con una democracia cuando toda la política gira en torno al siguiente instante? Ocurre que el presente termina por atrapar la conversación pública y por ocupar casi todo el horizonte. No es solamente que cada escándalo sustituya al anterior antes de que podamos comprenderlo, sino, fundamentalmente, lo que esto significa. Se trata de un “presentismo” que termina por aplanar todo esfuerzo de perspectiva. Al tiempo que la ausencia de contexto al escrolear (infinite scroll) reemplaza la memoria, la penetración invasiva de tendencias y hashtags desplaza la conversación sobre el futuro. La política se vuelve entonces un espacio reactivo ante el siguiente estímulo.
Esto importa porque las democracias necesitan algo más que elecciones periódicas. Necesitan memoria para exigir responsabilidades y futuro para construir proyectos comunes. Sin memoria, la rendición de cuentas pierde sentido y, sin futuro, no hay capacidad para proyectar decisiones colectivas que trasciendan la urgencia del momento.
El problema de las plataformas para la democracia va más allá de la circulación de excesos de información o desinformación. El punto es que contribuyen a comprimir el tiempo democrático, lo que impide a la política mirar hacia adelante y que quede atrapada en un presente permanente. Por ello, lo que hoy vivimos es más que una crisis de la información. Estamos ante una crisis del tiempo democrático.
Crisis constante
Partamos de reconocer que este tiempo no es un recurso neutro. La manera en que una sociedad lo experimenta también determina aquello que es capaz de imaginar. Lo que está en juego en esta lógica de las plataformas es, sobre todo, la imaginación democrática. Es decir, la capacidad de la sociedad para pensar más allá de la próxima crisis, deliberar sobre horizontes compartidos y construir proyectos colectivos que superen el siguiente ciclo electoral. Sin esa capacidad, la política se limita a administrar acontecimientos, confinándonos en una sensación de crisis constante y sin rumbo.
Hoy está claro que participamos, reaccionamos y opinamos como nunca antes, pero cada vez más nos resulta difícil imaginar futuros distintos. Quizá, después de todo, el recurso democrático más importante no sea únicamente el voto, las instituciones o la información de calidad. Tal vez sea la capacidad colectiva de imaginar futuros compartidos. Si esto es cierto, probablemente el mayor riesgo de las plataformas sea, además de incidir en lo que pensamos, reducir aquello que todavía somos capaces de imaginar.
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Manuel Alejandro Guerrero es académico de la Universidad Iberoamericana y presidente de ORBICOM, la Red Mundial de Cátedras UNESCO en Comunicación.
– ref. El algoritmo comprime el tiempo democrático, desactiva la memoria y desplaza el debate sobre el futuro – https://theconversation.com/el-algoritmo-comprime-el-tiempo-democratico-desactiva-la-memoria-y-desplaza-el-debate-sobre-el-futuro-290028
