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¿Quién nos cuida cuando llega la adversidad? Por qué las instituciones deben tejer comunidad

¿Quién nos cuida cuando llega la adversidad? Por qué las instituciones deben tejer comunidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Igor Ahedo Gurrutxaga, Profesor de Ciencia Política – Investigador Principal de Parte Hartuz – Director del programa de doctorado Sociedad, Política y Cultura, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

metamorworks/Shutterstock

Ninguna institución local, regional o estatal pone en duda la necesidad de invertir en infraestructuras materiales. La clase política asume que para transformar nuestras urbes se debe mantener el espacio urbano, mejorar las comunicaciones o atraer equipamientos.

Para ello se despliegan planes de ordenación, legislaciones y, sobre todo, se aportan recursos económicos. La trama urbana se cose con cemento, estrategia y dinero. Sin embargo, la verdadera capacidad de las sociedades para hacer frente a los retos está en la calidad de su trama comunitaria.

El tejido comunitario es vital

El sociólogo estadounidense Eric Klinenberg ha adquirido fama mundial al demostrar la importancia del tejido comunitario. Señala que la calidad de esa trama comunitaria determina el éxito o fracaso de las ciudades a la hora de hacer frente a catástrofes.

Ante una ola de calor, por ejemplo, es fácil adivinar que la tasa de mortalidad será mayor en barrios pobres frente a la de barrios ricos. Tener zonas verdes, aire acondicionado o piscinas privadas permite sobrellevar mejor las altas temperaturas. Sin embargo, dos comunidades pobres pueden responder con tasas de mortalidad muy diferentes dependiendo de si en ellas hay o no trama comunitaria. En un caso hay quien te cuida, y en el otro, un desierto de personas aisladas.

La trama comunitaria es el tejido inmaterial de una comunidad: cose a las personas en una red de relaciones que generan vínculos afectivos y prácticos. Ello permite que, en contextos adversos, se desplieguen cuidados, empatía, autoorganización y acción colectiva. Se vertebra con asociaciones, sean de vecinos y vecinas, deportivas, o de padres y madres de escuelas. Este tejido se fortalece gracias a espacios de encuentro y convivencia.

Los parques, bares o barberías pueden ser lugares en los que las personas se “re-conozcan”. Y, además, la articulación comunitaria se facilita con espacios públicos de ocio y cultura. Pero no todos: solo aquellos que permiten el contacto, la creación de proyectos colectivos, la apropiación del equipamiento como sujeto y no como cliente.

La responsabilidad institucional

Es importante entender que la trama comunitaria no nace “por arte de magia”. Como sucede con la infraestructura material, para que haya un tejido fuerte, vertebrado, activo y resiliente es necesario un rol proactivo, estratégico y generoso de las instituciones públicas.

Y ello supone ir más allá de las declaraciones de intenciones: se debe concretar en planes dotados de recursos. A nadie se le ocurre dejar el urbanismo a su suerte. Ni las carreteras emergen del deseo ni las ciudades se construyen con estrategias de coaching. Pues con la trama comunitaria sucede lo mismo.

En consecuencia, la pregunta que emerge es: ¿cómo se puede tejer comunidad desde las instituciones? Para responder a este reto, la Dirección de Buen Gobierno e Innovación de la Diputación de Gipuzkoa ha impulsado un proceso de reflexión que ha durado varios años. A través de conferencias, talleres y cursos de verano se ha logrado consensuar un marco para impulsar la acción comunitaria desde las administraciones. Este marco cuenta con los aportes de un centenar de personas del cuerpo técnico local y del grupo de investigación Parte Hartuz, de la Universidad del País Vasco.

Este documento define en primer lugar dos roles que debe asumir la administración pública. Se parte de la premisa de que “no hacer” es destruir trama comunitaria. Es un alegato a la acción. Una clara autocrítica. Si “no hacer” es destruir por inacción, la pregunta es qué hacer. Y se plantean dos formas: construyendo y ayudando. De una parte, se construye con políticas públicas. Por ejemplo, invirtiendo en equipamientos, centros cívicos, bibliotecas. Planteando programas que no “prestan servicios a clientes”, sino que buscan crear redes ciudadanas.

De otra parte, las instituciones deben apoyar lo que surge de la base. Lejos de entorpecer o cortocircuitar el pulso social, deben facilitar el trabajo de las asociaciones: con subvenciones, normativas flexibles, reconocimiento y colaboración. Se facilita cuando la institución permite que la ciudadanía, los movimientos sociales y el tejido comunitario hagan, respetando su autonomía.

Cinco estrategias y siete principios

Sobre esta base se definen cinco estrategias para una política pública de acción comunitaria:

  1. Incorporar la perspectiva comunitaria a las políticas sectoriales. Ejemplo de ello es la apuesta por la salud comunitaria.

  2. En paralelo, construir infraestructura social o comunitaria; por ejemplo, diseñando equipamientos deportivos para crear comunidad y no solo para hacer deporte.

  3. Se propone fortalecer los proyectos asociativos y las capacidades de la ciudadanía. En este sentido, son claves las subvenciones, la formación o las escuelas de ciudadanía. Un ejemplo claro de esta apuesta son algunas casas de las mujeres.

  4. En cuarto lugar, se considera necesario trabajar con y hacia la ciudadanía no organizada. Es clave en este sentido movilizar ausencias, trabajar con quienes están en los márgenes.

  5. Finalmente, se debe coproducir y tejer alianzas intra e interinstitucionales. Desde esta perspectiva, la transversalidad y la gobernanza colaborativa es imprescindible.

El documento concluye identificando siete principios metodológicos para activar y fortalecer la infraestructura comunitaria desde la administración, los servicios y los equipamientos públicos. Recientemente se han desarrollado en una guía:

  • Las instituciones pueden acoger. No basta con atender.

  • La administración tiene que poner la acción en el centro. La comunidad se hace desde la percepción de sentirse parte.

  • El sector público debe tener presencia. Las instituciones deben conocerse en la comunidad y deben ser reconocidas por la comunidad.

  • El personal técnico necesita salir a buscar. Solo desde la relación se rompen las barreras y los muros entre lo social y lo institucional.

  • Las instituciones pueden trabajar con la gente desde sus fortalezas. Se pueden reconocer y reforzar los saberes vivenciales, explotar las capacidades de las diversas personas que conforman nuestras ricas comunidades.

  • Es imprescindible trabajar dentro de la administración. Lo común y su cuidado debe estar en el centro de las políticas sectoriales, los servicios, los equipamientos.

  • Finalmente, se debe asumir que sin liderazgo esto no es posible. Se necesitan estructuras reconocidas y personal técnico especializado.

En definitiva, solo con una apuesta clara se puede construir un nosotros y un nosotras inclusivo, que es la clave de la democracia.

The Conversation

Igor Ahedo Gurrutxaga no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Quién nos cuida cuando llega la adversidad? Por qué las instituciones deben tejer comunidad – https://theconversation.com/quien-nos-cuida-cuando-llega-la-adversidad-por-que-las-instituciones-deben-tejer-comunidad-238658

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