Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Olivos-Jara, Professor, Universidad de Castilla-La Mancha

Los desastres revelan nuestra condición humana en muchos aspectos: desde las experiencias traumáticas de las víctimas y supervivientes hasta nuestra capacidad de reacción colectiva ante la adversidad. La psicología ambiental lleva décadas investigando los desastres desde el “paradigma de la adaptación”, adoptado por la Organización de las Naciones Unidas para diseñar estrategias de intervención que, además de mitigar los riesgos, permitan adaptarse a las amenazas de nuestro tiempo atendiendo a lo que podemos hacer antes, durante y después del desastre.
En la tragedia de los trenes en Urda, en Castilla-La Mancha, hemos sido testigos de la acción oportuna y profesional de los expertos en rescate y asistencia, quienes además de atender la salud física de los supervivientes, les han apoyado psicológicamente. Es la fase del ‘durante’, en la que se han desplegado procedimientos de contención y acompañamiento a quienes han visto afectada dramáticamente su visión del mundo, de los otros e incluso de sí mismos por esta experiencia extrema.
Por otra parte, hemos visto numerosos gestos de empatía y solidaridad de la población. Entre ellos, vecinos llevando comida a los improvisados albergues municipales y huelguistas que han suspendido su movilización para ir a donar sangre. Entender lo que hay detrás de esos comportamientos de cooperación y ayuda es importante para extenderlos a otras circunstancias.
El momento de buscar explicaciones
Aunque aún estamos en la fase del “durante” y poco a poco comienza la fase del “después”. Los análisis técnicos y los procesos judiciales jugarán un papel importante y de largo plazo en esta etapa. Ya ha dimitido el ministro de Transportes, y la sociedad y los supervivientes buscan explicaciones y justicia, que en este caso será impartida por una magistrada del Tribunal de Instancia de Orgaz (Toledo).
En esta fase afloran los síntomas propios del estrés postraumático de los implicados. Muchas personas pueden perder abruptamente la sensación de familiaridad y seguridad en su entorno. Tras la experiencia traumática, su sensación de vulnerabilidad puede aumentar, a la vez que pierden la ilusión de control que proveen los avances tecnológicos, en este caso el tren.
A los humanos no se nos da demasiado bien sopesar riesgos. En general, evaluamos las amenazas bajo la lente de la subjetividad. Piensen si no cuántas veces hemos ido al volante de un coche sin cinturón de seguridad. O cuántas hemos adelantado a un coche en la autovía, a 120 kilómetros por hora y a menos de 10 metros del otro vehículo (a pesar de que, si sucede algo, a esa velocidad un coche necesita 150 metros para detenerse totalmente). En este ejemplo, las decisiones que tomemos no dependen tanto de una estimación de probabilidad como de la magnitud percibida de las posibles consecuencias.
Por eso, la psicología ambiental también estudia la percepción del riesgo, es decir, cómo evaluamos subjetivamente el carácter arriesgado de actividades, sustancias, tecnologías o situaciones a las que nos enfrentamos. Porque de qué manera estimamos la probabilidad de que un evento ocurra y sus posibles consecuencias no solo depende del conocimiento real que tengamos del riesgo: también influyen el miedo, que obedece a la falta de control percibido; el potencial catastrófico y las consecuencias fatales del riesgo; la biografía de experiencias personales, y las presiones socioculturales para exponernos a las amenazas, como nos hizo ver en sus profundas declaraciones Javier Barrio, marido de una víctima.
También influyen las distorsiones cognitivas, como el sesgo de invulnerabilidad, que se refiere a la creencia de “a mí esto no me pasa”; el halo de proximidad, que nos hace pensar que lo que nos es familiar también resulta más seguro; o la hipermetropía ambiental, que dirige nuestra preocupación hacia amenazas globales en lugar de los peligros cotidianos e inmediatos. Todo ello favorece que corramos mayores riesgos en entornos de confianza.
El factor humano de las catástrofes
La investigación de esta tragedia no ha hecho más que comenzar, pero la hipótesis del fallo humano ya está sobre la mesa. Las catástrofes nos han enseñado que suele haber un factor humano detrás. De forma directa, como en la coordinación del desplazamiento puntual sobre las vías del tren en este accidente, o indirecta, como en el caso del cambio climático debido a nuestros estilos de vida y patrones de consumo. Sin embargo, conviene recordar que previamente al accidente ya se habían convocado huelgas por parte los maquinistas, que reclamaban mejoras de la seguridad ferroviaria.
Ahora es momento de acompañar a las víctimas y supervivientes, pero pronto tocará hacer una profunda reflexión sobre nuestras formas de relacionarnos con el riesgo, desde un punto de vista técnico, sociocultural, político y psicológico.
Las tragedias dejan lecciones. Es nuestro deber intentar aprender de ellas.
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Pablo Olivos-Jara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Urda: después de la tragedia vienen las explicaciones – https://theconversation.com/urda-despues-de-la-tragedia-vienen-las-explicaciones-295490
Original source: https://submissions.mil-osi.com/2026/11/04/urda-despues-de-la-tragedia-vienen-las-explicaciones-295490/
