Source: The Conversation – (in Spanish) – By Xavier Giménez Font, Profesor Titular, Química Física, Universitat de Barcelona
En mayo de 2025, unas 150 000 personas de cinco municipios del Garraf y el Penedès (Cataluña) pasaron siete horas encerradas en casa. El incendio de un almacén de productos para piscinas en Vilanova i la Geltrú, con unas 70 toneladas de cloro, había generado una nube tóxica. Días después, cerca de 80 000 vecinos de Alcalá de Guadaíra (Sevilla) recibieron la misma orden por el fuego en una nave de productos químicos.
No son casos aislados. España cuenta con más de 800 instalaciones sujetas a la normativa europea Seveso, que regula las industrias con sustancias peligrosas. Cataluña concentra el mayor número de las de riesgo alto, sobre todo en el polo químico de Tarragona. Allí, en enero de 2020, la explosión de un reactor de la empresa IQOXE mató a tres personas.
El riesgo químico no viaja solo por el aire: también llega por vertidos a ríos y al mar, por accidentes en el transporte de mercancías peligrosas o por episodios cotidianos, como las fugas de cloro en piscinas.
Cómo se previenen y se gestionan los accidentes
La prevención empieza mucho antes del accidente: con inspecciones, planes de autoprotección en cada empresa, distancias de seguridad aplicadas en el urbanismo y planes de emergencia exterior que coordinan protección civil, bomberos, sanidad y ayuntamientos. Un buen ejemplo son los planes de protección civil de la Generalitat de Catalunya por accidentes químicos en industrias PLASEQCAT y PLASEQTA.
Cuando ocurre un incidente, la respuesta depende de la sustancia y del viento. Ante una nube tóxica lo habitual es confinar a la población, no evacuar: un edificio cerrado protege más que la calle o un coche atascado. El aviso llega hoy al móvil mediante el sistema ES-Alert y, en zonas industriales, también por sirenas.
Los efectos de los escapes de productos químicos van desde la irritación de ojos y vías respiratorias hasta quemaduras o intoxicaciones graves. Otros, como la contaminación de suelos, acuíferos o alimentos, aparecen a largo plazo. Aquellos que sufren primero las consecuencias son los trabajadores y los equipos de emergencia; después, los vecinos y el medio natural.
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La importancia de comunicar adecuadamente y con ciencia
La conciencia del riesgo debe llegar a todos: a la población, que debe saber qué hacer; a empresas y administraciones, obligadas a informar con transparencia; a escuelas, residencias y centros sanitarios, que necesitan planes propios; y a los medios, que amplifican el mensaje.
La ciencia es imprescindible en el estudio del vertido. Los modelos de dispersión anticipan hacia dónde irá la nube; la toxicología fija a partir de qué concentración hay daño; y las redes de sensores indican cuándo se puede volver a la normalidad.
Pero no basta con conocer su evolución: hay que saber contarlo. He participado en entrevistas de televisión, radio y prensa escrita para explicar, entre otros, los incidentes del Garraf de 2025 y la explosión de IQOXE del 2020. La experiencia se repite: a los expertos solo se nos llama cuando el accidente ya ha ocurrido, con la presión de responder en minutos. Esa inmediatez va en detrimento de la madurez del mensaje: se estiman cifras o se simplifica demasiado rápido, con el resultado de que, quizás, se comunica una alarma demasiado elevada o demasiado pequeña.
Los científicos especializados en comunicación han de colaborar de forma estable con la Administración, los cuerpos de prevención y seguridad y, sobre todo, con los medios. Eso supone participar en la redacción de los planes y de los avisos a la población, preparar con antelación explicaciones para los escenarios más probables, formar a periodistas en conceptos básicos –como, por ejemplo, en niveles de toxicidad y dispersión de contaminantes– y contar con portavoces científicos reconocidos antes de la crisis. Cuando llega el accidente ya no hay tiempo para ganarse la confianza: tiene que existir antes.
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Formar a la ciudadanía y proteger a los más vulnerables
A saber actuar se aprende. Ante un aviso: es importante entrar en el edificio más cercano, cerrar puertas y ventanas, apagar ventilación y aire acondicionado, seguir los canales oficiales y no salir hasta que se indique. Y, aunque cueste, no ir a buscar a los niños a la escuela: allí están protegidos. Los simulacros periódicos en colegios, empresas y barrios convierten estas pautas en reflejos.
Algunos colectivos requieren medidas especiales. Escuelas infantiles, residencias, hospitales y centros de día necesitan planes adaptados, porque confinar o evacuar personas con movilidad reducida exige tiempo y personal. También las personas con asma, las embarazadas, quienes viven solos o quienes no entienden bien el idioma de los avisos.
A raíz de una nube corrosiva en Igualada (provincia de Barcelona), en 2015, sobre la que también fui entrevistado en televisión, el confinamiento se levantó en dos horas para la mayoría, pero se mantuvo en guarderías y para mayores, embarazadas y enfermos respiratorios.
Algunos bulos frecuentes que conviene tener presentes
Es necesario considerar aquí falsas creencias que, de acuerdo con mi experiencia, pueden dar lugar actuaciones erróneas. Estas son algunas de ellas:
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“Si no huele, no hay peligro”. Algunos gases tóxicos apenas huelen, y además el olfato se acostumbra a olores no muy intensos.
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“Conviene abrir las ventanas para ventilar”. Al contrario: deben permanecer cerradas.
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“Una mascarilla FFP2 protege”. Filtra partículas, no gases.
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“El color de la nube indica su toxicidad”. Un humo negro puede ser poco tóxico y un gas invisible, muy peligroso. La única ventaja de una nube de color es que puede seguirse su evolución más fácilmente, pero siempre se debe estar atento a las indicaciones.
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“Beber leche protege”. Esta afirmación no tiene base científica.
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Mensajes de WhatsApp que anuncian evacuaciones o víctimas: solo hay que fiarse de las fuentes oficiales.
Aspectos a mejorar
Aunque la seguridad ha mejorado de manera muy notoria, es cierto que queda trabajo por hacer. Muy sucintamente, se debe trabajar en los siguientes aspectos: aportar información rápida, transparente y por un canal oficial único; elaborar planes específicos para colectivos vulnerables; realizar simulacros abiertos a la población; desarrollar un urbanismo que mantenga distancias entre industria y viviendas; publicar datos públicos de calidad del aire y del agua e integrar la ciencia en la gestión, no solo consultarla después de un accidente.
El riesgo cero no existe, pero una buena prevención y una ciudadanía que sabe qué hacer reducen mucho el daño.
Este artículo forma parte de una serie dedicada a comprender mejor los riesgos, las crisis y las emergencias, y el papel clave de la comunicación para afrontarlos. Es fruto de la colaboración con la Cátedra Universitat de Barcelona-Diputació de Barcelona sobre Comunicación clara aplicada a las Administraciones Públicas.
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Xavier Giménez recibe fondos de la Universitat de Barcelona, Generalitat de Catalunya, Gobierno de España y Unión Europea, para proyectos de docencia e innovacion docente, investigación, divulgación cientifica, desarrollo profesional y transferencia de conocimiento.
– ref. ¿Qué hacer ante un vertido o un riesgo químico? Prevención y formación de la ciudadanía para reducir los daños – https://theconversation.com/que-hacer-ante-un-vertido-o-un-riesgo-quimico-prevencion-y-formacion-de-la-ciudadania-para-reducir-los-danos-293758

